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En Guadalajara hay una zona donde la geología, el color de la tierra, decidió dictar las reglas de la arquitectura. Se encuentra en las faldas de la Sierra de Ayllón, donde el paisaje se vuelve oscuro, magnético y profundamente acogedor. Campillo de Ranas es uno de los pueblos guadalajareños donde la Arquitectura Negra cobra vida, un rincón donde la pizarra no es solo un material de construcción, sino una filosofía de vida. Aquí las casas no se pintan, se visten con las lajas de pizarra que el propio terreno regala, creando una armonía visual que parece fundir el pueblo con la montaña.
Llegar a Campillo antes de que el calor del verano apriete es una de esas decisiones que el cuerpo agradece. En primavera, los valles que rodean al pueblo estallan en un verde casi eléctrico que contrasta con el negro brillante de los tejados de pizarra tras la lluvia. Es un lugar donde el aire es puro, el silencio se puede palpar y el tiempo, afortunadamente, no parece tener ninguna prisa por avanzar. Si buscas una escapada donde la naturaleza salvaje y la tradición se den la mano, este es tu sitio.
Qué ver en Campillo de Ranas
Pasear por Campillo de Ranas es sumergirse en una estética monocromática que resulta extrañamente relajante. Sus casas, construidas con las lajas de pizarra que están presentes desde los muros hasta los suelos de las calles, confieren al pueblo una personalidad que no se encuentra en ningún otro lugar de la península. Es el triunfo de lo vernáculo: edificios que nacen de la tierra y que, con el paso de los siglos, han aprendido a resistir los inviernos más crudos del Sistema Central.
Uno de los puntos que más llama la atención es su iglesia parroquial, donde la pizarra se combina con el cuarzo blanco en algunos detalles, creando un juego visual fascinante. Pero más allá de los edificios concretos, el encanto de Campillo reside en sus detalles: las puertas de madera antigua, los huertos que asoman entre callejones y esa sensación de comunidad que se respira en su plaza. Es un pueblo espectacular que ha sabido reinventarse, atrayendo a una nueva generación de habitantes que han llenado de vida y sensibilidad artística estas viejas estructuras de piedra oscura.
Si el pueblo es el refugio, la cascada del Aljibe es la aventura que justifica calzarse las botas. Se trata de una de las rutas de senderismo más bellas de la provincia. El sendero parte de las inmediaciones de Campillo (o desde el cercano núcleo de Roblelacasa) y nos lleva a través de un paisaje de jaras y robles hasta desembocar en el río Soto.
Lo que nos encontramos al llegar es un espectáculo natural de primer orden: una doble caída de agua que ha excavado dos pozas circulares, los aljibes, en la roca oscura. En esta época del año, con el deshielo de las cumbres cercanas, el agua baja con una fuerza atronadora, creando una neblina que refresca el ambiente y llena el valle de vida. Es el lugar perfecto para sentarse en una de las plataformas de pizarra y simplemente contemplar cómo el agua se abre paso entre los tajos.
Más tarde, cuando el sol se oculta tras los relieves de la sierra, el mejor plan es mirar hacia el propio pueblo. A esas horas la pizarra de Campillo de Ranas adquiere unos matices azulados y plateados casi mágicos. No hace falta buscar un mirador elevado; basta con alejarse unos metros del casco urbano y mirar hacia atrás. Ver las casas recortadas contra la silueta del Ocejón, mientras las primeras luces se encienden tras las ventanas de madera, es la confirmación de que la desconexión total es posible. Campillo no es solo un destino para ver, es un lugar para respirar y dejar que la quietud de la piedra negra te envuelva por completo.
Dónde comer en Campillo de Ranas
La gastronomía en esta zona de Guadalajara es honesta, contundente y llena de sabor. Aquí se viene a probar la carne de la zona, criada en los pastos altos de la sierra. El restaurante La Fragua Jara y Lava, en el propio Campillo, es una parada imprescindible.
Situado en una antigua fragua restaurada, destaca por una cocina que respira tradición, sin perder en ningún momento el cuidado extremo en el producto. A la hora de la verdad, es difícil decantarse por un solo plato de la carta. Todo, desde las croquetas de cocido hasta el rabo de toro, tan tierno que se deshace en la boca, merece la pena. Para los días de frío, son imprescindibles los judiones, mientras que cuando acecha el calor merece la pena pedir una ensalada y dejarse encandilar por el sabor de sus tomates.
No es el único lugar que merece ser probado. Al fin y al cabo, Campillo de Ranas es uno de esos pueblos pequeños donde las tradiciones gastronómicas siguen muy vivas. Si buscas, acabarás encontrando algún que otro local con platos de cuchara que son un bálsamo para el cuerpo después de la caminata a la cascada. Las migas al pastor o los asados de cordero en horno de leña son clásicos que nunca fallan. Y para terminar, nada como los dulces artesanales elaborados con miel de la Alcarria, el oro líquido de la provincia que aquí adquiere matices de flores de montaña.
Qué comprar en Campillo de Ranas
Campillo de Ranas no es un lugar del que llevarse un imán o algún souvenir manufacturado en masa en alguna fábrica lejana. Si buscas un recuerdo especial, tienes que buscar las piezas de artesanía en madera y pizarra. Algunos talleres locales crean desde pequeños objetos decorativos hasta mobiliario de autor que reinterpreta las técnicas de construcción negra con una estética contemporánea.
La parada más imprescindible es Taller Tres: un proyecto fundado por tres artesanos que llevan trabajando juntos desde el año 1978. Al entrar en la tienda, queda claro que aquí la artesanía no es una moda, sino una forma de vida: las piezas de madera cautivan inmediatamente a los visitantes, tan coloridas y originales que piden a gritos un hueco en las estanterías de casa.
Dónde dormir en Campillo de Ranas
Para disfrutar de la magia de la Sierra Norte, lo ideal es pasar la noche en alguno de sus encantadores alojamientos rurales. Muy cerca de Campillo de Ranas encontramos La Era de la Tia Donata: una casa rural de estética cuidada que te permitirá disfrutar de la belleza de los alrededores sin grandes adornos.
En el interior, encontramos cuartos cómodos, con muebles de pino mejicano y forja, baño completo y televisor. Haciendo honor a la arquitectura negra tradicional de la tierra, el exterior está hecho de pizarra, de forma que no desentona con el entorno. A su alrededor, los bosques de robles y jaras componen un paisaje precioso, que empuja al viajero a descansar y olvidarse de las preocupaciones.


















