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El otoño es mi estación favorita, así que ya estoy contando los días para que empiece. Ni siquiera necesito que bajen demasiado las temperaturas para comenzar a celebrarlo. En cuanto termina agosto, empiezo a imaginar jerséis, tardes en casa y comidas que obligan a encender el horno. También recupero esas recetas que durante el verano quedan aparcadas porque nadie quiere acercarse a una bandeja caliente: verduras asadas, gratinados, tartas saladas y guarniciones preparadas lentamente.
Por eso este plato de horno de Primark me conquistó nada más verlo. Su forma alargada de calabaza, el acabado naranja brillante y las pequeñas hojas decorativas reúnen todo lo que asocio con esta época. También me lleva directamente a las cazuelas de barro que todavía conservo en casa. Esas que pasan del horno a la mesa todavía humeantes y hacen que hasta unas patatas recién hechas parezcan el plato principal de una comida especial.
Lo que sigo encontrando especial en las cazuelas de barro
En muchas cocinas españolas, las cazuelas de barro compartían armario con las ollas y se utilizaban cada semana para guisos, asados y platos que necesitaban algo de paciencia. Distribuían el calor de manera suave y uniforme y lo conservaban durante bastante tiempo, por lo que podían pasar directamente del horno a la mesa y mantener la comida caliente mientras cada persona se servía su parte.
Siempre he relacionado estas piezas con comidas que llevan tiempo. No necesariamente porque sean complicadas, sino porque piden cierta paciencia. En casa todavía conservo varias cazuelas de barro, sobre todo las más pequeñas, pensadas para raciones individuales. Me encanta utilizarlas porque mantienen muy bien el calor y la comida llega a la mesa todavía humeante. También desprenden un olor particular mientras cocinan y dejan en ciertos platos un sabor más profundo y casero que no consigo con otras bandejas de horno. Quizá sea la cocción más lenta y uniforme o quizá el propio recuerdo que tengo asociado a ellas, pero el resultado nunca me parece exactamente el mismo.
Nunca se guardaban con demasiadas precauciones. Se apilaban junto a ollas y fuentes, acumulaban marcas, pequeños desconchones y cambios de color, pero seguían utilizándose mientras cumplieran su función. Esa mezcla de utilidad, textura y memoria explica por qué la cerámica continúa funcionando tanto en una cocina rural como en una mesa contemporánea.
Por qué siempre termino decorando la casa con calabazas en otoño
En cuanto empiezan a aparecer calabazas en mercados, escaparates y recetas, para mí la nueva estación ya ha comenzado. Su color naranja combina con los marrones, rojizos y verdes propios de la estación, mientras que su forma irregular parece hecha para decorar sin demasiado esfuerzo.
En mi caso, basta con verlas para pensar en cremas calientes, verduras al horno y tardes en las que oscurece antes de lo esperado. También pienso en las hojas caídas y en esos largos paseos por la ciudad caminando sobre ellas. O en una tarde de lluvia, viendo pasar los coches desde mi rinconcito junto a la A-2, con un café caliente y espumoso en una mano y un buen libro en la otra. Además, me recuerdan que cocinar vuelve a convertirse en un plan. En verano quiero pasar el menor tiempo posible dentro de la cocina; cuando refresca, en cambio, me gusta preparar la mesa mientras llegan los amigos.
En los últimos años he ido reuniendo calabazas en forma de velas, vajillas, textiles y pequeños accesorios, aunque nunca parecen suficientes. Algunas interpretaciones están claramente pensadas para Halloween, pero otras son lo bastante discretas como para quedarse en casa durante toda la temporada. Este plato pertenece al segundo grupo: la referencia está ahí, pero no parece reservado para una celebración concreta.
Y eso es precisamente lo que más me interesa. Pienso utilizarlo desde las primeras comidas de septiembre hasta bien entrado noviembre. Podría servir para una cena de Halloween, pero también para una comida de domingo, una merienda improvisada o una de esas quedadas con amigos en las que cada persona lleva algo y la mesa acaba mucho más llena de lo previsto.
¿Cómo es el plato de horno con forma de calabaza?
El plato de horno está elaborado en cerámica y presenta una silueta alargada inspirada en una calabaza. Aunque la marca lo define como plato, por su amplitud y profundidad a mí me recuerda más a una fuente pensada para compartir. El exterior naranja tiene un acabado brillante y ligeramente ondulado, mientras que uno de los laterales está decorado con hojas y una pequeña enredadera. Las asas imitan tallos retorcidos en un tono más oscuro, un detalle que refuerza su estética otoñal sin convertirlo en una pieza exclusivamente pensada para Halloween.
Con unas medidas de 40,5 centímetros de largo, 20,5 de ancho y 6,8 de alto, tiene espacio para preparar verduras asadas, guarniciones, gratinados y otras propuestas para varias personas. Es apto para el horno, el microondas y el contacto con alimentos, aunque debe lavarse a mano y no puede introducirse en el lavavajillas. Su precio es de 16 euros.
La imagino llena de calabaza asada, patatas, cebolla morada y algunas hierbas aromáticas, colocada directamente en el centro de la mesa. También podría utilizarla para preparar un pastel salado o uno dulce de calabaza, como el famoso pumpkin pie estadounidense. Fuera de la cocina, puede convertirse en un centro decorativo con pequeñas calabazas, hojas secas y velas.
Me gusta que no parezca una fuente cualquiera pintada de naranja. La silueta de calabaza, las asas retorcidas y los relieves vegetales le dan suficiente personalidad para permanecer sobre la mesa incluso cuando está vacía. Probablemente la utilizaré mucho más de lo que imagino, porque reúne dos de las cosas que más disfruto cuando llega esta época: cocinar sin prisa y volver a recibir amigos en casa.





















