Del azucarero de Martelé al de cristal tallado: Zara Home, Ikea y Mango Home reinterpretan los azucareros antiguos y los vuelven a poner de moda
Hubo un tiempo en que el azucarero era tan protagonista de la mesa como la propia taza de café. Ahora vuelve, y lo hace en versiones que van del metal martilleado al cristal tallado, pasando por la porcelana más fina.

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Esta tarde vienes a tomar un café. ¿Quién no ha dicho nunca esa frase? Invitar a alguien a tomar un café en casa es un gesto tan común, que hacemos sin pensar, pero que sin embargo tiene algo de ceremonia pequeña. Puede que nuestro ritual de tomar el café sea similar a la hora del té en Reino Unido. Sacar las tazas buenas, calentar la leche, buscar las galletitas o el dulce que sabemos que le gustan a esa persona en concreto o incluso cocinarlo. Y, en algún momento de ese ritual, aparece el azucarero. Ese objeto que la mayoría tenemos guardado en algún armario y que solo sale cuando hay visita, porque al menos en mi caso el café está mejor sin azúcar, como si reservásemos su presencia para las ocasiones en las que sí importa cómo queda la mesa.
Puede que sea precisamente por eso, por ese uso ocasional pero cargado de significado, por lo que el azucarero nunca ha llegado a desaparecer del todo, aunque durante años haya vivido a la sombra de los sobres de azúcar, los botes de Stevia o sacarina y las cápsulas de café. Ahora vuelve, y lo hace con fuerza, en las mesas que buscan ese punto de cuidado que separa un café cualquiera de un café que se disfruta con calma porque así es como se debería tomar un café, disfrutando de cada sorbo.
El origen del martelé
Como en casi todos los rituales hay un elemento clave. En el ritual del café uno de los más importantes y al que mayor cuidado le damos es la taza. Esa tacita tan cuidada, que parece sacada de un cuento. Y ahora es el azucarero, ese gran olvidado, el que todo el mundo quiere en su mesa. El más buscado es el martelé. El término martelé viene del francés y significa, literalmente, martilleado. Se nota nada más tocarlo: esa superficie llena de pequeños golpes, como si alguien lo hubiera ido dando forma a mano, martillo a martillo, y de hecho es literalmente así. A mí es lo primero que me llama la atención cuando veo uno, ese brillo irregular, que cambia según le dé la luz, porque la superficie nunca queda perfectamente lisa. La técnica lleva más de un siglo con nosotros, desde que el azúcar dejó de ser un lujo y empezó a formar parte de la vajilla del día a día en las casas que podían permitírselo.
Los azucareros martelé se convirtieron entonces en piezas de estatus, casi tanto como el propio azúcar que contenían. Formaban parte de juegos de té y café completos, junto a jarras de leche y bandejas a juego, y su presencia en la mesa comunicaba tanto como su contenido. Con el paso de las décadas, esa estética del metal trabajado a mano fue perdiendo protagonismo frente a materiales más accesibles como el vidrio o la porcelana, pero el gesto que representaba, el de cuidar hasta el último detalle de la mesa, nunca llegó a desaparecer del todo.
El azucarero, hoy
Lo curioso es que hoy, en plena era de las cápsulas y los cafés que se piden sin apenas mirar, el azucarero vuelve a tener sentido, aunque ya casi nadie lo necesite para lo que fue creado. Muchas personas prefieren edulcorantes, otras lo preferimos solo, y sin embargo el objeto sigue ahí, sobre la mesa, cumpliendo una función que ya no es tanto práctica como decorativa. Es, en cierto modo, lo que les pasa a tantos objetos domésticos que sobreviven a su propósito original porque siguen aportando algo que no tiene que ver con la utilidad.
Esa vuelta se nota también en la variedad de materiales con los que se fabrican ahora mismo. Conviven el acero pulido de líneas muy limpias, el vidrio tallado que recuerda a las cristalerías de otra época, la porcelana fina que casi parece frágil al tacto y el cristal con detalles gráficos pensado para quedarse a la vista en lugar de esconderse en un armario. Esa diversidad no es casualidad ni mucho menos: responde a que el azucarero ha dejado de pensarse como una pieza aislada y ha pasado a formar parte de la decoración de la mesa, tanto como puede serlo un mantel o un jarrón con flores.


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