Pocas piezas de diseño industrial tienen la capacidad de resolver un problema cotidiano con tanta elegancia y precisión. La aceitera que Rafael Marquina diseñó en 1961 es una de ellas. No por motivos decorativos, sino porque Marquina identificó tres problemas concretos que tenía cualquier aceitera convencional y los resolvió todos en un solo objeto: el aceite que chorrea por el exterior del bote y te pringa los dedos, el recipiente que se vuelca con cualquier descuido y la opacidad que impide ver el nivel y el color del líquido. La base cónica y ancha hace casi imposible que caiga. El pitorro doblado hacia arriba corta el chorro limpiamente sin dejar rastro. Y el vidrio transparente permite ver el oro del aceite, ese color que en una buena botella de virgen extra es casi una declaración de origen. Tres problemas, una solución, sesenta años de producción ininterrumpida.

Lo que hace grande a la aceitera de Marquina no es solo que funcione, sino que funciona sin que se note el esfuerzo. La forma cónica, que recuerda a un matraz de laboratorio, tiene una lógica estructural tan limpia que parece inevitable, como si no pudiera haber sido de otra manera. Es el tipo de objeto que uno mira y piensa que siempre ha existido, que no podría no existir, y solo los objetos que funcionan de verdad consiguen eso. La aceitera de Marquina está en la colección permanente del MoMA de Nueva York, en el Museo del Diseño de Barcelona y en miles de cocinas españolas donde convive con lo cotidiano sin perder nunca su condición de objeto extraordinario. Y desde que se popularizó, ha sido también el objeto más imitado del diseño español: copias en plástico, en cristal barato, en cerámica, en acero. La mayoría no funciona igual porque cambia el material sin ver que aquí el material no es un detalle sino la mitad del invento. Lefties es una excepción: ha elegido el borosilicato, ha respetado la geometría y ha entendido que democratizar un objeto de diseño no significa abaratarlo a cualquier precio, sino encontrar el punto donde el precio y la calidad se dan la mano.

Por qué nadie la ha mejorado

Rafael Marquina era arquitecto, no diseñador industrial en el sentido estricto. Estudió en la Escuela de Arquitectura de Barcelona y trabajó durante años en el estudio de su padre antes de que un encargo aparentemente menor —una aceitera para uso doméstico— le diera la pieza con la que pasaría a la historia del diseño español. Corría 1961 cuando presentó el prototipo, y desde entonces la forma no ha cambiado en lo esencial: base cónica, cuello estrecho, pitorro doblado. Lo que ha cambiado es el material, que en las versiones más populares pasó del vidrio soplado original al plástico y de ahí de vuelta al vidrio, porque hay objetos que no admiten sustitutos y este es uno de ellos.

Lleva sesenta años sin mejoras por algo muy simple: resuelve el problema de manera tan completa que no deja margen para la mejora. Merece la pena pensarlo bien. Estamos en pleno siglo XXI, en la era de los coches eléctricos, la inteligencia artificial y los teléfonos con reconocimiento facial, y sin embargo la mejor aceitera del mundo sigue siendo la que un arquitecto barcelonés dibujó a mano en 1961. No hay algoritmo que la haya mejorado, no hay startup que haya encontrado una solución más eficaz, no hay material nuevo que haya superado al vidrio transparente con pitorro doblado. Eso tiene un nombre: buen diseño.

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Cortesía Lefties

Por qué esta versión de Lefties funciona

La aceitera matraz de Lefties en borosilicato tiene todo lo que tiene que tener. La forma cónica está ahí, el pitorro doblado está ahí, el vidrio transparente que deja ver el color dorado del aceite está ahí. El borosilicato —el mismo material con el que se fabrican los matraces de laboratorio y las teteras de diseño nórdico— añade además una resistencia térmica y una claridad óptica que el vidrio convencional no tiene: el aceite dentro de esta aceitera tiene exactamente el color que tiene, tal como es, sin filtros ni interferencias.

A 6,99 euros, esta pieza se sitúa en ese territorio donde el precio deja de ser el argumento y empieza a serlo el objeto. Lo que durante décadas fue un símbolo del buen gusto en la cocina española, la aceitera que uno reconoce en las mejores mesas sin saber exactamente por qué, tiene ahora una versión accesible que no sacrifica nada importante. En el mercado actual, ese equilibrio es más difícil de conseguir de lo que parece.