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Si cierro los ojos, todavía puedo ver perfectamente esos vasos. Los de cristal grueso, capaces de sobrevivir a comidas familiares, meriendas, tardes de verano y alguna que otra caída. Eran los vasos de la yaya, los del agua fresca cuando llegabas de jugar, los del zumo de naranja recién exprimido por las mañanas y los que parecían eternos hasta que alguno terminaba rompiéndose por accidente.
Por eso me hizo gracia descubrir estos nuevos vasos de cristal. No son una reproducción de aquellos Duralex que todos recordamos, pero sí conectan con la misma memoria doméstica. El color verde suave del vidrio, la sencillez de las formas y ese aspecto cotidiano me llevaron directamente a las cocinas y mesas donde crecí. Son piezas que resultan familiares desde el primer momento, como si llevaras años viéndolas sobre una mesa de verano aunque acaben de llegar a la tienda.
¿Por qué Duralex sigue formando parte de la memoria colectiva española?
Probablemente porque muy pocos objetos han estado tan presentes en la vida cotidiana de tantas familias. Los vasos de cristal aparecían en cocinas de ciudad, casas de pueblo, apartamentos de playa y segundas residencias. Eran prácticos, resistentes y lo bastante discretos como para pasar desapercibidos.
La razón por la que muchos amantes de Duralex se fijan ahora en este tipo de propuestas no tiene tanto que ver con copiar un diseño concreto como con recuperar una sensación. La de esos objetos sencillos que han acompañado a varias generaciones y que todos hemos visto alguna vez en casa.
No hablamos solamente de un vaso, sino de comidas familiares, cocinas llenas de gente mientras alguien termina de preparar la comida y almuerzos de verano donde los vasos se llenaban una y otra vez porque nadie recordaba cuál era el suyo.
Quizá por eso estamos recuperando el gusto por los objetos que no necesitan demasiadas explicaciones. Los reconocemos, sabemos cómo utilizarlos y no sentimos la necesidad de reservarlos para una ocasión especial. Ese es, precisamente, uno de sus mayores encantos. Igual que han regresado las vajillas con flores, los manteles de cuadros o los muebles de madera maciza, también vuelven esos vasos sencillos que llevamos viendo toda la vida. Objetos cotidianos que ahora miramos con bastante más atención que antes.
¿Por qué vuelven a gustar los vasos sencillos de cristal?
Durante mucho tiempo parecía que la cristalería tenía que llamar la atención mediante colores intensos, formas complicadas o diseños cada vez más sofisticados. Ahora ocurre casi lo contrario. Buscamos piezas fáciles de combinar, agradables de usar y capaces de encajar en una mesa sin robarle todo el protagonismo.
El tono verde recuerda a esas cristalerías de color que aparecían en muchas casas. Tiene algo familiar, pero no parece antiguo. Me pasa un poco como con los vasos de la yaya. Estuvieron delante de mí durante años y nunca pensé demasiado en ellos. Ahora que ya no los veo todos los días, me doy cuenta de que eran mucho más bonitos de lo que recordaba.
En casa nunca hemos sido de guardar la vajilla bonita para ocasiones especiales. Los vasos buenos eran los que pasaban por el lavavajillas una y otra vez y volvían a estar sobre la mesa al día siguiente. Por eso me gustan estos diseños. No parecen piezas delicadas destinadas a una vitrina, sino objetos preparados para acompañar el desayuno, la comida y la cena.
El vaso de cristal verde que recuerda a los de toda la vida
La propuesta consiste en un vaso elaborado íntegramente en vidrio y acabado en un verde suave que recuerda a muchas cristalerías tradicionales. Tiene una silueta lisa y limpia, sin adornos, estampados ni relieves. Mide 9 centímetros de altura y 7 de diámetro, es apto para lavavajillas y cuesta 2,99 euros. Sus proporciones lo hacen adecuado tanto para el agua de diario como para una mesa más cuidada cuando vienen invitados.
Lo que más me gusta de este diseño es precisamente su discreción. Su atractivo reside en la capacidad de parecer conocido desde el primer vistazo. Lo imagino junto a una ensalada de verano, una tortilla de patata o una comida familiar de domingo, igual que muchos de los vasos que hemos tenido en casa durante años.
Quizá por eso está llamando tanto la atención. No se limita a ser un vaso bonito, también conecta con una parte de nuestra memoria doméstica. Muchas veces terminamos encariñándonos con las cosas más sencillas: las que usamos todos los días sin darnos cuenta y las que, años después, siguen siendo capaces de transportarnos a una cocina, una mesa o una persona concreta. Y creo que eso es exactamente lo que ocurre con estos vasos.



















