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En el extremo oriental de Teruel, donde Aragón se funde con Cataluña y Valencia, existe un territorio de colinas suaves, campos de olivos y pueblos que parecen suspendidos en un medievo perpetuo. Se dice a menudo que Matarraña es la Toscana española, y aunque las comparaciones suelen ser odiosas, aquí el paralelismo cobra sentido en la luz dorada que baña los viñedos al atardecer y en la elegancia sobria de sus palacios renacentistas.
Poner rumbo a esta comarca es decidir, conscientemente, bajar las revoluciones. Aquí el paisaje no se recorre con prisa, se disfruta despacio y sin agitación. El aire huele a romero y a aceite recién prensado, y el horizonte está siempre custodiado por los Puertos de Beceite, un macizo calizo que aporta el toque de drama necesario a un entorno de una armonía casi irreal. Lleno de pueblos con encanto, Matarraña es el destino perfecto para quienes buscan la sofisticación de lo sencillo y la paz de lo auténtico.
Qué ver en la comarca de Matarraña
El viaje por el Matarraña suele tener dos paradas obligatorias que actúan como espejos de una misma belleza. Calaceite, considerada la capital cultural, es un prodigio de arquitectura en piedra arenisca. Pasear por su calle Mayor, bajo los arcos que conectan las casas y desembocar en su Plaza Mayor, es entender por qué tantos artistas y escritores eligieron este rincón para perderse. La tonalidad ocre de sus fachadas, especialmente cuando el sol empieza a caer, crea esa atmósfera "toscana" que nos hace olvidar por un momento las coordenadas geográficas.
Por otro lado, Valderrobres nos recibe con una estampa postal: su puente medieval sobre el río Matarraña que conduce directamente a un portal de la muralla, coronado por el imponente Castillo-Palacio y la Iglesia de Santa María la Mayor. Es un conjunto de una armonía gótica abrumadora. Subir por sus calles empinadas hasta la fortaleza no es solo un ejercicio físico, es un recorrido por el esplendor de una época en la que esta comarca fue un centro neurálgico de poder y cultura.
Pero no todo es patrimonio construido por el hombre. El agua es el otro gran arquitecto del Matarraña. Uno de nuestros rincones favoritos es El Salt de La Portellada, una espectacular cascada de unos veinte metros donde el río Tastavins cae sobre una poza natural excavada en la roca. En primavera, tras las lluvias de la sierra, el espectáculo es hipnótico. Las formas caprichosas de la piedra, moldeadas por la erosión, crean un anfiteatro natural que invita a la contemplación silenciosa.
Si prefieres algo más activo, la ruta de El Parrizal de Beceite es una de las más bellas de España. Caminar sobre pasarelas de madera por encima de un río de aguas cristalinas, encajonado entre paredes de roca que se elevan cientos de metros, es una experiencia que te reconcilia con el mundo. Aquí el azul del agua es tan puro que parece editado, y el frescor de la vegetación de ribera actúa como un refugio perfecto.
Para terminar el día, no busques un mirador señalizado en el mapa. Simplemente detén el coche en cualquier camino que bordee los campos de olivos milenarios entre Cretas y Calaceite. Ver cómo la luz limpia y afilada se vuelve rosada y se refleja en las hojas plateadas de los árboles mientras el perfil de los pueblos de piedra se recorta al fondo, es la confirmación definitiva de que la escapada merece la pena. Matarraña no necesita envidiar nada a la Toscana; tiene su propia alma, una mezcla de dureza aragonesa y delicadeza mediterránea que te obliga a prometer, antes de irte, que volverás muy pronto.
Dónde comer en la comarca de Matarraña
En el Matarraña se come bien, de eso no cabe duda. El Aceite de Oliva con D.O. Bajo Aragón es la columna vertebral de su gastronomía; un jugo de aceituna empeltre que transforma un simple trozo de pan de pueblo en un manjar. Para una comida de altura, el restaurante La Fábrica de Solfa, en Beceite, ofrece una cocina de autor que respeta escrupulosamente el producto local: desde la trufa negra de Teruel hasta el ternasco de Aragón, pero con una presentación y técnica contemporáneas que sorprenden.
No podemos olvidar el jamón de Teruel y los quesos artesanales de la zona. Sentarse en una terraza en la plaza mayor de La Fresneda con una tabla de embutidos locales y un vino de la Terra Alta es la definición exacta de la felicidad rural. La gastronomía aquí no es solo alimento, es una forma de contar la historia de la tierra, y hay que estar dispuesto a escucharla no solo con los oídos, sino también con la vista y el paladar.
Qué comprar en la comarca de Matarraña
Matarraña ha sido históricamente tierra de alfareros, y esa tradición sigue viva en manos de nuevos creadores. Si quieres un recuerdo especial, busca los talleres de cerámica contemporánea que se esconden entre los paisajes. Nuestro favorito es el taller de cerámica de Daniela Krpan, en Monroyo, donde la ceramista crea desde vajillas completas hasta obras de arte únicas.
Para los amantes de la gastronomía, el Pan de Calaceite es un souvenir efímero pero auténtico. Si entras en una de las panaderías de leña que aún resisten en los pueblos y dejas que el olor a harina y anís te envuelva, no querrás salir. Además, casi todas tienen tortas de alma: un dulce típico de la zona, elaborado con una masa de aceite, harina y anís, y relleno de una confitura de calabaza, miel y azúcar.
Dónde dormir en Matarraña
El concepto de alojamiento con encanto alcanza en esta comarca un nivel superior. Aquí, el hotel no es solo un sitio donde dormir, es parte de la experiencia sensorial. Solo Houses, en las afueras de Cretas, es un proyecto de arquitectura de vanguardia que ofrece villas diseñadas por los mejores arquitectos del mundo en mitad de la nada. Es el lujo de la soledad y el diseño extremo.
En plena naturaleza, rodeada por un frondoso bosque, esta singular vivienda ofrece vistas panorámicas que dominan el paisaje circundante. Su diseño circular se integra con el entorno y difumina los límites entre arquitectura y naturaleza. Columnas de acero, paneles de policarbonato que se deslizan y una gran lámina de agua a modo de piscina hacen de este un alojamiento único, donde merece la pena pasar la noche.



















