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Mientras valoraban la compra de un adosado en el municipio madrileño de Tres Cantos, este matrimonio joven con un hijo de un año (y la idea de tener más en un futuro próximo), llegó a CYSA Atelier por recomendación de otra familia. "La vivienda arrastraba el problema de casi todos los adosados: era larga, estrecha y oscura, y acumulaba ampliaciones hechas a lo largo de los años sin legalizar", explican los arquitectos, quienes decidieron comenzar asesorando a los propietarios para poner en orden toda esa parte administrativa pendiente. Solo así, sobre suelo firme, pudo arrancar de verdad la reforma.
Sin embargo, había un condicionante importante: el presupuesto. No se trataba de una reforma sin techo, sino de una casa que debía crecer, resolverse y verse impecable dentro de un límite muy concreto. Cada metro, cada material, cada solución técnica: todo pensado para rendir al máximo dentro de esas cuentas. Lo que vino después fue una sucesión de obstáculos que, contados uno a uno, ayudan a entender mejor la casa terminada. El primero tenía forma de escalera.
Una nueva escalera de diseño ligero
En el centro de la planta baja había una escalera que pesaba, y mucho, aunque solo fuera visualmente: un muro grueso partía el espacio en dos y dejaba a oscuras la entrada, la cocina y el salón. El mayor obstáculo de toda la casa y, también, el más difícil de resolver. Los arquitectos hicieron lo contrario de lo esperable: en vez de reforzarla, la eliminaron. En su lugar, diseñaron una nueva escalera de acero plegado, volada, colgada de los forjados, tan ligera que apenas se percibe al entrar: el salón se lee ahora de un vistazo, entero, aunque esa misma pieza siga siendo, en el fondo, la espina dorsal que cose la vivienda de arriba abajo.
El patio trasero quedaba un metro por debajo del salón, suficiente distancia para que el exterior se sintiera ajeno a la vida diaria de la casa. El sótano, además, no cumplía las expectativas del propietario para todo lo que tenía en mente. Los arquitectos pidieron licencia para ampliarlo y, de paso, elevar el patio hasta la cota del salón, de modo que interior y exterior pasaran a ser, por fin, el mismo plano. Solo una franja al fondo se dejó a su altura original, para no perder el acceso a la piscina comunitaria, y ahí se abrió una ventana que lleva luz a la planta enterrada. Fue, sin duda, la parte más delicada de toda la obra.
Recalzar los muros medianeros. Excavar casi a mano, milímetro a milímetro, impermeabilizándolo todo a su paso, sin margen para el error. Eso le tocó a CYSA Construcción, que además tuvo que detener la obra seis meses –cuatro por la tramitación de la licencia, dos porque enero y febrero llovieron sin tregua y el sótano llegó a inundarse en plena excavación–, sin que el equipo se moviera de allí ni un solo día.
Dos plantas, dos maneras de vivir
El sótano ampliado se transformó en el refugio soñado del propietario: un sitio para el trabajo y sus aficiones: la electrónica, el deporte y una colección de bicicletas que no ha dejado de crecer. Aquí lo tiene, entre cemento y ladrillo visto, con falsas ventanas que despistan a cualquiera sobre estar bajo tierra, y un garaje, ganado también en superficie, que invita a quedarse. Una gran despensa en verde azulado intenso pone el único color que le faltaba al resto de la planta.
La planta baja es la del día: cocina, comedor y salón, todo en un mismo espacio open concept donde se conservó la chimenea original, ahora revestida en Dekton de Cosentino, el mismo material que viste la encimera de la cocina, mientras que un chapado de piedra natural conecta visualmente la zona de cocina con el comedor. El hilo, aquí, es el acero negro –escalera, vidrieras, grifería–, que nunca enfría porque siempre conversa con la madera, la piedra y el cemento que lo rodean.
Una escalera abierta y niños pequeños son, en teoría, un problema de seguridad que se podía haber resuelto con una barrera fea y escalable, o con un cierre de cristal que convirtiera la bajada al sótano en una pecera hermética. Los arquitectos eligieron la tercera vía: hacer del problema una oportunidad de diseño. El respaldo del sofá es, en realidad, un mueble de IKEA rematado con una celosía de troncos de Sklum –madera que trae, sin exagerar demasiado, algo parecido a una montaña dentro del salón–, mientras que al arranque de la escalera un simple vidrio la deja ver entera y mantiene visible la estantería del hueco.
Distribución adaptada a las necesidades
La planta del descanso se concibió para una familia que todavía va a crecer: en el dormitorio principal, la cama ocupa el centro, exenta, con el vestidor escondido detrás del cabecero, y se abre a una terraza con vistas al patio, a la piscina comunitaria y, al fondo, a la sierra de Madrid. El segundo cuarto es, hoy, la habitación de un niño de un año. El baño, antes mínimo, se reordenó en sentido longitudinal para ganar, por fin, una bañera.
Bajo la cubierta, la buhardilla se dejó abierta –sala, dormitorio de invitados con sofá cama, baño con lavandería integrada, zona de juego– pero guarda una segunda lectura: el día de mañana, sin obra mayor de por medio, puede convertirse en un segundo dormitorio infantil, porque la casa no se pensó solo para la familia de ahora, sino para la que será. El confort, mientras tanto, recorre la vivienda de manera casi invisible: al no haber altura suficiente para el suelo radiante, los arquitectos resolvieron la climatización con aerotermia Daikin y vistieron toda la casa con tarima Parador, que aporta esa misma calidez.
Con el presupuesto siempre encima de la mesa, los arquitectos descartaron el camino caro –fabricar cada pieza a medida– y escogieron, en cambio, el difícil: partir de mobiliario estándar de IKEA y transformarlo hasta que dejara de parecerlo. El sofá del salón, los muebles de los dormitorios, los de la cueva del sótano: todo salió de catálogo y pasó por las manos del equipo, adaptado, recortado, personalizado, hasta que lo que había entrado como un producto en serie acabó siendo algo pensado al centímetro para esa familia. "No es un atajo, es un oficio", señala Luz Sánchez, al frente del proyecto. Nadie diría, al recorrerla, que detrás de ese aire hecho a medida hay un límite de gasto real.
Leída en vertical, la casa funciona como una capa por planta: el sótano, su mundo particular; la planta baja, la vida en común; la primera, el descanso, y la buhardilla, la hospitalidad y el futuro. De ahí viene, precisamente, el nombre del proyecto: Strata, que significa «capas» en latín.

















