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En casi todas las cocinas que conozco pasa lo mismo: paredes blancas, muebles blancos, encimera clara, y encima una vajilla blanca que hace que todo se funda en un mismo tono. Así es exactamente mi cocina. Es una fórmula segura, nadie se equivoca comprando blanco, pero también es la razón por la que tantas cocinas acaban pareciéndose entre sí, casi indistinguibles unas de otras si les quitas los electrodomésticos. Cuando algo rompe ese patrón, aunque sea un solo objeto sobre la mesa, se nota enseguida, y el efecto suele ser mucho mayor de lo que costó conseguirlo.
Eso es exactamente lo que ha hecho Lidl con su última vajilla, y por eso ha acertado tanto: en un panorama dominado por el blanco y los tonos neutros, que no pueden gustarme más, sacar una colección a todo color, en seis tonalidades distintas, es una apuesta que llama la atención en cualquier catálogo. No hace falta reformar la cocina entera ni cambiar de estilo de un día para otro; con cambiar la vajilla ya se transforma buena parte de cómo se ve y se siente la mesa.
Qué hace que una vajilla sea una buena vajilla
Una buena vajilla no se mide solo por lo bonita que resulta en la foto, porque nos gusta mucho hacer fotos de los platos y subir a las redes, sino por cómo aguanta el uso diario: los golpes del lavavajillas, los cambios de temperatura del microondas, los años de sacarla y guardarla una y otra vez. La porcelana sigue siendo uno de los materiales de referencia para esto, porque se cuece a temperaturas muy altas y eso la hace más compacta y menos porosa que la cerámica tradicional, resistiendo mejor las manchas y los olores con el paso del tiempo.
Más allá del material, una vajilla completa necesita pensarse como un conjunto de piezas que cubran distintos usos sin que sobre ni falte nada: platos llanos para el día a día, platos hondos para sopas, cremas o pastas tan reconfortantes en otoño e invierno, y platos de postre para los más golosos y que también sirven como aperitivo o entrante. Cuando ese equilibrio está bien resuelto, la vajilla deja de ser solo un juego de platos y se convierte en una herramienta que acompaña casi cualquier comida, desde el desayuno rápido de un martes hasta una cena con más de seis comensales alrededor de la mesa.
Y luego está el otro tipo de vajilla, la que no busca pasar desapercibida sino todo lo contrario: la vajilla alegre, la de colores que suman en vez de restar. Ese tipo de piezas funcionan igual de bien en una celebración con toda la familia que en un domingo cualquiera en el que apetece comer algo sencillo, y esa es precisamente su gracia. No necesitan una ocasión especial para justificar su presencia sobre la mesa, porque el color ya aporta esa sensación de fiesta por sí mismo, sin que nadie tenga que decorar nada más alrededor.
Esta vuelta al color en la mesa no es nueva, aunque ahora se note más. Durante los años del minimalismo, la vajilla blanca se convirtió casi en norma no escrita, la opción segura que combinaba con cualquier estilo de cocina. Antes de eso, sin embargo, era habitual encontrar vajillas con estampados o colores vivos en las casas de toda la vida, ese tipo de piezas que hoy asociamos con la mesa de los abuelos y que ahora vuelven, reinterpretadas, con la misma intención de fondo: que comer en casa sea también un pequeño gesto de celebración.
La vajilla de Lidl que responde a todo esto
La vajilla "New Art & Pepper" de Tognana, disponible en Lidl por 42,99 euros, es un juego de 18 piezas de porcelana repartido en seis platos llanos de unos 27 centímetros, seis platos hondos de 20,5 centímetros y seis platos de postre de 19 centímetros, con capacidad para servir hasta seis comensales con las tres piezas por persona. Está pensada para el uso diario: es apta tanto para lavavajillas como para microondas, algo que no siempre se da por hecho en las vajillas con más carácter visual.
Lo que realmente la diferencia es el color. Cada plato viene en un tono distinto, azul, turquesa, verde, naranja, melocotón y amarillo, con un acabado ligeramente moteado que recuerda al esmalte hecho a mano, con esas pequeñas variaciones de tono que hacen que ninguna pieza sea exactamente igual a otra. Es justo el tipo de detalle que convierte una vajilla en algo con más personalidad que la porcelana lisa de siempre, sin dejar de ser un producto pensado para el día a día.
Lo mejor de todo es que no hace falta pensar demasiado a la hora de combinar los colores, porque todos encajan entre sí sin que ninguno desentone. Se puede poner una mesa entera con los seis tonos mezclados, alternando un plato azul junto a uno naranja y uno verde junto a uno amarillo, y el conjunto sigue funcionando como si estuviera pensado así desde el principio. También se puede optar por servir cada comensal con un color distinto, de forma que cada uno tenga su propio plato reconocible, algo especialmente útil si hay niños en casa o simplemente si te gusta que cada persona en la mesa tenga su sitio bien marcado. Y si en algún momento apetece bajar el tono, tampoco hace falta renunciar a la vajilla entera: basta con usar los platos de un mismo color para el día a día y reservar la mezcla completa para cuando haya más gente sentada a la mesa. Ya se sabe, cuanta más gente, más alegría, y eso alrededor de una mesa siempre funciona.

















