Las primera mitad del siglo XX no anda falta de artistas geniales y necesariamente rompedoras, tanto en España como en Latinoamérica: pensemos en Frida Kahlo, Tarsila do Amaral, Leonora Carrington, Maruja Mallo o Remedios Varo. Y aunque todas requirieron de cierta dosis de fiereza para llevar adelante su impulso creativo, ninguna fue tan ingobernable y salvaje como Leonor Fini, la inclasificable artista argentina que merece adoración, admiración e incluso adicción. Una de sus icónicas obras busca propietaria en una subasta inminente en Durán Subastas, pero volveremos a ello más adelante.

Para situar a Leonor Fini podemos tomar como referencia a Frida Kahlo, atormentada y rota por la enfermedad y un maldito accidente pero, sobre todo, por una tóxica relación matrimonial con el pintor Diego Rivera. Esta trampa, la de la sujeción romántica a un hombre, fue rápidamente sorteada por Fini, defensora a ultranza de su independencia desde su niñez. Es, de hecho, una de las pocas artistas de la época que no cuelga, como si fuera un charm, del cinturón de ningún protector, padrino o maestro. Rechazó tutelas y favores. Despreció la posición de la musa.

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Cindy Ord//Getty Images

Leonor a la fuga y vestida de niño

Leonor nació en Buenos Aires el 30 de agosto de 1907, hija de un rico hombre de negocios argentino y de una italiana de Trieste.

Su madre, al comprobar que su enamorado era un fanático religioso, hizo las maletas y regresó a su Italia natal con su bebé. Dicen que el padre trató de secuestrar a la niña varias veces, de ahí que su madre la vistiera de chico para hacerla irreconocible. Fini se bebió los museos y la biblioteca de su tío desde bien pequeña, por eso a nadie le extrañó que fracasara en el colegio para convertirse en artista autodidacta. La huella de sus primeros deslumbramientos, los románticos alemanes, Klimt, los prerrafaelitas y el manierismo, se hizo indeleble en su obra.

El destino marcó unas cartas indudables para Leonor que, con solo 17, protagonizó su primera exposición en Trieste. En dos años ya estaba en París, codeándose con los popes del Surrealismo: André Breton, Paul Éluard, Magritte, Leonora Carrington, Breton, Max Ernst (que formó parte de su famosa caravana de amantes)... Nunca se sintió parte de este grupo ni de ningún otro: ella siempre fue su propio grupo. Fue amiga de Cocteau, De Chirico y Alberto Moravia y pintó los retratos de Jean Genet, María Félix, Anna Magnani, Alida Valli o la citada Carrington: su gusto para los modelos era excelente.

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Archivio Cameraphoto Epoche//Getty Images

Fini y el desnudo masculino

Leonor Fini fue la primera mujer en pintar un desnudo masculino: trató el cuerpo de los hombres como ellos inmortalizaron el femenino. En 1936, dos cuadros suyos incluidos en la Exposición Internacional de Londres escandalizaron al crítico del Daily Mail, que los describió como «un par de bofetadas en la cara de la decencia, algo que no puede permitirse». Si su obra escandalizaba, su presencia impactaba: los fotógrafos más famosos querían retratarla. Henri Cartier-Bresson lo hizo a los 25 años: la fotografió desnuda, tendida en el lecho de un río, en un encuadre que le corta la cabeza.

Coco Chanel y Elsa Schiaparelli diseñaron ropa especialmente para ella: multiplicaba el poder de la ropa. Leonor Fini diseñó el envase del perfume Shocking de Schiaparelli inspirándose en la silueta de Mae West: plasmó en el frasco sus exuberantes formas de reloj de arena y lo embaló en una llamativa caja rosa. Como todo lo que firmaba, se convirtió instantáneamente en un éxito y se rifaron hasta los carteles publicitarios. Medio siglo después, Jean Paul Gaultier rindió tributo al diseño de Fini en su perfume Classique.

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Pierre VAUTHEY//Getty Images

Los mil disfraces de Leonor

Como vemos, Fini no se conformó con pintar. De hecho, también creó su propia ropa: entre 1946 y 1953, diseñó dieciséis trajes que llevó a fiestas y bailes de disfraces de la alta sociedad en los salones de Venecia, París o Biarritz. El Palazzo Labia de Venecia, propiedad del multimillonario mexicano Carlos de Beistegui, fue el escenario para Le Bal Oriental, descrito como el baile del siglo. Entre los asistentes al Bal Oriental, la más fotografiada fue Leonor, disfrazada del Ángel Negro. Sus máscaras sedujeron a creadores como el coreógrafo George Balanchine, el escritor Jean Genet o el director Federico Fellini, fascinados por esos sueños de fantasía y libertad que eran una prolongación de ella misma. “Siempre he amado y vivido mi propio teatro”, le gustaba repetir.

Fini se dedicó intensamente a los escenarios, diseñando vestuario y decorados para ballet, teatro y ópera. En España, se encargó de la escenografía y figuración de Sonatina, de Cristóbal Halffter, con versos de Rubén Darío, por encargo de Antonio el Bailarín. En 1969 fue galardonada con el Premio de la Crítica al Mejor Vestuario de Teatro por sus eróticos trajes transparentes, en los que se exageraba los atributos masculinos, para El concilio del amor, de Oskar Panizza: escandalizaron a muchos. Fue también una destacada ilustradora en obras de Edgar Allan Poe, Marcel Aymé o el marqués de Sade (Histoire de Juliette, 1945). En la década de los años 70 escribió tres novelas: Rogomelec Moumour, Contes pour enfants velu y Oneiropompe.

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Pierre VAUTHEY//Getty Images

Leonor y el poliamor

La tercera gran influencia en la obra de Leonor Fini, tras el manierismo y el escenario, fue su propia vida sentimental, libérrima. De hecho, el escritor e íntimo amigo George Bataille fue clave en su obra pictórica, llena de fantasías sobre el sexo y la muerte, y en la exploración del erotismo y la sexualidad libre. «El matrimonio nunca me ha atraído», dijo una vez. «Nunca he vivido con una sola persona. Desde los 18 años he preferido estar en una especie de comunidad, una casa grande con un taller, gatos y amigos, y con un hombre que tienda más a ser un amante y con otro que tienda más a ser un amigo. Siempre ha funcionado».

Nuestra renegada mística se casó una sola vez y por un corto tiempo con Federico Veneziani, un rico heredero. Sus romances fueron incontables, constantes y hasta múltiples, aunque algunos tuvieron continuidad. El más duradero fue una relación a tres con el conde y diplomático Stanislao Lepri y el escritor Konstanty Jeleński, hijo ilegítimo de Sforzino Sforza (Carlo Sforza), que había sido su amante favorito. Fini, Kot y Lepri vivieron los inseparables desde 1952 a 1987 y se convirtieron en un equipo creativo, trabajando juntos en muchos proyectos.

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Cortesía Durán Subastas

Loca por los gatos

Fini rechazó las etiquetas de lesbiana, bisexual tanto como la de surrealista. De hecho, la única clasificación que defendió fue la de amante de los gatos, precisamente la razón por la que volvemos a su apasionante biografía. Llegó a tener 23 en su apartamento y les dedicó su libro Miroir des chats e incontables pinturas y fotografías. Sus mujeres mágicas, trasunto de ella misma, debían tener a su lado al menos a un felino, encarnación misma del misterio. Durán subasta un aguafuerte en el que se aprecia la adoración de Leonor por los gatos y por las mujeres fuertes e independientes, conectadas por razones misteriosas al universo mágico de lo gatuno. Sale el próximo día 21 de junio por 150 euros.