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Mi recibidor es de los que se miden en pasos, no en metros cuadrados ¡Ojalá! Dos pasos y ya estás en el salón y otros dos pasos y estás en la cocina, así que durante mucho tiempo ese pequeño tramo de entrada quedó completamente vacío, como si no contara como espacio real de la casa. Cada vez que llegaba alguien a casa, cruzaba esos dos pasos sin que hubiera nada que llamara la atención, nada que dijera "aquí empieza tu visita". Y aunque suene a poco, ese primer golpe de vista es el que se queda grabado, el que marca cómo recuerdas una casa aunque no sepas explicar muy bien por qué, quizá porque fue lo primero y lo último que viste de ella.
Llevaba tiempo dándole vueltas a cómo resolver ese hueco sin invadirlo, porque en un recibidor pequeño cualquier mueble de más se convierte en un obstáculo con el que tropezar cada mañana. La solución me la encontré casi de casualidad en Ikea, buscando otra cosa completamente distinta: unos jarrones de vidrio reciclado con forma de damajuana, en un verde que recordaba a las botellas antiguas de farmacia. No ocupaban espacio, no había que esquivarlos, y sin embargo llenaban ese rinconcito y le daban vida, de una manera que ningún mueble había conseguido hasta entonces.
La damajuana, un clásico que vuelve
La damajuana es uno de esos objetos que todos hemos visto alguna vez, aunque no siempre sepamos ponerle nombre. Y para que engañarnos, me encantaba su forma, incluso su color, pero nunca supe su nombre, damajuana. Es una garrafa de vidrio, normalmente de gran capacidad, con el cuerpo abombado y el cuello estrecho, tradicionalmente recubierta de mimbre o rejilla para protegerla de los golpes durante el transporte. Se usaba sobre todo para almacenar y trasladar vino, aceite o agua, y era habitual verla en bodegas, cocinas de pueblo y patios españoles, donde pasaba más tiempo en el suelo que sobre ninguna mesa, el tipo de objeto que siempre hay en casa de los abuelos.
El nombre viene del francés "dame-jeanne", una expresión de origen incierto que ya se usaba en el siglo XVIII para referirse a este tipo de recipiente de gran tamaño. Su forma no era casual: el cuerpo ancho permitía almacenar más líquido sin que el vidrio perdiera resistencia, mientras que el cuello estrecho facilitaba tapar la botella y controlar el vertido sin derrames. Durante generaciones fue un objeto puramente funcional, pensado para durar y para aguantar el uso diario, no para decorar nada.
Con el paso de las décadas, la damajuana fue perdiendo su función original a medida que aparecían envases más ligeros y prácticos, y muchas de ellas acabaron arrinconadas en trasteros o patios, cuando no directamente desechadas. Pero su silueta, tan reconocible, ha terminado convirtiéndose en una referencia estética por derecho propio: esa combinación de cuerpo redondeado y cuello estrecho se repite ahora en jarrones, botelleros y piezas decorativas que ya no tienen nada que ver con transportar vino, pero que conservan ese aire retro que tanto se lleva en las casas actuales. Ese tono, que da igual dónde lo coloques, siempre queda bien.
De hecho, no es raro encontrar damajuanas originales, de las de verdad, en mercadillos y tiendas de antigüedades, normalmente descoloridas por el sol y con esa pátina que solo dan los años de uso real. Se han convertido en objeto de coleccionismo para quienes buscan piezas con historia auténtica, aunque no siempre son fáciles de colocar en una casa pequeña: pesan bastante y ocupan más de lo que parece a simple vista. Ahí es donde entran las versiones más pequeñas y actuales, que recogen la forma sin el volumen ni el peso del original, facilitándonos la labor de transportarla.
El hallazgo de Ikea para mi entrada
El jarrón que encontré es el MYRMOSAIK, de Ikea, en color verde y con 12 centímetros de altura, una medida que lo hace perfecto para espacios reducidos como el mío. Ahora cuesta 3,99 euros, y pertenece a una serie fabricada con un mínimo del 50% de vidrio reciclado, algo que se nota nada más cogerlo: tiene esas pequeñas burbujas atrapadas en el cristal y ligeras variaciones de color que hacen que cada pieza sea distinta a la anterior, aunque salgan del mismo molde.
Esa pequeña imperfección es precisamente lo que más me convenció. En vez de un jarrón perfectamente transparente y uniforme, tienes un objeto con alguna burbuja atrapada en el cristal y ese verde que cambia ligeramente de intensidad según la pieza, algo que solo pasa con el vidrio reciclado. Lo coloqué sobre una balda estrecha que ya tenía en el recibidor, junto a la puerta, y metí dentro un único clavel blanco, sin ninguna otra flor que le hiciera sombra; cogí la inspiración de la misma web de la marca. Sencillo, pero bonito.
No quise complicarme más con el resto de la balda. Al lado del jarrón dejé solo un plato pequeño para las llaves, también en tonos claros, para que el verde del vidrio siguiera siendo lo primero que se ve al entrar, el protagonista. A veces la tentación en un espacio tan reducido es llenarlo de objetos pequeños para que no se note lo poco que hay, pero en este caso funcionó justo lo contrario: cuantos menos elementos, más protagonismo tenía el jarrón, y más se notaba ese verde traslúcido cuando le daba la luz.
El verde del vidrio contrasta con la pared clara del recibidor, y por las tardes, cuando entra un poco de luz por la ventana de la cocina, el jarrón proyecta una sombra verdosa sobre la balda que cambia según la hora del día. Y me encanta. Ahora estoy pensando en comprar un segundo jarrón de la misma serie para la entrada. Ya solo me falta encontrar el segundo, a ver si tengo la misma suerte.


















