Lograr la unión de Oriente y Occidente viene a ser algo así como la cuadratura del círculo. O leer a Borges. O ver La gran ola de Kanagawa, de Katsushika Hokusai, en los elogios escultóricos de Chillida. O atravesar el puente cultural que tendió otro escultor, Isamu Noguchi. Elsa Jeandedieu se mueve en este viaje continuo de ida y vuelta, donde el Mediterráneo arroja luz sobre el cosmos sostenido y poético de Asia. Nació en el sur de Francia, cerca de Nîmes, pero lleva casi dos décadas viviendo en Hong Kong.
Es difícil catalogar a esta artista que no es pintora ni escultora ni interiorista y lo es todo a la vez. Pintora decorativa, se podría decir. Lo que mejor la define es el hecho de que haya colocado los materiales en el centro. Que se exprese a través de la cal, los pigmentos naturales, las hojas de oro. Y que de ahí salgan paisajes, recuerdos y emociones. Una textura, el movimiento ondulante. El mar o las dunas que perfilan el desierto. Las técnicas basadas en la oscilación y el tweed imprimen ritmo y dan vida a sus composiciones. Lo que hacía Anni Albers con los tejidos.
Elsa Jeandedieu se formó en el atelier de Lucien Tourtoulou en París, donde se especializó en técnicas decorativas. Y su lenguaje ha ido haciéndose cada vez más y más personal hasta conseguir unas superficies que hablan por sí mismas. Son naturaleza, pero también arquitectura, y terminan siendo interiorismo. Lo que crea, en definitiva, son atmósferas.
Así son los murales de Elsa Jeandedieu
Sus murales e instalaciones han formado parte de proyectos para Chanel o Louis Vuitton. Y ahora su universo artístico se ha expandido más allá del lienzo para convertirse en dos revestimientos panorámicos de la mano de la firma francesa de alta gama Casamance. Un mural lleva el nombre Murmures du Mistral. El otro ha sido bautizado como Dance des Sampans. Ambos se han realizado con técnicas de relieve en 3D. El resultado es asombroso.
Jeandedieu ha trabajado a gran escala hasta hacer de una pared una obra de arte, liberando el poder evocador de los materiales y transformando el espacio y la manera de habitarlo. Hemos hablado con ella sobre su trabajo y sobre los vientos y los barcos. Bienvenidos a un mundo lírico y sensorial. Una ceremonia del té dentro de un cuadro de Matisse.
Sus obras combinan pintura, materia y diseño. ¿Cómo definiría su lenguaje artístico?
Mi lenguaje está profundamente enraizado en la textura y las superficies físicas. Trabajo con técnicas propias como la oscilación y el tweed, porque me permiten construir un equilibrio visual entre lo bruto y lo refinado. Me atrae especialmente la tensión entre la cal y el oro, entre lo crudo y granulado y un acabado más ultralujoso, entre superficies mates y brillantes. Ese contraste es lo que hace que la obra se sienta viva.
Su universo está marcado por dos geografías: el sur de Francia y Asia. ¿Qué recuerdos, emociones o paisajes han formado su imaginario?
El sur de Francia me transmitió la energía. Allí el viento tiene una presencia fuerte y los colores están bañados por el sol y llenos de vida. Nîmes me enseñó un cierto ritmo, una cierta solidez. Hong Kong, en cambio, es movimiento. Todo se percibe en capas: la luz reflejada en el agua, las texturas de la calle, los cambios atmosféricos que suceden rápidamente. La ciudad me hace ver el color y la superficie de una manera más dinámica. Por eso siempre intento traducir ambos mundos en un mismo lenguaje poético: calma, movimiento y textura.
Del Sur de Francia a Hong Kong
¿Qué ha querido contar a través de Murmures du Mistral y Danse des Sampans, obras creadas para Casamance?
Quería que cada pieza fuera un capítulo distinto de una misma historia, mi historia. Murmures du Mistral está inspirada en el mistral: su carácter, su aliento y la manera en que modela el paisaje casi de forma invisible. Es una obra sobre la atmósfera, el sonido sutil del viento, pero convertido en algo táctil a través de la superficie y el color.
