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Hay viviendas que se revelan de golpe y otras que piden tiempo. Este ático de más de 250 metros cuadrados, situado en la Gran Vía de Madrid, pertenece al primer grupo. Nada más cruzar la puerta de entrada, nos encontramos ante un espacio abierto con techos de tres metros de altura, molduras recuperadas y columnas de hierro negro que remiten a la construcción original, descubriendo ese juego entre lo antiguo y lo moderno que define el proyecto, a cargo de Annanké Interiorismo.
La intervención no nació de la necesidad de transformar, sino de decidir cómo acompañar una base que ya funcionaba. La planta, amplia y fluida, invitaba a moverse entre estancias sin tropiezos ni compartimentaciones innecesarias. Desde ahí, el trabajo consistió en encontrar piezas capaces de sostener la escala sin romperla. La relación entre proporción y volumen terminó por ordenar todo lo demás.
Ordenar el espacio en salones grandes
Al llegar al salón, algo cambia, aunque sin que la continuidad se rompa: el espacio no se llena, más bien se organiza. En lugar de distribuir piezas por toda la superficie, la vida se concentra en una zona de estar bien definida, donde el sofá de Minotti –de líneas amplias y presencia reposada– ancla el centro de la escena. El resto de elementos se sitúa con distancia calculada, dejando que el aire circule entre ellos.
El azul aparece de forma progresiva, como un hilo que recorre el espacio. Lo vemos en el terciopelo, en el puf, en pequeños guiños que conectan las piezas sin necesidad de subrayarlos. La madera introduce calidez frente a él, y el cristal suma ligereza para que el conjunto no pierda vuelo. Lejos de buscar el contraste, esta mezcla construye una transición suave entre materiales y texturas que hace la escala más habitable.
La alfombra a medida –con su textura de pelo grisáceo– delimita la zona de estar y tiende un puente natural hacia la terraza de 40 metros cuadrados. Su tono dialoga con el tapizado del sofá y la chaise longue, y los cojines, con su juego de lisos y estampados, añaden un punto de movimiento visual sin alterar la armonía del conjunto. En la terraza, la atención recae en el jardín vertical que agrega frescor al ambiente.
Cómo iluminar un comedor con techo alto
Si el salón se despliega en horizontal, en el comedor es la altura la que toma la palabra. La lámpara Globe, diseñada por Emil Thorup para Handvärk, se extiende por el espacio como una estructura ligera que dibuja la estancia desde arriba. Los cables visibles forman parte de la composición y generan una geometría que parece moverse al caminar por la zona. Entre ellos, las esferas de vidrio soplado aportan un contrapunto más suave, casi táctil. "Es una pieza que necesita aire y espacio para respirar, y los tres metros de este ático eran el escenario perfecto", explica el estudio.
Bajo la lámpara, la mesa de comedor –con estructura de madera y sobre redondo de cristal– y las sillas –con tapizado de terciopelo azul– conciben una estructura circular que invita al diálogo y genera un ambiente de complicidad. A su alrededor, los diversos balcones ofrecen vistas de ensueño a la Gran Vía, al mismo tiempo que bañan con generosa luz natural este espacio privilegiado de la zona de día.
La cocina en color negro rompe con la base neutra de la vivienda
La cocina con isla se integra en la zona social con aparente naturalidad. Sin embargo, la ruptura llega a través del material y el color. El negro define el espacio con una presencia casi gráfica que contrasta con la luminosidad general de la vivienda. Los frentes, de acabado mate y sin tiradores, encuentran la perfecta compañera en la columna de hierro original. Esta última actúa como un sutil separador de ambientes.
La isla es el corazón de este espacio. Más allá de lo práctico, es el lugar donde se cruzan los tiempos y las conversaciones del día a día, ampliando el papel que tradicionalmente se le asigna a la cocina. "Para completar la experiencia de exclusividad, incluimos un carrito de bar de diseño como servicio auxiliar; un rincón dedicado al ritual de los cócteles que invita a disfrutar de los atardeceres madrileños desde la comodidad del interior", indica el estudio.
Una zona de noche muy funcional para toda la familia
En la zona privada, el ambiente se recoge sin perder amplitud. El despacho, concebido también como habitación de invitados, se construye desde la madera y una paleta cálida que envuelve el espacio sin cerrarlo. Es un lugar pensado para adaptarse: trabajo y descanso conviven aquí sin interferirse. La suite principal retoma el azul de las zonas comunes, pero en una versión más suave. Se mezcla con beige, con madera y con pequeños acentos dorados que suman luz. La zona de lectura añade otra capa de uso, convirtiendo el dormitorio en un lugar que se habita más allá de las horas de sueño.
Los dormitorios juveniles introducen una paleta más expresiva: verde esmeralda y terracota que aportan carácter sin desentonar con el resto de la casa. El color aparece apoyado en piezas sencillas. En los baños, el proyecto mantiene la misma lógica del resto del interiorismo: materiales bien elegidos, proporciones amplias y una cierta contención en lo decorativo. En uno de ellos, la bañera se sitúa en el centro y organiza el espacio a su alrededor, casi como una escultura autónoma.
Asimismo, todas las habitaciones tienen vestidor, pensando en la funcionalidad del día a día y en las necesidades de una vivienda familiar. "En definitiva, este proyecto ha sido un ejercicio de equilibrio entre arquitectura e interiorismo, donde cada decisión busca potenciar lo existente sin imponerse, construyendo una narrativa coherente, elegante y atemporal", concluyen desde Annanké Interiorismo.















