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Siempre me ha parecido curioso cómo cambian las modas. Hay objetos que durante años consideramos demasiado antiguos y que, de repente, vuelven convertidos en tendencia. Me pasa con los manteles de cuadros, con los bordados tradicionales y, especialmente, con esos hules que estuvieron presentes en tantas cocinas y comedores españoles. Los mismos que durante años fueron vistos como algo práctico más que bonito y que ahora aparecen en revistas de decoración y casas cuidadosamente diseñadas.
De hecho, estoy bastante segura de que todos hemos comido alguna vez sobre uno de ellos. En casas de abuelos, en merenderos, en patios de verano o en segundas residencias donde el mantel no se cambiaba por uno más elegante cuando llegaban invitados porque aquel ya formaba parte de la familia. Lo que nadie imaginaba entonces es que esos estampados tradicionales acabarían inspirando algunas de las tendencias decorativas más buscadas del momento.
¿Por qué vuelven a estar de moda los manteles tradicionales?
Durante años la decoración apostó por tejidos lisos, colores neutros y mesas cada vez más minimalistas. Sin embargo, esa búsqueda constante de perfección parece estar dando paso a otra tendencia muy distinta. Ahora buscamos casas con personalidad, objetos que cuenten algo y piezas capaces de transmitir cierta sensación de hogar.
Los manteles tradicionales encajan perfectamente en ese cambio. Los cuadros vichy, los bordados, las cenefas decorativas y los tejidos naturales tienen algo familiar que resulta difícil de explicar. Son detalles que hemos visto durante toda la vida y que asociamos a recuerdos concretos: una comida familiar, una merienda en el pueblo o una celebración improvisada alrededor de una mesa. En mi caso, también me recuerdan a esas sobremesas que se alargaban más de la cuenta, cuando alguien sacaba café, fruta o un bizcocho y nadie parecía tener prisa por levantarse. Al final, no son solo textiles. Forman parte de escenas cotidianas que muchos seguimos guardando en la memoria sin darnos cuenta.
A mí me ocurre especialmente con los manteles de cuadros. Durante años los asocié a cocinas rurales, casas de verano, incluso a restaurantes. Hoy los veo en proyectos decorativos de inspiración mediterránea, campestre e incluso contemporánea. Lo curioso es que no han cambiado tanto. Simplemente hemos aprendido a mirarlos de otra manera.
¿Qué tienen estos manteles que nunca terminan desapareciendo?
Quizá una de las razones sea que nunca han dejado de ser prácticos. Los hules siguen funcionando tan bien como siempre frente a las manchas, los líquidos o el uso diario. Y los manteles de algodón continúan siendo una de las opciones más cómodas para vestir una mesa sin complicaciones.
Además, tienen algo que muchas tendencias actuales intentan imitar: autenticidad. No fueron diseñados para convertirse en objeto de deseo decorativo. Nacieron para utilizarse todos los días. De hecho, mi tía sigue poniendo un hule debajo del mantel durante todo el año. Da igual que sea agosto, Navidad o que haya invitados a comer. Primero coloca el hule para proteger la mesa y después el mantel bonito encima. Lo lleva haciendo toda la vida y nunca se le ocurriría hacerlo de otra manera. Precisamente por eso estos textiles resultan tan creíbles cuando aparecen en una casa.
También ayudan a crear ambientes mucho más acogedores. Una mesa vestida con un mantel de cuadros o con un tejido bordado transmite una sensación completamente distinta a la de una mesa desnuda. Hace que el comedor parezca más vivido y más cercano. Y en una época en la que buscamos que las casas resulten menos impersonales, eso tiene mucho valor.
Los modelos que recuperan el encanto de toda la vida
El que más me llamó la atención fue el mantel de hule con estampado de cuadros antiguos y cenefa decorativa. Tiene exactamente ese aspecto que recuerdo de muchas cocinas españolas, donde el mantel bonito convivía con un hule preparado para sobrevivir a cualquier comida familiar. Su acabado impermeable y antimanchas mantiene intacta esa esencia práctica que lo convirtió en un imprescindible durante años. Se vende por metros para adaptarse a distintos tamaños de mesa y cuesta 67,84 euros.
También encontramos propuestas más delicadas, como el mantel bordado marrón. Su diseño recupera el gusto por los detalles que durante décadas vistieron aparadores, mesas auxiliares y comedores familiares. Me gusta porque es de esos textiles que consiguen hacer especial incluso una comida corriente entre semana sin resultar excesivo. Su precio es de 14,99 euros.
También me llamó la atención el mantel de algodón lavado con estampado vichy beige. Los cuadros siguen teniendo la capacidad de transportarme directamente a una casa de pueblo o a una comida de verano donde la mesa permanecía puesta durante todo el día. Confeccionado en algodón 100 %, tiene un aspecto relajado y atemporal que nunca parece pasar de moda. Además, cuesta 12,99 euros, lo que demuestra que recuperar este tipo de estética no requiere una gran inversión.
Lo que más me gusta de todos ellos es que no intentan parecer modernos a toda costa. Al contrario. Su atractivo reside precisamente en recordar objetos que ya estaban presentes mucho antes de que la decoración los convirtiera en tendencia. Quizá por eso siguen funcionando tan bien. Porque algunos clásicos nunca desaparecen del todo. Simplemente esperan a que volvamos a apreciarlos.




















