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Por alguna configuración astral incalculable, la figura de Frida Kahlo se ha convertido en estos meses en argumento protagonista de acontecimientos culturales importantes. El más llamativo fue la inauguración, el pasado mes de abril, de la exposición El último sueño de Frida y Diego en el Moma de Nueva York, en colaboración con el Metropolitan Opera House. La muestra parte de la ópera del mismo nombre compuesta por Gabriela Lena Frank y con libreto de Nilo Cruz. Estrenada en 2019, relata cómo Frida regresa del inframundo para ayudar a su amado Diego Rivera a cruzar al otro lado durante el Día de Muertos, exclusa dramática para explorar su amor, su rencor y la profunda conexión que los unió.
Pero no hay que cruzar el Atlántico para sumergirse en el dramático mundo de Frida Kahlo: la tenemos mucho más cerca. La Tate Modern de Londres ha puesto en pie una exposición histórica, que ya se ha convertido en la más exitosa del influyente museo. Solo en preventa se vendieron 41.000 tickets, batiendo el récord de 32.000 que ostentaba la exposición dedicada a David Hockney en 2017. Aún más cerca, en el Ateneo Mercantil de Valencia, tenemos una exposición inmersiva y teatralizada que incluye fotografías inéditas de su padre, Guillermo Kahlo, joyas de época, cartas manuscritas originales y un documental audiovisual.
Frida Kahlo en Coyoacán
Pese a todo, la experiencia más buscada de aproximación a Kahlo continúa siendo la visita a Coyoacán, el barrio de México DF donde vivió.
Guillermo Kahlo, el padre de origen húngaro-alemán de Frida, construyó en 1904 la casa familiar en lo que hoy denominaríamos estilo colonial. La historiadora Beatriz Scharrer la describió como «una casa a la usanza de la época: un patio central con los cuartos rodeándolo, el exterior era totalmente afrancesado». Esa influencia se desdibujó cuando Diego y Frida se instalaron en ella: «Fueron ello quienes, más tarde, le dieron un estilo muy particular y, al mismo tiempo, le imprimieron con colores y decoración popular su admiración por los pueblos de México».
El terreno de 1.200 metros incluía la casa, con diferentes desniveles, y varios patios. Es el lugar donde Frida Kahlo nació, vivió toda su vida y falleció, trágicamente, a los 47 años. Dicho de otra manera: toda la existencia de la artista giró en torno a este lugar, razón por la cual resulta comprensible que la Casa Azul se convirtiera en museo en 1958, de acuerdo con la voluntad de Rivera, fallecido el año anterior. Allí se conservan perfectamente las camas (cama de día y cama de noche) que utilizó para pintar mientras se encontraba inmovilizada de la columna debido a un terrible accidente.
La Casa Azul de Frida y Diego
Muchos de los cuadros de Frida Kahlo fueron inspirados dicho accidente y el sufrimiento causado por las de cirugías reconstructivas que le siguieron. No fue la única prueba de salud a la que se enfrentó, pues a los seis años contrajo poliomielitis y su pierna derecha quedó bastante afectada. Fue en 1925, solo tenía 18 años, cuando el autobús en el que viajaba fue arrollado por un tranvía y le provocó fracturas múltiples en la columna, costillas y pelvis, obligándola a someterse a más de 30 operaciones a lo largo de su vida.
En 1930, los recién casados Frida Kahlo y Diego Rivera (pintor comunista y 21 años mayor) se instalaron en la Casa Azul y la transformaron en un centro de reunión para artistas, intelectuales y revolucionarios del siglo XX. Por allí pasaron Lucille y Arnold Blanch André Breton y Jacqueline Lamba, León Trotski y Natalia Sedova, Chavela Vargas, la fotógrafa e íntima amiga de Frida Tina Modotti, el escultor británico Henry Moore… Este trasiego de invitados más o menos revolucionarios corrió paralelo a una relación matrimonial tóxica con infidelidades por parte de ambos, muchas veces con amigos mutuos. Hubo incluso una relación entre Rivera y Cristina, la única y querida hermana de Frida.
La Casa Roja de los Kahlo
En 1937, Diego y Frida compraron el jardín que completó la casa y donde la artista pasaba gran parte del tiempo. Poco después le dieron más altura a los muros, también para proteger a su amigo León Trotsky, perseguido comunista refugiado en su casa, y los pintaron de su icónico azul. En 1946, Rivera pidió a su amigo el arquitecto Juan O’Gorman que construyera el estudio de Frida y el jardín con piedras volcánicas, como recuerdo de los aztecas que estuvieron allí antes que ellos.
Lo cierto es que la vida en común de Frida Kahlo y Diego Rivera fue más que tormentosa en lo sentimental, pero les unió su pasión por el arte, el activismo político y la cultura de México. Frida, además, experimentó un creciente padecimiento psicológico debido a una depresión, el desamor y los abortos, hasta el punto de sufrir al menos dos intentos de suicidio. Uno de los lugares donde Frida se refugiaba en los peores momentos de su relación con el pintor fue la Casa Roja, o sea, la casa a la que se trasladó su familia en 1930 y donde vivía la hermana pequeña de Frida, Cristina, y sus hijos.
La Casa Estudio en San Ángel
Frida regresaba con regularidad a ella para compartir comidas y charlas con su familia y, de hecho, allí fundó junto a su hermana una organización sin fines de lucro, La Ayuda, que auxiliaba a madres solteras. La familia Kahlo continuó viviendo en la casa después de la muerte de Frida y hasta 2023. Su sobrina nieta y miembro del consejo de la Fundación Kahlo, Mara Romeo Kahlo, fue la última habitante, antes de que se convirtiera en una casa museo, situada además a poca distancia de la icónica Casa Azul.
Además de la Casa Azul y la Casa Roja, existe un tercer espacio que acogió a Frida Kahlo y donde pintó algunas de sus mejores obras. Hablamos de la Casa Estudio, hoy también casa museo, una parcela comprada por O’Gorman en la colonia de San Ángel y vendida a Diego Rivera, bajo la condición de que le encargara la construcción de su casa y estudio. El pintor le encomendó, además, la construcción de una casa para Frida que también se puede visitar. Ambos artistas lograron allí una gran parte de su mejor producción artística.
Casa Estudio fue, además, la primera construcción del movimiento moderno realizada en el continente americano. La obra causó una fuerte polémica en la década de los 30 al combinar la arquitectura orgánica mexicana y el muralismo arquitectónico con el funcionalismo: incorporó las teorías y pensamientos más vanguardistas que arquitectos como Le Corbusier estaban desarrollando en el continente europeo.

















