- Esta es la casa más lujosa que he visto en mi vida
- La mansión de Audrey Hepburn en Los Ángeles, por dentro
- La espectacular mansión de Brad Pitt
La pareja aristocrática más controvertida del siglo XX es, sin duda, la formada por Wallis Simpson y el rey Eduardo VIII. Conocemos la historia de su tormentoso amor de madurez, que provocó la mayor crisis de la monarquía británica de la época. El entonces príncipe de Gales, solterón empedernido, tenía 38 años cuando conoció a Wallis Warfield, 37 años, casada con el infiel Ernest Simpson. Se la presentó su amante del momento, Lady Furness. En cuestión de días, el heredero al trono ya no quería ver a otra mujer que no fuera Wallis.
Dicen que fue el temperamento dominante de Simpson lo que cautivó al futuro rey, quien según su biógrafo se volvió “servilmente dependiente” de ella. Entonces, los divorciados eran excluidos de la corte y Wallis tenía ya uno en su expediente. Pese a todo, el príncipe de Gales la cubrió de regalos y hasta le presentó a su madre, la reina María. Al morir Jorge V en 1936, Eduardo VIII subió al trono con Wallis Simpson apostada en el palacio de St. James. El escándalo fue mayúsculo.
La abdicación por amor de Eduardo VIII
Rápidamente, la situación se puso en lo peor: ni la Iglesia anglicana ni el Gobierno quisieron aprobar el matrimonio del Rey con una divorciada.
Así, Eduardo VIII abdicó en diciembre de 1936, tras solo 11 meses de reinado. Dicen que Wallis Simpson, al enterarse de que jamás sería reina, le gritó: “¡Maldito imbécil!”. Se casaron en el castillo de Candé en 1937 y comenzó su peregrinación por distintas mansiones, hoteles y palacetes, motivada por la cercanía de la pareja al régimen nazi y los devenires de la Segunda Guerra Mundial. Al terminar esta, la pareja se estableció en Francia. Vivieron casi siempre en un palacete de 14 habitaciones en el Bois de Boulogne de París, conocida como Villa Windsor.
Antes de la guerra, sin embargo, el primer destino de la escandalosa pareja fue la Costa Azul. En aquellos años, la Riviera Francesa se convirtió en destino favorito de la alta sociedad y la intelectualidad europea. Coco Chanel tenía Villa Pause en Roquebrune-Cap-Martin, por la que pasaron Picasso, Greta Garbo o Winston Churchill. Leopoldo II de Bélgica poseía Villa Les Cèdres en Villegranche-sur-Mer y en cap Ferrat estaba Villa Ephrussi de los Rothschild.
Los reyes destronados de la Costa Azul
Al ejercer de reyes sin corona de la jet set europea. Wallis Simpson y Eduardo VIII, entonces ya duques de Windsor, lanzaron su grito de auxilio para encontrar alojamiento a su altura en la Costa Azul. Salieron en su auxilio el magnate estadounidense Frank Jay Gould y su esposa Florence, quienes les invitaron a alojarse en la suite VIP del Hôtel Provençal que ordenaron construir en Juan-les-Pins, en 1927. De hecho, aunque los duques lograron hacerse con la propiedad del Château de la Croë, también en el Cap d'Antibes, siguieron utilizando la suite frecuentemente.
Evidentemente, la atracción de los duques de Windsor hacia la suite VIP del Hôtel Provençal tenía que ver con las fiestas que organizaba Florecen Gould, a la que acudían personalidades tan interesantes como Francis Scott Fitzgerald, Salvador Dalí o la misma Coco Chanel. Además, Gold y Wallis Simpson compartían una pasión nada secreta: las joyas. Ambas fueron dos de las más importantes clientas de la prestigiosa firma Van Cleef & Arpels.
La reforma de la suite de los Windsor
La mítica suite VIP del Hôtel Provençal que acogió a los duques de Windsor quedó abandonada durante años, hasta que en 2014 fue adquirida por el ex magnate de las comunicaciones y promotor inmobiliario británico John Caudwell. Este la transformó en una mansión de 600 metros cuadrados útiles, con 920 metros cuadrados de terrazas y jardines privados, piscina de 11 metros, casa un invitados y caseta de piscina independiente. El precio está a la altura de la reforma, que ha respetado el estilo Art Deco original: alrededor de 29 millones de euros.
El diseño de interior de Villa Jardín busca la hipotética aprobación de la exigente duquesa de Windsor en los detalles más lujosos, como el suelo de mármol y unas vidrieras y luces de pared de concha de la escultora Hannah Woodhouse que dan acceso al salón, de casi 80 metros cuadrados. Ahí destacan las columnas originales inspiradas en el Art Deco, las puertas con acabado en bronce, una lámpara de araña inspirada en el escultor suizo Alberto Giacometti o una mesa de Massimo Mangiardi que se venden por separado. A través del salón se accede al comedor de 36 metros cuadrados con capacidad para 12 comensales y decorado con papel pintado a mano de Gournay.
Un dormitorio digno de reyes
La paleta de color de esta mansión gira alrededor del blanco roto: la neutralidad de la mayoría de las estancias busca realzar el verde del exterior, que prácticamente entra en la casa desde los ventanales y terrazas. La cocina apuesta por la sencillez, con taburetes confeccionados en materiales naturales, y el insistente blanco roto que ilumina toda la villa. Algunas estancias, sin embargo, se inundan de colores profundos, como una sala azul de reunión informal o el estudio, protagonizado por un fuerte color terracota.
De los cinco dormitorios, el más impresionante es la suite principal ubicada en el segundo piso que cuenta con doble baño y dos vestidores. La cama con dosel de Dante Negro destaca sobre la paleta de colores marfil, un sillón personalizado y mesillas de noche de nogal italiano. Asimismo, tiene un balcón privado que da la terraza principal con vistas al Mediterráneo.

















