Antes de elegir un solo color o un solo mueble, en este piso del centro de Bilbao hubo que hacer algo bastante menos vistoso: apuntalarlo. El edificio, señorial y de más de cien años, escondía tras su fachada protegida una vivienda en muy mal estado, con una estructura mixta de madera y hormigón que pedía un refuerzo bajo la cocina. Sus propietarios, una familia con dos hijos, querían un hogar actual sin perder el carácter de la casa original.

De esa puesta a punto se encargó la interiorista Ana Etxeandia, que planteó una rehabilitación integral con la que perseguía dos cosas a la vez, dejar la casa en condiciones –instalaciones nuevas, aislamiento térmico y acústico– y rescatar todo lo que aún valía la pena. Las maderas, los techos trabajados y los suelos de pinotea se conservaron, mientras la planta se reorganizó por completo para diferenciar el día de la noche.

comedor y cocina con cerramiento de cristal
Ana Etxeandia

¿Qué se conserva y qué se transforma en una rehabilitación así?

El mayor cambio fue de orden. La distribución original se modificó por completo para llevar la cocina hasta la zona de día y dejar los dormitorios agrupados en un ala independiente. Así, la casa quedó dividida en dos ambientes con misiones distintas, la de la convivencia y la del descanso. Esa nueva separación entre día y noche se apoya en una gran puerta batiente acristalada de vidrio translúcido, que aísla el pasillo de las habitaciones sin restar luz al conjunto.

El recorrido arranca en el hall, donde se ha restaurado el panelado de madera original y se ha sumado un mueble de chapa perforada lacada en negro de la firma Narata. El espejo procede de una herencia familiar y comparte protagonismo con una vidriera emplomada de Vidrio Artesanía, montada sobre una de las ventanas renovadas y ya provistas de aislamiento.

El salón es el espacio que concentra la vida social de la vivienda y el lugar donde mejor se aprecia el efecto de abrirlo todo. Conserva sus radiadores originales de fundición y sus cornisas de escayola, que conviven con un mobiliario de marcado carácter ecléctico. La decoración mezcla hallazgos de ferias de desembalaje con piezas de Nando de Décadas, en un cruce de épocas que termina por definir el tono del resto de la casa.

Cómo se ha resuelto la zona de día con la cocina, el comedor y el salón en un mismo eje

Sobre la alfombra de Rica Basagoiti se disponen las lámparas de Nando de Décadas, rematadas con pantallas artesanales de J-46, y un mueble con celosía rescatado del rastro de la mano de Judith San Quintín. El cuadro de Emma Jarós aporta la nota de color, mientras que el aplique de Candela Cort para Luzifer Lamps corona un mueble de La Trastienda de Doña Casilda.

salón con muebles de anticuario y molduras
Ana Etxeandia

Frente a la zona de estar se sitúa el comedor, presidido por una mesa de Mosel y sillas de la tienda Rosita. La transición hacia los fogones se resuelve con una gran puerta corredera de herrería, diseñada por el propio estudio y acabada en un dorado envejecido que aporta un punto de calidez metálica. Ese cerramiento de cristal permite cerrar la cocina cuando hace falta y mantener, al mismo tiempo, la sensación de continuidad con el resto de la planta.

La cocina lleva la firma de Ana Rabanal para Gococi y se ha resuelto con una encimera de cuarcita de Ícaro Stone, colocada por Marmolería Basauri. El fregadero y la grifería, ambos en un suave tono beige de Franke, refuerzan esa idea de cocina cálida, lejos del acero más habitual. Los taburetes de Ondarreta y el suelo cerámico de Vives completan un espacio pensado para hacer vida en él, y no solo para cocinar.

El papel pintado como hilo conductor de toda la zona de noche

Cruzada la puerta batiente, la casa cambia de registro. Toda la zona de noche se ha vestido con papeles pintados de Vap Decoración, que envuelven el pasillo y las habitaciones en una atmósfera más recogida. Para reforzar el vínculo con el pasado se han fabricado a medida molduras y puertas idénticas a las antiguas, rematadas con manillas de latón envejecido de Groël. Los cuadros, entre ellos varias obras de Vasarely y las doce estaciones de Nando de Décadas, proceden también de la herencia familiar.

Los baños mantienen ese mismo lenguaje cálido. Visten revestimientos cerámicos de Himabisa, mamparas de Lasser y sanitarios de Geberit, junto a muebles de lavabo realizados a medida por un ebanista, a juego con los armarios del resto de la vivienda. Los apliques de Luzifer Lamps y los espejos con marco de herrería ponen el acento sobre unos cuartos húmedos que evitan a propósito la asepsia más previsible.

Una casa centenaria en un edificio señorial del centro de Bilbao
salón con muebles de anticuario y molduras

Las habitaciones de los hijos siguen la misma pauta de papel pintado y mobiliario a medida, cada una con su armario diseñado por el estudio, y una de ellas suma la iluminación de Beneito Faure. El lavadero, lejos de quedar relegado, se ha tratado como una despensa con mucho almacenaje, con armarios lacados, encimera de madera natural a medida y la misma cerámica de Himabisa que unifica la zona.

El dormitorio principal guarda la sorpresa mejor resuelta de la casa. Un gran armario lineal recorre la pared y esconde, tras dos de sus puertas, el acceso al baño en suite. Las mesillas son de Narata y el papel pintado vuelve a ser de Vap. Dentro, el baño combina mosaico de Hisbalit en el suelo con un lavabo de Ana Rabanal en Dekton Pietra Edition, grifería de Tres y un espejo de herrería en dorado que enlaza con los detalles del comedor.

El resultado es una vivienda que ha sabido envejecer hacia delante: conserva la pinotea, las cornisas y los radiadores que le dan identidad y, a la vez, responde a las necesidades de una familia que vive el presente.