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Algunas fotografías que generan algo parecido al vértigo. Las de Talavera la Vieja son de ese tipo: ruinas ocres emergiendo de un agua gris verdosa, cielos enormes y quietos, árboles ahogados a medias. Nada especialmente dramático a primera vista, pero con algo dentro que no se sacude fácilmente. Un pueblo entero debajo del agua. Un pueblo con casas, con iglesia, con plazas donde alguna vez alguien compró pan o discutió sobre el tiempo. Cubierto. Olvidado. Y, de vez en cuando, visible otra vez.
Esto no es ficción ni leyenda urbana. Talavera la Vieja existe —o existió— en la provincia de Cáceres, a orillas del Tajo. Antes de que llegara el agua era un municipio pequeño pero vivo, con varios cientos de vecinos, una economía agrícola y ganadera y una historia que se remontaba a época romana. Hoy forma parte de ese grupo de lugares que los españoles llaman pueblos sumergidos, una realidad más común de lo que parece en un país que construyó decenas de embalses durante el siglo XX.
Por qué se inundó Talavera la Vieja
La historia no se entiende sin la España de los años cincuenta y sesenta. El régimen franquista impulsó un ambicioso plan de embalses para garantizar suministro eléctrico y riego agrícola. Más de cien pueblos fueron anegados. Talavera la Vieja fue uno de ellos.
La construcción del embalse de Valdecañas comenzó a finales de los cincuenta y el pantano empezó a llenarse en 1963. Los algo más de quinientos vecinos recibieron compensaciones económicas y fueron reubicados en localidades cercanas, principalmente en Valdecañas de Tajo, un pueblo de nueva planta construido para ellos. Muchos se resistieron. Otros se marcharon en silencio, como se hacían entonces las cosas que no tenían remedio.
Lo que quedó atrás fue todo lo que no se podía llevar: casas, iglesia, cementerio, calles empedradas, corrales, huertos. También los restos arqueológicos de Augustobriga, la ciudad romana que había ocupado ese mismo lugar siglos antes. Solo se salvó in extremis el templo romano: sus columnas fueron desmontadas y trasladadas a un cerro cercano antes de que el agua llegara. El resto quedó en el fondo, esperando.
Qué se ve cuando baja el embalse
Lo singular de este lugar es que no está del todo muerto. Cuando el nivel del embalse baja —normalmente entre finales de verano y principios de otoño— el pueblo resurge. Primero asoman las torres. Luego los muros. Después las calles. Y con ellas, la emoción inevitable de ver algo que no debería estar ahí. Los que la conocieron de niños regresan para reconocer los contornos de su infancia. Los que nunca la vieron van atraídos por ese milagro extraño: una ciudad fantasma que aparece y desaparece según decida el agua.
La comparación con la Atlántida es romántica, pero no del todo injusta. No hubo catástrofe ni ira divina, solo una decisión administrativa. Pero el resultado tiene algo de mito: un lugar que existió y que ahora pertenece a dos mundos a la vez. Al de la tierra seca y al de las profundidades. Al de los vivos y al de la memoria.
Cuándo ir y cómo llegar
El embalse de Valdecañas está en la comarca de La Vera y el Campo Arañuelo, en una Extremadura que no suele aparecer en listas de destinos de moda, pero que tiene una luz y un silencio difíciles de encontrar en otro sitio. El acceso al entorno es libre, pero conviene consultar el nivel del agua antes de ir: si está alto, no hay nada que ver. La mejor época es entre julio y octubre, cuando los niveles suelen ser más bajos.
La ruta más habitual parte desde Bohonal de Ibor, a veinte minutos de Navalmoral de la Mata. Desde allí, varios miradores y caminos permiten acercarse a la orilla y, si el agua lo permite, descender hasta las ruinas. No hay señalización turística ni infraestructura, lo que forma parte del carácter casi secreto del lugar. Lleva calzado adecuado, agua y tiempo para quedarte.
Además de las ruinas sumergidas, merece una parada el templo romano de Augustobriga, declarado monumento histórico-artístico en 1931 y rescatado del agua piedra a piedra. Sus columnas de granito, reconstruidas en un cerro cercano, impresionan especialmente a primera hora de la mañana, cuando la luz las recorta contra el cielo con una nitidez casi irreal.
Dónde comer
Un buen plan es empezar la jornada en Jarandilla de la Vera, a unos treinta kilómetros del embalse, y comer antes de visitar las ruinas. El Parador de Jarandilla de la Vera ocupa un castillo-palacio del siglo XV que fue refugio del emperador Carlos V tras su abdicación, antes de retirarse al cercano monasterio de Yuste.
Recorrer sus salones y su patio rodeado de olivos y naranjos ya justifica la visita. Su restaurante propone cocina tradicional de La Vera: patatas revolconas, migas con pimentón de la Vera, caldereta de cabrito y solomillo de ternera retinta a la brasa. El pimentón de la zona, oro rojo de Extremadura, aparece en casi todo y lo merece.
Qué ver en Cáceres y dónde dormir
La combinación natural es terminar el día en Cáceres, a unos noventa kilómetros del embalse. La ciudad, Patrimonio de la Humanidad, conserva un casco histórico medieval que parece un escenario de película, aunque la película sea real y lleve siglos rodándose. No te vayas sin subir a la Plaza de Santa María al caer la tarde, cuando la luz dorada convierte la fachada de la concatedral en algo difícil de describir.
La escapada no está completa sin una noche en Casa Pizarro Hotel, un edificio del siglo XVIII junto a la plaza de Santa Clara y a pocos pasos del Museo Helga de Alvear. Fue adquirido en 1798 como sede de una casa de banca y comercio de lanas, y tras quince meses de rehabilitación abrió en 2023 como hotel boutique de cuatro estrellas. Sus 21 habitaciones, todas distintas, combinan muebles antiguos, chimeneas, suelos de madera y vidrieras originales con comodidades contemporáneas. Un lugar que cuenta su historia en cada detalle. Y, después de un día entre pueblos sumergidos, columnas romanas y un castillo imperial, la conclusión perfecta.


















