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Comprar una casa no siempre significa encontrar la casa perfecta. A veces significa detectar una oportunidad, imaginar lo que podría llegar a ser y entender que una reforma integral puede cambiarlo todo. Eso fue lo que le ocurrió a la arquitecta Helena Martín cuando encontró esta vivienda a las afueras de Madrid. Buscaba una casa con tres habitaciones, espacio para teletrabajar y un entorno amable para vivir con niños. La urbanización, agradable y llena de familias, terminó de convencerla.
La vivienda se compró en 2023 y, aunque cumplía muchas de las condiciones que necesitaban, estaba lejos de funcionar como ellos querían. Era una construcción de los años 80, muy compartimentada, con un pasillo larguísimo y una distribución pensada para un matrimonio sin hijos. “Cuando salió esta casa, fuimos a verla y esa misma tarde hicimos una oferta, porque cumplía con casi todo lo que necesitábamos… aunque no hay casa perfecta”, cuenta la arquitecta Helena Martín. La solución pasaba por una casa más fluida, luminosa y adaptada a la vida familiar actual.
Cómo reformar una vivienda de los años 80
El punto de partida era claro: la casa no podía arreglarse con pequeños cambios. Helena Martín, arquitecta de formación y fundadora de su estudio en 2017, decidió aplicar en su propia vivienda la misma mirada con la que trabaja en sus proyectos: funcionalidad, calma, detalle y coherencia. En este caso, la prioridad era transformar una planta muy rígida en una distribución más práctica, donde cada estancia estuviese donde realmente tenía sentido.
“La casa era de un matrimonio sin hijos y estaba casi de origen”, explica Helena. Por eso, la reforma fue radical. “La tiramos completa; todos y cada uno de los tabiques, picamos el plastón y reformamos todo de cero, ya que no había nada interesante que mereciese la pena conservar”. La intervención no buscaba conservar una memoria inexistente, sino construir una vivienda nueva dentro de una envolvente antigua. Una casa capaz de acompañar el día a día de una familia con dos niños pequeños.
Uno de los problemas principales era la ubicación del segundo baño, demasiado alejado de las habitaciones secundarias. Para Helena, aquello no solo era incómodo, sino también poco funcional para la intimidad futura de los niños. Por eso lo acercó a los dormitorios infantiles y reorganizó el resto del programa. El dormitorio principal, ahora en suite, pasó a ocupar la antigua zona de cocina y lavandería, mientras que la nueva cocina se llevó al espacio donde antes estaba el dormitorio principal.
Por qué las curvas solucionaron pasillos incómodos
Mover tantas piezas dentro de una vivienda existente no fue sencillo. La casa tenía pilares en zonas clave, mochetas de instalaciones, montantes de calefacción central y bajantes que condicionaban cada decisión. “Fue como encajar un puzle”, resume la arquitecta. De ese ejercicio de precisión nacieron muchas de las soluciones más reconocibles del proyecto, especialmente las curvas, que aparecen en distintos puntos de la casa como una forma de suavizar los recorridos.
En lugar de aceptar pasillos en L, giros forzados o encuentros demasiado duros, Helena utilizó líneas curvas para resolver zonas incómodas y acompañar la circulación. Así, las curvas no son un gesto decorativo ni una moda, sino una respuesta arquitectónica a los condicionantes reales de la vivienda. En el recibidor, en el salón y en los pasos entre estancias, esas formas redondeadas ayudan a que la casa se perciba más amable y continua.
La distribución final organiza la casa con una zona de día abierta, donde conviven recibidor, comedor y salón. Frente a la vivienda original, cerrada y fragmentada, la nueva propuesta apuesta por espacios conectados y por una circulación más natural. El salón se abre visualmente hacia la terraza y mantiene una atmósfera serena, con sofás claros, cortinas de algodón con lino, textiles naturales y una base de roble aclarado que aporta calidez visual sin recargar.
La paleta cromática también contribuye a esa calma. Predominan los tonos naturales, los blancos, los negros y algunos acentos puntuales en teja y verde. Esos toques aparecen en cojines, piezas decorativas y obras de arte, pero siempre de forma medida. La casa no busca llamar la atención con recursos estridentes, sino crear una sensación de hogar cuidado, resistente y fácil de vivir.
La cocina es una de las grandes claves del proyecto. Helena la define como el verdadero corazón de la vivienda, y no solo por su presencia estética, sino por su posición dentro de la planta. Tiene tres entradas y se conecta con el salón, la terraza, el pasillo y el comedor. Esta condición la convierte en una cocina muy conectada, capaz de ordenar la vida familiar y evitar recorridos innecesarios.
La cocina como el corazón de la vivienda
Una de las decisiones más eficaces fue abrir una conexión con el pasillo mediante una puerta de cristal. Con este gesto, la arquitecta consiguió que las habitaciones de los niños quedaran mucho más cerca de la zona de día, sin necesidad de recorrer el antiguo pasillo largo. Es una solución discreta, pero muy importante para entender la reforma: la belleza de la casa nace de una distribución que funciona mejor.
Al estar tan expuesta, la cocina debía permanecer visualmente limpia. Por eso, todos los electrodomésticos quedan ocultos y el desayunador incorpora puertas escamoteables que esconden también el horno y el microondas. La madera natural y la encimera de cuarcita refuerzan esa mezcla de orden, calidez y resistencia. Es una cocina abierta, pero pensada para no generar ruido visual cuando se mira desde el comedor o el salón.
Qué materiales hacen una casa familiar serena
En la decoración, Helena buscó una vivienda relajada, sencilla y preparada para el ritmo de dos niños pequeños. “Buscamos algo muy relajado y sencillo, a prueba de dos pequeños”, explica. La casa mezcla piezas antiguas, como las sillas de terraza de bambú, los bancos metálicos de la entrada o la mesa de centro del salón, con muebles nuevos y diseños hechos a medida. Esa mezcla crea una casa más vivida, menos rígida y más personal.
La madera tiene una presencia fundamental. Tanto el suelo como las puertas son de roble aclarado, lo que aporta continuidad a toda la vivienda. Sin embargo, en el dormitorio principal, Helena prefirió romper esa sensación de paredes de madera entelando los frentes de armario con una tela de rayas. Es una solución muy decorativa y, al mismo tiempo, muy práctica: suma textura, aligera visualmente el conjunto y hace que el dormitorio resulte más acogedor.
Las telas son otro hilo conductor del proyecto. Aparecen en cabeceros tapizados hechos a medida, cortinas de algodón con lino, colchonetas para el sofá de la terraza y textiles que completan la zona de día. Su función no es solo estética. Ayudan a suavizar la arquitectura, a hacerla más confortable y a reforzar esa sensación de hogar sereno que recorre toda la vivienda.
El resultado es una casa contemporánea, pero no fría; cuidada, pero no intocable. Una vivienda donde cada decisión responde a una necesidad concreta: mover la cocina, acercar los baños, abrir la zona de día, resolver los condicionantes estructurales con curvas, ocultar el almacenaje y apostar por materiales cálidos. Así, una construcción de los años 80, compartimentada y poco práctica, se ha convertido en una casa familiar, fluida y llena de sentido.
















