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El Upper East Side es sinónimo de opulencia y estatus, pero también de transformación. Cuna de una diversa gama de estilos arquitectónicos, el emblemático barrio neoyorquino ha experimentado muchos cambios en las últimas décadas. Un claro ejemplo es esta casa adosada de siete plantas, construida en 1888 y renovada en 2009, con una fachada neoclásica de piedra caliza. Con seis dormitorios y una cancha de baloncesto en la quinta planta, la vivienda es el hogar de una joven y afortunada familia con tres hijos adolescentes de entre 12 y 17 años.
El padre, amante confeso de la cultura de los años 90, y más concretamente del hip hop, ha integrado su colección de arte en un interiorismo que juega con lo clásico y lo contemporáneo, sin perder ni un ápice de frescura, elegancia ni sofisticación. La interiorista Christin Farrar, del estudio C. Farrar Design, describe el proyecto como "una casa familiar dinámica, llena de arte y mobiliario lúdico". ¿La vemos?
Fusionando la colección de arte de los propietarios con muebles elegantes y una paleta de colores y materiales cálidos, Christin Farrar creó espacios únicos que reflejan las necesidades y el estilo de vida de los propietarios. "La pareja está muy interesada en coleccionar arte moderno y colorido de gran tamaño, por lo que me esforcé mucho en ser más comedida con los colores, usando blancos rotos, grises y beige suaves para dejar que el arte hablara por sí mismo. Sin embargo, la afinidad de los propietarios por los azules profundos prevaleció en algunos lugares. Este tono puede verse en el vestíbulo, revestido con papel pintado de la firma de Gournay, así como en los muebles de bar lacados en azul".
Dos de los mayores desafíos para la diseñadora de interiores fueron la limitación del tiempo y tener que cambiar de contratista general a mitad del proyecto. "Los clientes querían mudarse a su nueva casa lo antes posible", recuerda Christin Farrar. "Sus vidas están en el East Side: la escuela de sus tres hijos, el trabajo y los amigos. Su hijo mayor estaba a punto de empezar su segundo año de secundaria y realmente querían que su casa fuera el centro de reunión de todos sus amigos. Sentían que los años de secundaria pasaban volando y querían estar en la casa antes de que terminaran. Trabajábamos a contrarreloj, así que contraté a mi constructor más confiable de los Hamptons para lograrlo."
El material más destacado en todo el interiorismo es el roble blanco. Para la cocina y los baños, se empleó una variedad de mármoles blancos, desde Calacatta hasta Dolomita. Y en los aseos, se optó por revestimientos de piedras preciosas como Ónix y Alabastro.
Dada la amplitud de la casa y la colección de arte de los propietarios, la interiorista buscó un hilo conductor que uniera el diseño de los distintos espacios, creando, en sus propias palabras, "la comodidad y personalidad que encajan con una pareja tan sencilla criando a sus hijos en Nueva York". Uno de los principales objetivos era crear un hogar que fuera idóneo para las reuniones, especialmente porque los hijos de la pareja están en una edad en la que tener amigos en casa es una prioridad. "Su antigua casa en el West Side era más tradicional y un poco más seria, pero confiaron en mí para seguir una dirección diferente", explica.
"Dejé que su creciente colección de arte, que va desde Damien Hirst hasta obras encargadas a Martin Whatson, reflejara su amor por la familia, los viajes, la diversión y su visión optimista de la vida".
"El mayor cumplido que recibo constantemente es que la energía en la casa es muy buena y que todas las habitaciones se sienten acogedoras".
La colección de arte incluye obras de Arno Elias, Retna, Karl Benjamin, Martin Whatson, Miya Ando, entre otros.
Diseño interior: C. Farrar Design. Estilismo: Katja Greeff.





































