Cuando imaginamos una casa para esquiar, siempre visualizamos la típica cabaña de madera con tejado a dos aguas, sumergida en la nieve y salpicada por el crepitar del fuego en la chimenea. Sin embargo, hoy estamos aquí para romper con el concepto tradicional de casa de montaña gracias al trabajo de la arquitecta Ana Agag, responsable de la transformación de un ático tríplex en Baqueira Beret en un refugio cálido y colorista, con techos y paredes con panelados de madera. La sensación, una vez dentro, es la de estar en una cabaña de esquí.

La propiedad, situada en la urbanización Val de Ruda, forma parte de una de las promociones residenciales más conocidas del Valle de Arán, un conjunto desarrollado a lo largo de 16 años y concebido prácticamente a pie de pista. Las edificaciones mantienen la arquitectura típica de la zona, con fachadas de piedra y madera, cubiertas inclinadas y grandes ventanales triangulares. El ático, de 100 metros cuadrados, pertenece además a la última fase construida, un detalle importante porque ya no quedan parcelas edificables alrededor y las vistas permanecen completamente despejadas.

salón con cocina integrada y panelado de madera
CARLA CAPDEVILA

Una casa de esquí que gana en comodidad

Aunque la vivienda tenía una buena ubicación y una envolvente arquitectónica atractiva, la distribución original se quedaba corta para el uso que la arquitecta tenía en mente.

La idea era convertir el ático tríplex en una casa de vacaciones destinada al alquiler durante la temporada de nieve: prepararla para familias numerosas o grupos grandes que necesitan espacios cómodos para convivir durante varios días. Originalmente, la planta baja reunía el salón-comedor-cocina y dos dormitorios, mientras que la primera planta concentraba otras dos habitaciones. Además, existía la posibilidad futura de incorporar el bajo cubierta. Ana Agag aprovechó precisamente esa opción para reorganizar completamente el interior y sacar mucho más partido a los metros disponibles. La clave estuvo en decidir dónde colocar la nueva escalera de acceso al ático.

Como el inmueble se compró sobre plano y la arquitecta pudo intervenir durante la obra, tuvo libertad para desplazar tabiques y modificar ciertas decisiones antes de terminar la construcción. Eso permitió, por ejemplo, situar la escalera en el distribuidor de la primera planta y evitar atravesar un dormitorio, algo que sí ocurre en otros pisos de la urbanización.

salón comedor de montaña con panelado de madera
CARLA CAPDEVILA

Una nueva distribución del ático

La reorganización también permitió ampliar considerablemente el área común de la planta baja. Para conseguirlo, uno de los dormitorios originales desapareció y parte de esa superficie pasó directamente al salón-comedor-cocina. La habitación perdida se recuperó después en la planta superior, gracias a un espacio construido sobre la caja del ascensor del edificio, completamente aislada de ruidos y vibraciones.

Ahora la distribución funciona de manera mucho más fluida. La planta baja reúne el salón, la cocina y un dormitorio tipo suite; la primera planta incorpora otra habitación en suite, dos dormitorios adicionales y un baño; y el ático se convirtió en una habitación independiente concebida especialmente para niños: cuenta con zona de juegos, varias camas y baño propio en la misma planta.

También se multiplicaron los armarios y el almacenaje a medida para hacer más cómoda la estancia durante el invierno. En varias habitaciones, los muebles aprovechan la parte baja de las buhardillas y organizan esos rincones difíciles que normalmente quedan inutilizados. A eso se suman ganchos para colgar ropa de esquí mojada o pequeñas zonas pensadas específicamente para dejar botas y accesorios después de volver de las pistas.

Decoración inspirada en un refugio alpino

Durante una etapa viviendo en Londres, la arquitecta empezó a interesarse especialmente por el universo del tartán británico y decidió trasladar esa idea al proyecto. Cada dormitorio tendría su propio papel pintado de cuadros y un color dominante distinto, transformando cada habitación en un ambiente fácilmente reconocible. Prácticamente no quedó ninguna pared blanca en toda la casa.

Gran parte de los interiores se panelaron en madera para reforzar ese aire de refugio alpino y, a partir de ahí, el color fue apareciendo poco a poco en papeles pintados, textiles y pequeños detalles decorativos. En el salón, por ejemplo, algunas paredes se revistieron en madera teñida en gris marengo, y otras se cubrieron con un papel de rayas de Pierre Frey que terminó marcando buena parte de la gama cromática del piso.

Amarillos, rosas intensos, tonos topo y pinceladas azules se mezclan con madera natural de roble y tejidos cálidos que hacen que el interior resulte alegre incluso cuando el paisaje exterior está completamente nevado. Lejos de buscar una típica casa alpina excesivamente rústica, aquí aparecen combinaciones mucho más relajadas y personales.

Dormitorios como cabañas independientes

Cada dormitorio se diseñó casi como un pequeño refugio independiente, aunque todos comparten la misma intención acogedora y práctica. La arquitecta evitó recargar las habitaciones con demasiados muebles y prefirió concentrar el protagonismo en los papeles pintados, el color y las soluciones de almacenaje hechas a medida. La habitación principal, revestida con tonos verde agua, incorpora una celosía de Leroy Merlin utilizada como cabecero y mesillas de Habitat que conectan con el paisaje exterior.

En el dormitorio de cuadros verdes y rosas, los cabeceros se plantearon con fotografías aéreas de Paisajes Españoles y una sencilla cómoda Malm de IKEA. El dormitorio de literas mezcla cuadros turquesa y amarillos y añade pequeños flexos amarillos de Habitat que introducen un punto más desenfadado. Mientras, la habitación construida sobre el ascensor apuesta por tonos mostaza y topo, acompañados de piezas sencillas de IKEA.

Descubre esta vivienda de tres plantas diseñada como una casa de montaña para esquiar
salón de montaña con panelado de madera

La zona del ático quizá sea la más especial de toda la casa. Creada principalmente para niños, esta buhardilla reúne cuadros comprados en museos de Londres y Nueva York, una mesa con forma de oso de Graham and Greene y una gran alfombra kilim adquirida en Marruecos. La iluminación, desarrollada junto a Luzactual, en Alcobendas, refuerza todavía más ese aire de pequeña cabaña escondida bajo el tejado.

Desde el comienzo, Ana Agag quería que la casa funcionara como una auténtica cabaña de montaña revestida en madera, cálida y preparada para el uso diario. Pero consiguió algo mejor: un hogar familiar con todas las comodidades, perfecto para utilizarse en cualquier temporada del año, incluso cuando la nieve da paso a las altas temperaturas y no queda más remedio que reemplazar los esquís por bañadores.