Reconozco que durante bastante tiempo pensé que las vajillas más atractivas eran las que intentaban reinventarse constantemente. Colores intensos, formas irregulares, acabados llamativos. Sin embargo, últimamente me ocurre justo lo contrario. Cada vez que veo una mesa bien puesta termino fijándome en piezas mucho más clásicas y discretas, de esas que parecen llevar décadas acompañando comidas familiares sin perder actualidad.

No me extraña que las vajillas inspiradas en los años sesenta estén volviendo con tanta fuerza. No se parecen en nada a las propuestas excesivamente decoradas que dominaron otras épocas. Son sencillas, serenas y funcionales. Precisamente por eso funcionan tan bien junto a manteles, cubiertos plateados y cristalerías clásicas que vuelven a ocupar un lugar destacado en las mesas actuales.

food arrangement with crockery on table at sunny day
Maskot//Getty Images

La década que transformó la manera de poner la mesa

Algunas vajillas tienen la extraña capacidad de no pasar nunca de moda. Da igual cuántos años transcurran porque siempre terminan encontrando su sitio en la mesa. Los años sesenta ayudaron a popularizar piezas más sencillas, funcionales y fáciles de utilizar a diario. Las decoraciones excesivas empezaron a perder protagonismo y las formas se volvieron más limpias, algo que todavía seguimos asociando con la elegancia atemporal.

Y probablemente esa sea la razón por la que han envejecido tan bien. Cuando veo algunas de estas vajillas no pienso tanto en una década concreta como en ciertas imágenes que muchos hemos visto en álbumes familiares, revistas antiguas o casas que conservan parte de su historia intacta. Una mesa preparada para recibir invitados, una cristalería que ha pasado de generación en generación o esos comedores donde siempre parecía haber sitio para uno más. Hay algo reconfortante en esa forma de entender los objetos cotidianos, porque estaban pensados para acompañar la vida diaria y no para seguir una tendencia pasajera.

vajilla de porcelana en la mesa
svetikd

Lo curioso es que, más de medio siglo después, siguen funcionando igual de bien. Encajan en mesas contemporáneas, pero también junto a piezas heredadas. Las formas siguen siendo sencillas, aunque ahora aparecen acabados más delicados, texturas inspiradas en la cerámica artesanal y materiales preparados para soportar el uso diario. Quizá por eso nunca terminan de desaparecer del todo.

La belleza de lo imperfecto sigue conquistando la mesa

Últimamente me llaman más la atención las mesas que parecen vividas que las que parecen preparadas para una fotografía. Esas que vemos una y otra vez en Instagram, tan perfectas que a veces terminan resultando previsibles. En cambio, me atraen mucho más las mesas donde los platos no son completamente idénticos, los acabados dejan ver la huella del material y todo resulta un poco menos perfecto. Son precisamente esas pequeñas diferencias las que terminan dando personalidad al conjunto.

vajilla gres puntos
Cortesía Mango Home

Creo que ahí está parte del atractivo de muchas de las vajillas que vemos ahora. Los pequeños puntos, las superficies ligeramente granuladas o los acabados mate recuerdan a la cerámica hecha a mano que tantas veces encontramos en casas rurales, tiendas de decoración o incluso en esas cocinas donde las cosas parecen haber permanecido siempre en el mismo lugar. En cierto modo, representan justo lo contrario de esas piezas fabricadas en serie que podrían pertenecer a cualquier casa. También ayudan a que todo parezca más natural. Un mantel antiguo, unos cubiertos plateados heredados y una vajilla de aspecto artesanal pueden convivir perfectamente sin que la mesa parezca preparada para una ocasión especial. De hecho, son precisamente esas mezclas las que más me gustan. Las piezas nuevas aportan frescura y las antiguas cuentan una historia que ninguna tienda puede vender.

La vajilla que recupera el espíritu de los años sesenta

Aunque técnicamente se trata de un plato hondo, tiene ese aspecto de cuenco o bowl que vemos cada vez más en las mesas actuales. Es fácil imaginarlo formando parte de una comida informal, una ensalada para compartir o cualquiera de esas recetas sencillas que terminamos repitiendo semana tras semana en casa.

plato hondo gres puntos
Cortesía Mango Home

Me gusta especialmente porque no necesita colores llamativos ni dibujos complejos para destacar. El acabado crema y las pequeñas motas repartidas por la superficie hacen que parezca una pieza que siempre hubiera estado ahí. De esas que pasan de una generación a otra sin perder actualidad. Además, sus 21,5 centímetros de diámetro y la profundidad propia de un plato hondo hacen que resulte mucho más versátil que un plato convencional. Está fabricado íntegramente en gres y producido en Portugal. También puede utilizarse tanto en microondas como en lavavajillas, algo que siempre agradezco cuando se trata de piezas pensadas para el uso diario.

plato hondo gres puntos
Cortesía Mango Home

También lo veo como el plato perfecto para el día a día. De hecho, ya me imagino cenando en él una sopa calentita de esas que te reconcilian con el invierno. A mi abuelo le encantaba tomar sopa por la noche y es una costumbre que he heredado con mucho gusto. Quizá por eso me gustan tanto este tipo de platos hondos. Tienen el tamaño y la forma perfectos para esas recetas sencillas que terminan convirtiéndose en pequeños rituales cotidianos. Por 5,99 euros, es difícil no imaginarlo formando parte de una mesa de diario. Un mantel antiguo, unos cubiertos plateados heredados y un plato como este son suficientes para entender por qué algunas vajillas nunca terminan de desaparecer.