Danse des Sampans habla más del movimiento sobre el agua, del viento y el ritmo de Hong Kong, de cómo el movimiento se repite y se transforma constantemente. Es un diálogo entre la naturaleza y la ciudad, donde el color y la textura se comportan casi como una coreografía. En ambas obras, la naturaleza no es un fondo; es la generadora del movimiento, del tono y del tempo.
Trabaja con cal, pigmentos naturales, pan de oro. ¿Qué le aportan estos materiales?
Profundidad y respiración. La cal tiene la capacidad de sostener la luz con suavidad y permite que la superficie aparezca viva, no fija. El pan de oro y el oro de imitación aportan una intensidad totalmente distinta. Pueden ser cálidos, luminosos y preciosos, casi como un destello que cambia según el ángulo de visión y la atmósfera que lo rodea. Para mí, cada material aporta su propia personalidad: uno para la textura y la materia; otro para la luminosidad, el lujo y el contraste.
¿Qué sensaciones quiere despertar en quien mira?
Quiero que sienta algo físico. Que se acerque y descubra que la obra no es solo una imagen, sino una superficie con memoria. La textura debe generar contemplación, pero también curiosidad. Invita a moverse alrededor, a observar cómo cambia con la luz y la distancia, como un ritmo lento que se experimenta más que se mira.
La naturaleza como musa
¿De dónde nace ese gesto ondulante y poético que se ha convertido en su sello de identidad?
Nace de todo lo que me rodea. La naturaleza te enseña el movimiento incluso cuando parece tranquila. Y Hong Kong lo refuerza cada día. Yo traduzco eso en la composición a través de gestos ondulantes para que la obra sea poética, pero también estructurada, equilibrada e intencional.
¿Cómo construye su paleta cromática? ¿Intuición o planificación?
La construyo a través de la observación. Siempre estoy atenta a cómo se comportan los colores en atmósferas reales: cómo se suavizan, se profundizan o se iluminan según la luz y la superficie. La intuición es fundamental, pero es una intuición formada por la técnica y la experiencia. La planificación añade estructura, pero es la intuición la que decide el equilibrio final: el tono exacto, la tensión precisa entre mate y brillo, entre lo bruto y lo refinado.
Transformar los hogares
¿Qué pensó cuando Casamance le propuso transformar su obra en revestimientos murales?
Mi primer pensamiento fue de pura emoción, porque sentí que un sueño se hacía realidad. El papel pintado y los murales permiten que la obra forme parte de la vida cotidiana, de la manera en que las personas habitan un espacio. También me sentí orgullosa y algo emocionada, porque significa que las texturas y la narrativa pueden viajar más allá de un lienzo o de una pieza única. Se trata de llegar a las personas en sus propios hogares y entornos.
Hoy los límites entre arte, artesanía e interiorismo son cada vez más difusos. ¿Una pared puede convertirse en una obra de arte?
Absolutamente. Una pared no es neutra. Define cómo se siente un espacio, cómo se comporta la luz, cómo se mueven las personas y cómo perciben la atmósfera. Cuando se crea con intención, cuando el material, el color y la textura se consideran como arte, la pared se convierte en una obra de arte en sí misma. Es una manera de extender el lenguaje artístico al espacio vivido.
¿El arte puede traer calma en un mundo a velocidad de vértigo?
Sí, absolutamente. En un mundo cada vez más acelerado, el arte -especialmente si es matérico- puede ayudarnos a habitar los espacios de otra manera. Más lentamente, de forma más consciente y con mayor atención al color, la superficie y la luz.
Cuando una superficie contiene textura, profundidad y movimiento sutil, invita a otro tipo de atención: te acercas, miras más tiempo y empiezas a sentir la atmósfera. Eso es esencial. El arte puede hacer que los entornos cotidianos sean más calmados, más ricos y más significativos.

















