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Cada vez que vuelvo a casa de mis padres termino abriendo algún cajón que lleva años exactamente igual. Me gusta comprobar que todo sigue donde estaba cuando me fui, cuidadosamente planchado y guardado. Entre manteles doblados y servilletas reservadas para ocasiones especiales siempre aparece alguna pieza bordada que parece resistirse al paso del tiempo. Durante años pensé que esos textiles pertenecían a otra época. Ahora resulta que vuelven a estar más de moda que nunca.
Lo que antes parecía reservado para mesas de domingo y celebraciones familiares vuelve ahora acompañado de vajillas de gres, cubiertos plateados y cristalerías sencillas. Los bordados, las vainicas y los detalles calados regresan como una forma de aportar textura y personalidad a la mesa sin necesidad de recurrir a grandes artificios.
El detalle que nunca llegó a desaparecer
Algunas tendencias vuelven después de desaparecer por completo. Otras, en realidad, nunca llegan a marcharse del todo y permanecen guardadas en un cajón, como aquellos manteles y servilletas de mi infancia. El bordado inglés pertenece a este segundo grupo. Ha pasado décadas apareciendo en mantelerías, ropa de cama, cortinas y prendas de vestir sin hacer demasiado ruido, pero manteniéndose siempre presente.
El bordado inglés siempre me recuerda a un mantel que mi madre apenas sacaba del armario. No porque fuera especialmente delicado, sino porque a mis primos y a mí nos encantaba pasar la comida metiendo los dedos por los pequeños agujeros del calado. Era una de esas cosas que los adultos intentaban evitar mientras nosotros encontrábamos fascinante. Quizá por eso nunca he asociado estos tejidos a una tendencia decorativa, sino a recuerdos muy concretos alrededor de una mesa. Comidas familiares, sobremesas eternas y manteles que parecían formar parte de la casa desde siempre. También es un bordado que inevitablemente asocio al verano. Me recuerda a esas mesas largas preparadas bajo un porche, a las comidas que se alargaban hasta bien entrada la tarde y a las cortinas blancas moviéndose con el aire. Tiene algo ligero y relajado que, incluso hoy, sigue transmitiendo exactamente la misma sensación.
Lo curioso es que muchos años después esos mismos bordados vuelven a estar por todas partes. Los vemos en manteles, servilletas y ropa de cama con una naturalidad que hace pensar que nunca llegaron a desaparecer del todo. Y entiendo perfectamente por qué. Aportan textura, pero de una forma muy discreta. No son lo primero que se ve cuando uno se sienta a la mesa, aunque terminan marcando la diferencia en el conjunto.
Las mesas perfectas ya no son las más interesantes
Durante años pensé que el mantel era simplemente el fondo sobre el que colocar la vajilla. Sin embargo, cada vez le presto más atención. Al final, es capaz de cambiar por completo el aspecto de una mesa sin necesidad de renovar nada más. Una misma vajilla puede parecer totalmente distinta dependiendo del textil que la acompañe. De la misma forma que una funda nórdica transforma un dormitorio, un mantel puede hacer que una mesa parezca completamente diferente.
Creo que ahí está parte del atractivo del bordado inglés. Los calados, las vainicas y los pequeños detalles bordados aportan textura de una forma muy discreta. No necesitan colores intensos ni estampados llamativos para hacerse notar. Además, combinan especialmente bien con vajillas de gres, cubiertos plateados o cristalerías clásicas. Son de esos elementos que ayudan a vestir una mesa sin que parezca demasiado preparada y, precisamente por eso, terminan resultando perfectos.
También creo que una de las razones por las que vuelven ahora tiene que ver con la nostalgia. No una nostalgia exagerada, sino esa sensación que producen ciertos objetos cuando nos recuerdan casas, personas o momentos concretos. A mí me pasa precisamente con estos bordados. Basta verlos para acordarme de aquel mantel del armario de mi madre o de las comidas familiares del verano. Y cuando un textil es capaz de despertar ese tipo de recuerdos, deja de ser solo decoración.
El mantel que recupera el encanto de siempre
Mango Home apuesta por un mantel confeccionado en lino y algodón con detalles bordados calados. Con unas medidas de 170 x 250 centímetros para entre seis y ocho comensales, es una de esas piezas que consiguen vestir una mesa sin necesidad de añadir mucho más. El bordado floral aporta protagonismo sin resultar excesivo y encaja especialmente bien con vajillas sencillas y cristalerías clásicas.
Zara Home, por su parte, interpreta esta tendencia desde una versión más discreta. Su mantel de algodón con detalle de vainica doble en el borde demuestra que no siempre son necesarios grandes bordados para conseguir el mismo efecto. De hecho, me gusta precisamente por eso. Tiene ese aire tranquilo y atemporal que permite utilizarlo tanto en una comida familiar como en una celebración más especial. Además, está disponible en distintos tamaños, incluidos formatos extralargos para mesas grandes, de esas que tanto nos gustan en Nuevo Estilo.
La propuesta más cercana al bordado inglés tradicional probablemente sea la de H&M Home. Su mantel blanco de algodón recupera exactamente ese tipo de textil que muchas asociamos a las mesas mejor vestidas de nuestra infancia. Es sencillo, luminoso y muy fácil de combinar con vajillas de gres, cubiertos plateados o servilletas de lino.
Quizá por eso sigue funcionando tan bien. No porque sea una novedad, sino porque nos recuerda que algunas de las mesas más bonitas no son necesariamente las más modernas. A veces basta un mantel bordado, unas flores recién cortadas y una buena conversación alrededor para que una comida cualquiera termine convirtiéndose en un recuerdo.



















