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Hay objetos que uno recuerda de la infancia sin saber muy bien por qué. No eran los más llamativos ni los más caros, pero estaban siempre ahí, formando parte del paisaje de una casa que olía a guiso y a madera vieja. El carrito de metal que mi abuela tenía en la cocina y donde guardaba la fruta y las patatas. El soporte para plantas de la entrada, ese que tenía dos alturas y siempre estaba lleno de helechos. El organizador de especias que tenía junto a su cocina de gas y que mi abuelo le había fabricado, para que pudiese colocar todos los botes y frascos de las distintas especias, la sal, la pimienta y el aceitero. Qué tendrán las casas de las abuelas que siempre son el lugar donde tenemos los mejores recuerdos. No porque fueran las mejor decoradas, sino porque es donde pasamos los mejores momentos. Donde jugamos y correteamos sin importar si rompíamos algo o se derramaba algo que no debía.
El diseño bien hecho no caduca, como no lo hacen los recuerdos. Así de simple. Los objetos que resuelven bien su función, que están hechos con materiales que aguantan y que tienen una forma limpia y sin ornamentos innecesarios, sobreviven a las modas sin necesitar actualizaciones. Los objetos no cambian. Cambia la manera en que los miramos con el paso de los años. Y años después, esos mismos objetos aparecen en el catálogo de Ikea y de repente parecen completamente modernos.
Por qué los objetos de siempre vuelven a estar de moda
El metal pintado en blanco, el ratán, la madera de haya y el bambú llevan siglos siendo materiales de uso doméstico precisamente porque funcionan. No acumulan suciedad de forma visible, aguantan el uso diario, son fáciles de limpiar y tienen esa neutralidad visual que permite que convivan con casi cualquier estilo de decoración. Cuando el minimalismo escandinavo se impuso en los años noventa y el diseño se volvió más austero y menos ornamentado, estos objetos pasaron a un segundo plano. Pero nunca desaparecieron del todo: seguían en las casas rurales, en las tiendas de segunda mano, en los mercadillos de fin de semana y por supuesto en las casas de nuestras abuelas.
Esa búsqueda ha empezado a materializarse en los últimos años, primero en mercadillos y después en catálogos de diseño. La estética del objeto heredado, ese punto de historia y de uso que ningún producto nuevo puede replicar de fábrica, es algo que cada vez más gente busca activamente cuando decora su casa. Lo que antes no queríamos ni regalado ahora lo buscamos. Ikea lo ha visto rápido: en lugar de inventar objetos nuevos, ha recuperado formas que ya existían y las ha fabricado con los estándares de calidad y precio que le son propios. Tres piezas que parecen sacadas de una casa de los años cincuenta. Y que en un piso del siglo XXI quedan igual de bien.
Los tres accesorios que lo demuestran
El organizador NÅLBLECKA, en metal y bambú, ataca de frente el caos de especias, botellas y botes que acaban ocupando toda la encimera sin ningún orden aparente. La combinación de metal y bambú le da un punto de calidez que el metal solo no tiene, y el hecho de que se pueda apilar con otro igual o combinar con el resto de la serie permite ir ampliando el sistema según las necesidades de cada cocina. Diseñado por Lukas Bazle, funciona igual de bien en la encimera que en el baño, donde puede convertirse en el soporte perfecto para ordenar perfumes y cremas en un ambiente más rústico y natural. A 4,99 euros, es uno de los objetos más accesibles de los tres y el que más recuerda a ese organizador que el abuelo fabricó con sus propias manos.
El carrito NISSAFORS es otra historia, más práctica y menos nostálgica, aunque igualmente reconocible para quien recuerde los carritos de metal que rodaban por las cocinas y los baños de hace cuarenta años. Sus 50,5 cm de ancho lo hacen caber en esos huecos que normalmente se desperdician: entre la pared y un armario, debajo de una mesa, en el hueco del baño donde no llega ningún otro mueble.
Las baldas de malla permiten ver el contenido de un vistazo sin tener que abrir cajones ni remover nada —o que las frutas y las patatas respiren, como en el caso de mi abuela— y las dos ruedas facilitan moverlo cada vez que hace falta reorganizar el espacio. Firmado por Ebba Strandmark y a 19,99 euros, es la compra más fácil de justificar de las tres y la que más uso diario va a dar.
El soporte para plantas LÅNGNÄBB es el menos llamativo de los tres, y probablemente el que más recuerda a esos soportes de metal que poblaban los salones de los años sesenta y setenta, siempre con un helecho o una monstera encima. El diseño de Junyi Lyu permite colocar una planta arriba y otra debajo, creando una composición vertical que aprovecha la altura en lugar de ocupar superficie, algo que cualquiera que viva en un piso de ciudad agradece desde el primer día. Se puede usar tanto en interior como en exterior, se apila cuando no se necesita y transforma cualquier rincón desaprovechado en algo que parece pensado y muy verde, con vida. A 3,99 euros, es también el objeto más barato de los tres y el que demuestra que una buena idea de diseño no tiene por qué costar más que un café.


















