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Nadie quería heredar las colchas de ganchillo de la abuela. Estaban dobladas en el armario, guardadas para "cuando hiciera falta", o colgadas en el respaldo de un sofá que nadie miraba con atención. Recuerdo verlas, de colores llamativos, sobre las camas enormes de la habitación de mis abuelas, y aún me llega ese olor y ese frescor que se respiraba allí.
El ganchillo que ahora decora los pisos más pequeños de Madrid, con estilo y sofisticación, es el mismo que hace varias décadas cubría las camas de las habitaciones más amplias de cualquier casa de pueblo. El patrón de cuadrados unidos entre sí, conocido en el mundo del crochet como granny square, era entonces territorio exclusivo de las manualidades de los domingos por la tarde. Lo que nadie podía imaginar es que ese mismo patrón terminaría siendo la textura que todo el mundo quiere ahora, la misma que cuelga de los pisos pequeños más bonitos de Instagram y Pinterest.
Hace una década nadie habría apostado por el regreso del crochet. Hace unos años era solo nostalgia boho, macramé incluido. Hoy es una textura imprescindible para cualquier casa que busque calidez sin renunciar a la sencillez. La funda de cojín de Zara Home, en algodón cien por cien y con ese tejido de ganchillo en patchwork que recuerda directamente a las mantas de las casas de pueblo, es la prueba de que esta tendencia ha llegado para quedarse. El blanco roto del algodón sin teñir, las texturas en relieve de cada cuadrado y los pequeños huecos que deja la trama abierta le dan algo que el lino o el algodón liso no tienen.
Por qué el crochet vuelve a ser tendencia en decoración
El ganchillo tiene una historia que se remonta a varios siglos atrás, aunque fue en el siglo XIX cuando se popularizó como técnica doméstica en toda Europa. El granny square, ese cuadrado tejido desde el centro hacia fuera que después se une a otros idénticos, nació como una manera práctica de aprovechar los retales de lana sobrantes. De ahí el nombre: granny square, cuadrado de la abuela.
Durante el siglo XX se convirtió en sinónimo de hogar humilde y de manualidad casera, hasta que el diseño de interiores de los últimos años decidió recuperarlo como símbolo de algo muy distinto: el valor del trabajo hecho a mano frente a la producción en serie.
Esa recuperación no es casualidad. En un momento en que la decoración busca constantemente texturas naturales y procesos que remitan a lo artesanal, el crochet ofrece algo que ningún tejido industrial puede replicar del todo: cada cuadrado tiene pequeñas irregularidades, cada puntada cuenta una historia de manos y tiempo.
Las casas pequeñas necesitan capas de textura, no más muebles, y han encontrado en el crochet patchwork el aliado perfecto. Un cojín así aporta volumen visual y calidez sin ocupar espacio físico, algo que vale mucho cuando vives en 50 metros cuadrados. Y no nos engañemos: así son los pisos de ahora.
Zara Home ha sabido leer ese momento con estos cojines y con su colcha a juego. El algodón cien por cien, tanto en el exterior como en el forro, garantiza que la pieza sea ligera y transpirable, ideal para el verano, cuando los textiles pesados de invierno dan paso a materiales más frescos.
El patchwork de cuadrados de ganchillo, en su tono blanco natural, funciona en cualquier rincón porque es un patrón que el ojo reconoce de toda la vida. A 39,99 euros, esta funda demuestra que lo hecho a mano también puede salir barato. El verano ya tiene su textura, y cabe en cualquier apartamento.
















