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¿Sabías que tomar el fresco puede ser reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad? Pues sí, la Unesco está valorando si esta costumbre tan española merece un lugar de honor junto al silbo gomero, la bachata de República Dominicana o la cocina mexicana, que nos descubrió las bondades de las recetas de guacamole.
Desde luego, para mí el verano no existe si no paso por alguna calle de un pueblecito perdido y veo al anochecer cómo los vecinos se arremolinan frente a la fachada de una de las casas del barrio para pasar un rato mientras repasan juntos cómo ha ido el día sentados en todo tipo de sitios, desde taburetes hasta sillas plegables de cámping.
La silla para tomar el fresco de la abuela
Esa costumbre de las abuelas solo se entiende si esa pequeña tertulia vespertina se organiza alrededor de una puerta con una cortina de tela y ese pequeño acto es una muestra única de convivencia, ahorro energético al evitar poner el aire acondicionado y, lo mejor, una forma estupenda de fomentar los lazos vecinales. Todo vuelve, así que el verano de 2026 augura que las vacaciones en el pueblo llenarán las calles de pequeñas tertulias, mientras se disfruta del frescor de la noche.
Vale cualquier asiento, desde un taburete hasta una hamaca de piscina, pero las auténticas sillas del fresco son las elaboradas con enea, que se fabrican desde tiempos inmemoriales. Ya los romanos y los griegos utilizaban las fibras naturales para tejer todo tipo de mobiliario y, por supuesto, los asientos eran claves, incluso más tarde formaron parte del ajuar de las novias.
Las sillas de las abuelas han pasado de madres a hijas por su carácter artesanal, sobre todo si la estructura de madera estaba pintada a mano, en vivos colores y con estampados de flores en el respaldo, o tenía grabado el nombre de la propietaria. De hecho, hasta los años 40, muchos reclinatorios se fabricaban en enea y era un regalo muy preciado para las jovencitas, así que si heredas una de estas piezas también puedes utilizarla para sentarte al fresco con ella.
Ahora puedes conseguir sillas de madera con asiento de fibra en cualquier lugar, incluso las encontrarás en mercadillos o tiendas de segunda mano. Siempre que puedas, recupera estos asientos y dales una nueva vida, porque puedes pintar la madera en añil o verde y, en cuanto llegue el buen tiempo, salir a la fresca para compartir un buen rato con tus vecinos en el pueblo y poner en valor una costumbre centenaria.
Las cortinas de tela en la puerta de casa
Olvidadas durante décadas, vuelven las cortinas textiles para proteger el hogar de las altas temperaturas veraniegas y también de moscas y mosquitos. Las calles y patios de nuestros pueblos siempre han lucido visillos sinuosos o cortinas con tela de rayas, tan comunes en los pueblecitos manchegos.
Estas cortinas de exterior de tela también mantenían la sala principal de la casa fuera de la vista de los curiosos, Son cortinajes muy pesados y con una tela poco agradecida al tacto, pero muy eficaz para cuidar la madera de la puerta del polvo y la humedad exterior. El tejido a rayas se confeccionaba a mano, así que las cortinas para puerta siempre estaban hechas a medida, aunque si consigues un ejemplar antiguo siempre puedes adaptarlo a la puerta de tu patio o terraza para dar un aire vintage al ambiente.
El tejido manchego tradicional es tan denso que no deja pasa la luz del sol, por eso siempre puedes seleccionar cortinas de textiles orgánicos, como el lino o el algodón, o con tejidos técnicos, si prefieres que sean ignífugas y hagan de parapeto, en caso de incendio. Si te gustan otros estilos más actuales, puedes colgar una cortina de macramé hecha a mano para dar un aire boho chic a la casa de la playa o del pueblo.
Reivindicamos la idea de tomar el fresco con las sillas de la abuela y de proteger las casas con las cortinas de tela, porque repetir lo que funciona siempre es un acto de respeto a nuestros antepasados y de sostenibilidad al reutilizar los objetos que nos llegan de otras vidas.














