Coca, una pequeña localidad segoviana rodeada de pinares y atravesada por el río Voltoya, lleva siglos esperando que alguien la mire bien. Tiene poco más de 1.700 habitantes, una historia anterior a Roma y un castillo que corta la respiración desde el primer vistazo. No se alza sobre un cerro, como casi todos los demás, sino que emerge en una explanada a las afueras del pueblo con una naturalidad desconcertante, como si hubiera brotado de la tierra. Y aun así, es una de las obras de arquitectura militar más importantes de Europa.

El historiador y profesor británico Edward Cooper lo sabía bien. Nacido en Wimbledon en 1941, se doctoró en la Universidad de Cambridge con una tesis sobre los castillos señoriales de Castilla. Después pasó décadas recorriendo España, catalogando fortalezas, consultando archivos y levantando la obra de referencia definitiva sobre la materia: Castillos señoriales en la Corona de Castilla, una publicación monumental en cuatro volúmenes que continúa siendo la biblia académica del tema. Y entre todos los castillos que estudió, el de Coca ocupa un lugar destacadísimo.

coca castle in castile and leon, spain
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Un castillo medieval único en España

La fortaleza comenzó a construirse en 1453 por encargo de don Alonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla y tercer señor de la localidad.

La ejecutó el maestro alarife Alí Caro, experto en ladrillo mudéjar procedente de Sevilla, y el resultado es una mezcla de arquitectura militar occidental y tradición árabe que no tiene parangón en el país. El ladrillo rojizo no es solo estructura: es también decoración, filigrana, ritmo. Los torreones poligonales, el doble recinto amurallado, el foso que rodea todo el conjunto y la imponente Torre del Homenaje crean una silueta que ninguna fotografía termina de capturar del todo. Está considerado el prototipo del castillo señorial castellano del siglo XV y una de las mejores muestras del gótico-mudéjar español.

El castillo de Coca fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1928 y hoy pertenece a la Casa de Alba, cedido al Ministerio de Agricultura desde 1954, donde funciona como Escuela de Capacitación Forestal. Eso explica su estado de conservación extraordinario: hay vida dentro, hay mantenimiento, hay cuidado cotidiano. No es una ruina romántica. Es un castillo vivo.

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Cuándo ir y qué ver en Coca

Coca, además, tiene otra capa histórica bajo los pies. La localidad fue en época romana la ciudad de Cauca, un enclave vacceo de importancia que los autores clásicos mencionan repetidamente. Bajo las calles del pueblo actual duerme un yacimiento arqueológico de primer orden, una superposición de épocas que explica por qué Coca es mucho más que su castillo: murallas vacceas, restos de una domus romana, una fuente pública del siglo I con pinturas murales en su posición original.

Allí nació, en el año 347 d.C., el emperador Teodosio I el Grande, el último en gobernar un Imperio Romano unificado. No está mal para un pueblo de 1.700 habitantes a cincuenta kilómetros de Segovia y a unos cien de Madrid, lo que la convierte en una escapada perfecta de fin de semana. El castillo puede visitarse con visita guiada, que incluye las salas interiores, la capilla con tallas románicas y góticas, la sala de armas y la terraza de la Torre del Homenaje, a cuarenta metros sobre el foso, con vistas sobre la Tierra de Pinares que justifican por sí solas el viaje. La mejor época para ir es primavera u otoño, cuando la luz de Castilla adquiere esa calidad dorada que vuelve todo más nítido, más sereno.

Además del castillo, merece una parada la torre de San Nicolás, único resto visible de la iglesia más antigua del pueblo, del siglo XII, que asoma por encima de los tejados con una elegancia discreta. Los restos de la muralla medieval —unos doscientos metros con cuatro torres y parapeto almenado— dan una idea de la importancia que tuvo esta villa en la Edad Media. Para quien quiera profundizar en la historia arqueológica del lugar, el yacimiento de los Cinco Caños, a las afueras del pueblo, muestra los restos de un edificio romano del siglo I con pinturas murales conservadas in situ de forma sorprendente.

Dónde comer y dormir en Coca

Para terminar la escapada, la combinación natural es cerrar el día en Segovia, a cincuenta kilómetros de Coca, con su acueducto romano presidiendo la entrada a la ciudad como lleva haciendo dos mil años. Y aquí la historia tiene un giro curioso: el hombre que puso en el mapa el cochinillo asado de Segovia, el que convirtió el ritual de partirlo con el borde de un plato en un gesto conocido en todo el mundo, era de Coca.

Cándido López, fundador del mítico Mesón de Cándido, nació en este mismo pueblo y pasó seis décadas en su mesón frente al acueducto construyendo una de las instituciones gastronómicas más reconocidas de España. Hoy es su nieto quien perpetúa el legado. El cochinillo, el cordero asado y los judiones de La Granja siguen siendo los pilares de una carta que es historia e identidad. Reserva con antelación, especialmente en fin de semana. Y pide que lo partan con el plato. Siempre con el plato. Ese chasquido de la piel al romperse es, después de un día entre castillos y siglos, el final perfecto.

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Para dormir en Segovia, el Áurea Convento Capuchinos es la conclusión más coherente con el espíritu de la escapada. El edificio data de 1637 y fue durante siglos el Convento de las Oblatas, la mayor finca del casco histórico de Segovia. La rehabilitación lo ha convertido en el único cinco estrellas de la ciudad sin borrar nada de lo que era: la piedra, las bóvedas, los claustros y los jardines con vistas al valle del Eresma siguen ahí. El restaurante gastronómico Villena ocupa la antigua iglesia del convento. Y las habitaciones, amplias y luminosas, con materiales naturales y el carácter histórico del edificio muy presente, tienen esa cualidad que es difícil de fabricar: la austeridad convertida en lujo.

Si prefieres quedarte en el pueblo y alargar la visita, el Hotel Spa La Casa Mudéjar, a pocos metros del castillo, es la alternativa perfecta. El nombre no es casual: el edificio recupera la estética del estilo artístico que define al propio castillo, con ladrillo visto, arcos y una decoración que dialoga con el entorno histórico sin renunciar a la comodidad contemporánea. Cuenta con spa, jacuzzis y sauna, lo que convierte la estancia en algo más que una noche de paso.