Vajillas baratas de toda la vida: 5 modelos de Arcopal, Duralex y Bidasoa que mantienen el estilo de los platos de las abuelas
No son las más modernas ni las más llamativas, pero probablemente sí las más recordadas. Las vajillas de Arcopal, Duralex o Bidasoa llevan décadas acompañando desayunos, comidas familiares y celebraciones improvisadas. Piezas sencillas, resistentes y atemporales que han terminado convirtiéndose en el auténtico fondo de vitrina de muchas casas.

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Cada cierto tiempo aparece una vajilla nueva que nos convence de que necesitamos cambiar todos los platos de casa. Y sí, lo reconozco, tengo una vajilla para el verano, otra para el otoño y una tercera para el día a día. Sin embargo, basta abrir los armarios de muchas cocinas para comprobar que las piezas que realmente terminan quedándose son otras muy distintas. Las de siempre. Esas que sobreviven mudanzas, comidas familiares, cenas improvisadas y años de uso sin perder su sitio. En muchas ocasiones, además, son las mismas que utilizaron nuestras madres y nuestras abuelas.
Quizá porque una buena vajilla se parece bastante a un fondo de armario. En moda existe el little black dress; en decoración, yo diría que existen las vajillas de fondo de vitrina. Esas que sirven igual para desayunar un martes cualquiera que para sentar a los amigos alrededor de la mesa un sábado por la noche. Arcopal, Duralex, Luminarc o Bidasoa llevan décadas demostrando precisamente eso.
Las vajillas que crecen con la casa
Algunas de las vajillas que más recuerdo no eran especialmente sofisticadas ni estaban reservadas para ocasiones concretas. De hecho, muchas eran las que aparecían cada día sobre la mesa. Las que utilizábamos para una comida rápida después del colegio, para una cena improvisada entre semana o para servir una tarta cuando llegaban visitas sin avisar.
Siempre me ha parecido curioso que muchas de estas marcas sigan resultando actuales. Los platos blancos de Arcopal, la transparencia de Duralex o ciertos modelos clásicos de Bidasoa continúan encajando con bastante naturalidad en las casas de hoy. Han cambiado los muebles, los electrodomésticos y las tendencias decorativas, pero esas vajillas siguen funcionando exactamente igual. Supongo que ocurre porque nunca intentaron seguir una moda concreta. Fueron diseñadas para durar y, precisamente por eso, han terminado resistiendo mucho mejor el paso del tiempo que otras propuestas mucho más llamativas. De hecho, muchas de ellas han vivido más transformaciones en nuestras casas que nosotros mismos. Han estado presentes cuando se renovaba una cocina, cuando una familia se mudaba o cuando llegaban nuevas generaciones. Pocas veces pensamos en ello, pero una vajilla ve pasar buena parte de la vida cotidiana de una casa. Está en los desayunos rápidos antes de salir de casa, en las comidas familiares de domingo y también en las celebraciones especiales. Quizá por eso terminamos desarrollando cierto apego hacia determinadas piezas. No son únicamente platos; también son una pequeña parte de nuestra memoria doméstica.
Además, tienen una ventaja importante: combinan prácticamente con todo. Con manteles bordados, con lino lavado, con cristalerías modernas o con cubiertos heredados. No exigen demasiado, pero siempre cumplen. Y creo que precisamente ahí está parte de su atractivo. Son vajillas que no necesitan una ocasión especial para salir del armario. Lo mismo acompañan unas lentejas un martes que una mesa preparada con más cuidado durante el fin de semana. Esa capacidad de adaptarse a cualquier situación es probablemente la razón por la que llevan décadas presentes en tantas casas.
Las mejores suelen ser las que más usamos
Con los años he llegado a la conclusión de que una buena vajilla no es necesariamente la que reservamos para las grandes ocasiones. Muchas veces es exactamente la contraria. La que utilizamos todos los días y sigue viéndose bonita después de cientos de comidas. La que termina formando parte de la rutina sin que apenas nos demos cuenta y que, cuando una pieza se rompe, intentamos sustituir porque ya sentimos que pertenece a la casa.
Quizá por eso siguen gustándome tanto estas colecciones clásicas. Porque tienen algo reconfortante. Nos recuerdan a las cocinas de nuestras abuelas, a las comidas familiares de los domingos y a una forma de entender la casa donde los objetos estaban hechos para durar. Mientras muchos electrodomésticos parecen quedarse antiguos en apenas unos años, estas vajillas continúan apareciendo sobre la mesa generación tras generación.
Algunas llevan tanto tiempo en las mismas familias que ya forman parte de la historia de la casa. Todos conocemos esos platos que siguen apareciendo en las reuniones familiares, esas fuentes que nadie recuerda cuándo se compraron o esos juegos completos que han sobrevivido a varias mudanzas sin perder una sola pieza. Son objetos discretos, pero también increíblemente resistentes.
Y eso, en un momento en el que todo parece cambiar tan deprisa, resulta más atractivo que nunca. Quizá la verdadera modernidad no consista en sustituir constantemente lo que tenemos, sino en encontrar objetos capaces de seguir funcionando igual de bien veinte años después. Estas vajillas llevan décadas demostrando precisamente eso.


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