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Cada vez más casas combinan piezas de toda la vida con un fondo contemporáneo, y el resultado, cuando se acierta, tiene un aire que ningún mueble nuevo consigue replicar por sí solo. Incorporar antigüedades ya no es la duda principal: lo difícil está en hacerlo sin que la casa parezca un decorado de otra época o, en el lado contrario, un cajón de objetos sueltos sin ningún hilo que los conecte. Entre esos dos polos hay un terreno amplio donde se mueve la mayoría de los proyectos que salen bien.
Para resolver esas dudas hemos hablado con Natalia Zubizarreta, de su propio estudio de interiorismo, y con Manuel Delgado, responsable estratégico de Interiorismo de IKEA España. Cada uno aporta su propia mirada sobre proporciones, intervención y escala, útil antes de comprar la primera pieza. Sus respuestas, puestas en común, funcionan casi como un manual de seis pasos para acertar con lo antiguo sin que la casa pierda actualidad.
Mezclar sin que compita: la proporción 70/30
El error que más se repite, según los dos profesionales, es querer construir toda la estancia alrededor de las piezas antiguas. Zubizarreta lo describe como intentar recrear una época completa, algo que convierte una casa en un decorado en lugar de un hogar; Delgado habla de acumular demasiadas antigüedades juntas hasta que el conjunto se siente pesado y forzado. La solución que proponen ambos pasa por tratar lo antiguo como un acento dentro del proyecto y dejar que el resto de la casa marque la base.
Ahí entra una cifra que repiten casi de forma idéntica: una proporción de 70% de elementos contemporáneos frente a un 30% de piezas con historia. Delgado señala que ese porcentaje puede moverse según el estilo arquitectónico de la vivienda; una casa más clásica admite más margen, mientras que una vivienda muy contemporánea pide mantenerlo más ajustado. Zubizarreta, en cambio, resta importancia a la fórmula exacta: para ella lo decisivo es que cada pieza tenga un papel claro y no tenga que pelear por protagonismo con el resto del mobiliario.
Para que esa mezcla no se note como un cálculo hace falta un hilo conductor. Puede ser la paleta de color, los materiales o simplemente una atmósfera general que dé coherencia al conjunto, de forma que lo antiguo aporte profundidad y lo contemporáneo aligere el resultado final. Cuando ese hilo existe, ya no hace tanta falta vigilar las proporciones al milímetro, porque el ojo percibe el espacio como un todo y no como dos estilos enfrentados.
Intervenir o respetar: cuándo tocar un mueble y cuándo dejarlo como está
La pátina, las pequeñas marcas de uso y las irregularidades de un mueble antiguo demuestran que la pieza es real y no una reproducción con estética vintage; disimularlas sería borrar justo lo que le da valor. Delgado defiende una norma sencilla: cuanto menos se intervenga, mejor se conserva ese carácter, y cualquier modificación debería hacerse con mucha contención, respetando líneas y proporciones originales.
Zubizarreta mira el asunto desde otro ángulo y se fija en cuánto vale realmente la pieza que se quiere intervenir. No todos los muebles antiguos merecen un trato de pieza de museo, y cambiar un tapizado o adaptar una cómoda a un nuevo uso puede prolongar su vida y ayudarla a integrarse en una casa actual sin que pierda lo que la hace especial. Pero cuando una pieza tiene una pátina excepcional o una historia especialmente interesante, recomienda limitar al máximo cualquier intervención, porque esos años de uso y de luz acumulados son imposibles de fabricar de nuevo.
Las dos posturas parten de preguntas distintas —una se fija en la norma general, la otra en cada pieza por separado—, pero terminan en el mismo sitio: antes de tocar un mueble conviene entender qué parte de su valor está en la historia que arrastra y cuál en la función que va a cumplir dentro de la casa.
Escala, dónde buscar y cómo reconocer una pieza auténtica
Antes de comprar cualquier antigüedad conviene medir el espacio con calma y pensar más allá de las dimensiones exactas. Tanto Delgado como Zubizarreta coinciden en algo que va más allá del metro: el peso visual de un mueble. Hay piezas voluminosas que resultan ligeras gracias a sus patas o sus proporciones, y otras más pequeñas que llenan una habitación entera solo con su presencia, así que conviene fijarse en cómo va a convivir el mueble con el resto del espacio.
En pisos actuales, normalmente más reducidos que las viviendas donde estas piezas vivieron originalmente, suelen funcionar mejor las antigüedades de escala contenida: vitrinas estrechas, escritorios, cómodas de fondo poco profundo o mesas auxiliares con líneas ligeras. Rodearlas de un entorno limpio y despejado ayuda a que destaquen sin saturar la estancia ni restarle sensación de amplitud.
Los anticuarios de confianza son, para los dos, la opción con más garantías, porque suelen dar información sobre procedencia y estado de conservación; las almonedas y los mercadillos especializados son una alternativa con más recorrido, ideal para quien disfruta de la búsqueda casi tanto como del resultado, y que además suelen formar parte del ocio o de los viajes. Para distinguir una pieza auténtica de una que solo lo parece conviene mirar los detalles que normalmente se pasan por alto: la calidad de la madera, los ensamblajes, los herrajes y, sobre todo, ese desgaste natural que una reproducción rara vez consigue copiar bien.

















