Por qué todo el mundo está volviendo a usar las sillas de mimbre de los pueblos españoles: cinco modelos que parecen hechos de forma artesana
Ratán y mimbre vuelven a las casas españolas, y no es casualidad. Después de años de plástico y metal, el trenzado artesanal recupera su sitio en comedores y terrazas, con esa calidez y esa imperfección que ningún material sintético ha conseguido imitar.

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Quien tenga pueblo o haya veraneado alguna vez en un pueblo español recordará esas sillas. Además del tiempo que se pasaba en ellas, daba igual si era con amigos o con la familia. Las que estaban en la terraza de la abuela, con el asiento trenzado y las patas de madera, o las que llenaban los bares de pueblo apiladas en un rincón esperando que alguien las necesitase. Así como las marcas que dejaban en las piernas una vez te levantabas de ellas. Porque cuantas más sillas había alrededor de la mesa o de las mesas, mejor. Esas sillas que en aquel momento parecían simplemente parte del paisaje cotidiano y que ahora, décadas después, aparecen en los catálogos de Ikea, Zara Home, Sklum y Maisons du Monde como si fueran una novedad. No lo son. Llevan años con nosotros. Tan solo ha cambiado la mirada con la que las vemos ahora. Porque son recuerdos y nostalgia, mucha nostalgia.
El ratán y el mimbre llevan siglos presentes en la historia del mobiliario doméstico español, y su vuelta no responde a un capricho pasajero sino a algo más profundo: el cansancio del plástico y del metal, y la búsqueda de materiales que tengan calidez, textura y esa imperfección propia de lo hecho a mano. Porque no hay nada más bonito que darles valor a las cosas hechas a mano, con mimo y dedicación. Una silla de ratán trenzado no puede ser perfectamente idéntica a otra, aunque salgan de la misma fábrica, y esa pequeña variación es precisamente lo que las hace interesantes en un mundo donde todo tiende a la uniformidad.
Por qué el ratán y el mimbre no pasan de moda
El ratán es la caña de una palmera trepadora que crece en el sudeste asiático y en África. Se trabaja en caliente, así que se le puede dar casi cualquier forma antes de que se enfríe y endurezca, y una vez seco pesa poco, pero aguanta bastante más de lo que parece. El mimbre viene del sauce y en Europa tiene raíces más profundas: durante siglos fue el material que se usaba para cestas, muebles de jardín y las sillas de campo de toda la cuenca mediterránea.
Los dos comparten algo que ningún plástico tiene: mejoran con el uso. Al ratán le sale una pátina dorada con el tiempo y con la luz, y el mimbre se afloja y se vuelve más suave cuanto más se sienta uno en él. Son materiales que cambian, que tienen vida propia, y eso es justo lo que una silla de plástico no consigue por mucho que imite la forma.
La confusión entre ratán y mimbre viene de lejos, y en el día a día casi se usan como si fueran lo mismo. Tiene su lógica: el resultado se parece mucho, con ese trenzado y ese tono dorado que se repite en sillas, cabeceros o lámparas por igual. Lo que cambia es de dónde sale la fibra, no el aspecto final, así que cuesta distinguirlos incluso teniendo buen ojo para los muebles. De hecho, en el sector es habitual usar "mimbre" como término genérico para cualquier trenzado de fibra natural, venga del sauce, de la caña de ratán o de una mezcla de las dos, y eso pasa también en los catálogos de las tiendas de decoración.
Cómo conservar estas sillas para que duren años
El mayor enemigo del ratán y el mimbre no es sentarse en ellas, sino la humedad. Si se mojan y no se secan bien, pueden deformarse, perder tensión o llenarse de manchas de moho que luego cuesta mucho quitar. Por eso, aunque haya modelos pensados para exterior, mejor evitar la lluvia directa y guardarlas bajo techo cuando no se usen una temporada larga, sobre todo en invierno.
Para el día a día, con un paño seco o algo húmedo pasando por las ranuras del trenzado basta para quitar el polvo. Mejor no usar productos químicos fuertes, porque resecan la fibra y con el tiempo el trenzado se vuelve quebradizo. Y si se ha mojado, lo suyo es dejarla secar al aire libre, en un sitio ventilado, lejos de radiadores o estufas, que pueden hacer que la fibra se encoja y pierda su forma.
El sol tampoco perdona si le da fuerte durante mucho tiempo: tanto el ratán como el mimbre se decoloran y se vuelven más frágiles. Una capa fina de aceite de linaza o de barniz para fibras naturales, de vez en cuando, ayuda a protegerlas de la humedad y del sol sin que pierdan ese aspecto natural. Con esos cuidados básicos, una silla de ratán puede aguantar décadas sin perder ni la forma ni el carácter, tanto como las de la abuela.


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