Si estás pensando en darle un toque de color de apartamento parisino a tu casa, La Redoute tiene las piezas perfectas
Amarillo absenta, rojo burdeos, cuadros vichy y terciopelo geométrico: cinco piezas que demuestran que el color no es un riesgo, sino una decisión.

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Hay marcas que llevan tanto tiempo en el mercado que uno las da por descontadas. La Redoute es una de ellas: fundada en Francia en 1837, lleva casi dos siglos llegando a los hogares europeos con una propuesta que ha sabido reinventarse sin perder su esencia. Lo que empezó como un catálogo de lana merina se convirtió en una de las referencias de decoración del hogar más influyentes del continente. Su división de interiorismo, La Redoute Intérieurs, es donde esa historia se vuelve más visible: piezas con diseño propio, materiales cuidados y una paleta cromática que no teme al color.
La colección actual lo demuestra. El verde, el amarillo absenta, el rojo burdeos y el coral aparecen en formatos distintos —textil, metal, cerámica, MDF lacado— pero siempre desde el mismo punto de partida: el color como decisión, no como accesorio. No son piezas que uno elige para que no molesten. Son piezas que uno elige precisamente porque van a notarse.
Combina colores como las parisinas
La historia de La Redoute en el diseño de interiores no es la de una marca de moda que se aventura en la decoración, sino la de una firma con casi dos siglos de experiencia en tejidos y producción textil que amplía su mirada hacia el hogar con el mismo rigor. La Redoute Intérieurs nace de esa tradición: diseñadores propios, materiales seleccionados y una apuesta por el diseño accesible que no renuncia al carácter. El conjunto de cama Lesia con su cuadro vichy en verde oscuro es un buen ejemplo: un motivo tradicional revisitado con un color lo suficientemente ácido para resultar contemporáneo, en algodón con un treinta por ciento reciclado que no se nota en el tacto, pero sí en la conciencia.
El diseño francés tiene una relación particular con el color que no es la misma que la escandinava ni la mediterránea. No es el color como declaración de principios ni como referencia cultural: es el color como elegancia, como manera de decir algo sin levantar la voz. La lámpara Kinoko en rojo burdeos, con sus dos pantallas entrelazadas —una brillante, otra mate— tiene una sofisticación que el color solo no habría conseguido. La forma y el color trabajan juntos, y eso se nota cuando uno tiene la pieza delante.
Los cojines TABAKA en amarillo absenta, con su composición geométrica de terciopelo y bachette, cambian el registro de un sofá con un solo gesto. La mesa auxiliar RONIO en verde lacado con sus tres patas cilíndricas tiene esa silueta que uno reconoce antes de saber su precio, y que convierte cualquier rincón en un punto de color. Las tazas Darcy con sus rayas anchas pintadas a mano en rojo coral sobre dolomita blanca cierran el conjunto: la más pequeña y la más contundente. A veces el color no necesita justificarse. Solo necesita el objeto adecuado.


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