De las sillas de mimbre a las damajuanas: 10 objetos que salieron de los pueblos españoles y ahora decoran los estudios de interiorismo
Sillas de rejilla, cestos de junco y bancos de madera han salido de patios y trasteros para conquistar las casas más actuales. Objetos cotidianos que demuestran que una casa vivida siempre tendrá más personalidad.

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La primera silla de mimbre que recuerdo no estaba en una revista de decoración. Estaba en la casa del pueblo, cerca de una puerta por la que siempre entraba algo de aire en verano. Tampoco descubrí las damajuanas en Pinterest. Las vi cubiertas de polvo, arrinconadas en almacenes o bodegas donde nadie parecía considerarlas especialmente bonitas. Eran objetos normales, de esos que llevan tanto tiempo en una casa que terminan confundiéndose con ella.
Ahora me hace gracia encontrarlos en algunos de los proyectos de interiorismo más cuidados. Las sillas de rejilla, los bancos de madera, los cestos de fibras naturales o las antiguas garrafas de vidrio han pasado de ocupar patios y trasteros a decorar salones urbanos. Incluso yo misma intento reproducir parte de aquella sensación en casa, aunque sustituya el jardín del pueblo por un balcón y los sonidos del campo por el ruido habitual de la ciudad.
¿Qué objetos tradicionales españoles han vuelto a ponerse de moda?
Las sillas de mimbre son probablemente el ejemplo más evidente. Durante años fueron simplemente las sillas que se sacaban al fresco cuando caía la tarde, las que aparecían cuando llegaban más invitados de los previstos y las que terminaban repartidas por el patio durante todo el verano. Hoy ocupan un lugar destacado en proyectos de interiorismo que buscan precisamente esa naturalidad.
Algo parecido ha ocurrido con las damajuanas. La primera que recuerdo estaba cubierta por una funda de mimbre y llevaba tanto tiempo en el mismo rincón que nadie se planteaba moverla. No contenía flores secas ni ramas perfectamente colocadas. Creo que ni siquiera contenía nada. Por eso me hace gracia verla ahora convertida en una de las piezas favoritas de los interioristas.
La lista continúa con los bancos de madera maciza, los cestos de junco, las escaleras decorativas, las alfombras de yute, las bandejas de madera, los vasos acanalados o las jarras de barro. Son piezas que nacieron para ser útiles y que, sin proponérselo, acabaron convirtiéndose también en objetos decorativos.
¿Por qué los interioristas vuelven a mirar a los pueblos españoles?
Quizá estemos un poco cansados de las casas perfectas, de esas que vemos en las portadas de las revistas. Durante años vimos interiores donde todo era nuevo, coordinado y tan impoluto que costaba imaginar a alguien viviendo dentro. Los objetos rurales aportan justo lo contrario. Introducen textura, marcas, fibras naturales y esa pequeña dosis de desorden que consigue que una habitación resulte más acogedora.
También siguen siendo útiles. Los bancos de madera tampoco nacieron para decorar un recibidor. Servían para sentarse, desgranar judías, apoyar las bolsas al volver del huerto o reunir a más personas cuando faltaban sillas. Algo parecido sucedía con los cestos, que nunca estaban vacíos, y con las escaleras, que acababan sosteniendo ropa mucho antes de que alguien decidiera llamarlas percheros decorativos.
En casa siempre terminamos utilizando los objetos de una forma distinta a la que imaginamos al comprarlos. La silla bonita acaba con la ropa del día siguiente; el cesto termina lleno de cosas sin categoría y la bandeja recoge llaves, velas y algún recibo olvidado. Puede que un día acabe llevando el té chai de la merienda, pero seamos sinceros: no suele ser lo habitual. Precisamente por eso funcionan. No son piezas intocables, sino objetos pensados para convivir con la vida diaria.
¿Qué tienen estos objetos que nunca pasan de moda?
Quizá esa sea la verdadera lección que los estudios de interiorismo han aprendido de las casas de pueblo. Un hogar no necesita parecer recién estrenado para resultar bonito. Más bien necesita ser vivido. Las mejores casas no son las que parecen perfectas, sino aquellas donde se nota que alguien desayuna, lee, cocina y recibe visitas.
A veces basta con recuperar una silla de rejilla, apoyar una escalera de madera contra la pared o rescatar aquella damajuana que nadie quería. Lo que antes parecía viejo ahora aporta personalidad. Y lo que permaneció durante años en un trastero puede acabar convirtiéndose en la pieza que da sentido a toda una habitación.
Quizá por eso sigo intentando llevarme un poco de aquellas casas a mi piso. No puedo reproducir el silencio del pueblo ni colocar una silla bajo una higuera, pero sí recuperar un banco, un cesto o una vieja damajuana. Aunque después la silla termine cubierta con la ropa del día siguiente y el cesto lleno de cosas que no sé dónde guardar. Al final, eso también significa que una casa está vivida. Y probablemente ahí esté la clave de todo. Nacieron para ser prácticas. Pero después de acompañar durante años la vida cotidiana de tantas familias, han terminado convirtiéndose en algo mucho más valioso: objetos capaces de hacernos sentir en casa.


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