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El fin de semana, durante mi infancia, era sinónimo de ir a la casa del pueblo. Fresquita en verano, cálida y acogedora en invierno. El sueño de cualquier niño convertido en hogar. Tenía vigas de madera en el techo y una cocina que todavía hoy intento recrear, sin mucho éxito, en mi pequeño piso de Madrid. De esas cocinas en las que siempre había una cafetera al fuego, una cesta con pan sobre la mesa y una vajilla que parecía capaz de sobrevivir a varias generaciones.
Lo que más me gustaba era desayunar en el jardín. Entonces no era consciente, pero aquello era un auténtico lujo. La leche fría, el zumo de naranja recién exprimido y una tostada de pan de pueblo con aceite servidos en aquellos platos de hierro esmaltado que hoy tanto se echan de menos. Los míos tenían una flor roja en el centro y un borde azul ya desgastado por el paso de los años. De hecho, no recuerdo haberlos visto nunca completamente nuevos. Por eso, cuando vi estos nuevos platos de Zara Home, color crema y con el filo en contraste, no pensé en una tendencia decorativa ni en una colección nueva. Pensé directamente en aquellas mañanas de verano.
Cuando los platos estaban hechos para durar toda la vida
Los platos de hierro esmaltado no nacieron como un objeto decorativo, sino como una solución práctica. Empezaron a popularizarse en Europa a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando el esmalte vítreo permitió proteger el hierro de la corrosión y hacerlo apto para el contacto con alimentos. El resultado era una vajilla resistente, fácil de limpiar y mucho más asequible que otras alternativas de la época.
Durante buena parte del siglo XX estuvieron presentes en cocinas rurales, casas de campo, merenderos y hogares donde la funcionalidad era más importante que las modas. Ollas, jarras, cazos y platos esmaltados formaban parte de la vida cotidiana de millones de familias. Eran piezas pensadas para usarse todos los días, pasar de unas manos a otras y sobrevivir durante décadas. En España se hicieron especialmente populares los diseños decorados con bordes de color, flores o pequeños motivos geométricos.
Marcas como Ibili ayudaron a convertirlos en un clásico de muchas cocinas, hasta el punto de que para varias generaciones estos platos forman parte de recuerdos muy concretos: desayunos en el jardín, comidas familiares al aire libre o meriendas en la casa del pueblo.
Quizá por eso resultan tan familiares incluso hoy. Porque antes de convertirse en una tendencia decorativa ya habían sido, durante décadas, una de esas piezas humildes y resistentes que parecían estar presentes en todas las casas.
El regreso de una vajilla que creíamos olvidada
Durante años estos platos desaparecieron de muchas cocinas, sustituidos por vajillas más ligeras, minimalistas o modernas. Sin embargo, algo ha cambiado. Igual que ha ocurrido con Duralex, las copas de colores o los manteles tradicionales, el hierro esmaltado vuelve a despertar interés entre quienes buscan piezas con historia y personalidad. Esas capaces de conectar pasado y presente en un instante.
La diferencia es que ahora ya no hace falta rebuscar en mercadillos, rastros o casas de pueblo para encontrarlos. Firmas como Zara Home han empezado a reinterpretar esta estética con diseños nuevos que conservan el encanto de los originales y permiten recuperar, a solo un clic de distancia, una pequeña parte de esos recuerdos.
Un diseño tradicional adaptado a las mesas de hoy
Reconozco que, de toda la colección, en el que más me he fijado ha sido en el plato de postre. Quizá porque me he imaginado usándolo en los desayunos tranquilos del fin de semana en mi balcón de Madrid. Un pequeño oasis en plena A-2 que, a diferencia del resto de la casa, es grande y alargado, con una mesita, muchas plantas y sol durante buena parte de la mañana. Y también porque, a diferencia de otros platos más delicados, estos transmiten una tranquilidad difícil de explicar. Esa sensación de que, si un día se resbalan de las manos, tienen muchas más posibilidades de sobrevivir que la mayoría de las vajillas modernas.
Zara Home recupera esta estética con un plato de postre elaborado en hierro esmaltado, acabado en color crema y rematado con un filo en contraste que recuerda inmediatamente a las vajillas tradicionales. Mide casi 20 centímetros de diámetro, un tamaño perfecto para desayunos, meriendas o postres, y conserva ese aspecto robusto que tanto caracteriza a este tipo de piezas.
Lo mejor es que no parece una reinterpretación excesivamente moderna. Mantiene el espíritu original de aquellos platos de toda la vida y, precisamente por eso, combina igual de bien con una mesa de campo que con una cocina urbana donde se busca introducir pequeños guiños al pasado. Quizá por eso me ha gustado tanto. Porque entre el jardín de aquella casa del pueblo y mi balcón junto a la A-2 hay unos cuantos kilómetros y bastantes años de diferencia, pero estos platos consiguen que la distancia parezca mucho más pequeña.



















