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Cuando el arquitecto Carlos Olmeda –del estudio COArquitectura– y la interiorista María Moya visitaron por primera vez este piso en el barrio madrileño de Tetuán, se encontraron con un problema bastante común en los inmuebles con cierta antigüedad: un salón atrapado en el centro de la planta, sin ventanas y flanqueado por habitaciones demasiado pequeñas.
"El salón central carecía de luz natural y estaba rodeado de estancias compartimentadas", explican. La solución pasó por replantear la vivienda de dentro hacia fuera. Al desplazar la zona de día a la fachada principal, dos balconeras inundan ahora un espacio social continuo.
La transición hacia el comedor se resuelve con naturalidad, donde una mesa de madera redonda se acompaña de unas sillas de corte vintage, en madera y rejilla, y un banco con tapizado bouclé blanco y formas curvas.
La cocina se convirtió en el núcleo de la casa. El arquitecto y la interiorista la pensaron con líneas puras y una paleta de tonos arena. Aunque el detalle maestro es un espejo estratégico situado entre la encimera y los muebles altos. "Este recurso arquitectónico no solo aporta profundidad, sino que captura la luz del salón y la proyecta hacia el interior, multiplicando la claridad de forma casi mágica", declaran. Asimismo, la isla central incorpora un hueco con dos taburetes para actuar como barra de desayunos o para comidas informales.
Las zonas húmedas juegan con la dualidad a través de una cuidada puesta en escena. El baño principal se presenta elegante y luminoso, con un mueble de lavabo en madera volado, un espejo ovalado de gran formato y grifería en oro cepillado que aporta un matiz de sofisticación equilibrada. Por su parte, el baño de invitados es un ejercicio de carácter: aquí, el revestimiento cerámico en verde bosque con acabado artesanal contrasta con la rotundidad de la grifería negra mate y los detalles en madera, creando una atmósfera más íntima y sofisticada.
"La elección de materiales y piezas de mobiliario delata la sensibilidad de María Moya, cuya mirada ha sido clave para aportar el contrapunto perfecto a la geometría, suavizando las líneas de la arquitectura para priorizar el confort y la armonía espacial", señala Carlos Olmeda.
Toda la carpintería —puertas, armarios— se lacó en el mismo blanco roto de las paredes. De este modo, las puertas se mimetizan con los muros y no rompen la continuidad visual. "Esta decisión arquitectónica permite que puertas y armarios se integren en los paramentos, eliminando ruidos visuales y logrando que los límites del espacio se desdibujen. El resultado es una envolvente continua que potencia la serenidad y cede todo el protagonismo a la luz", dicen los expertos.
Para equilibrar la pureza de las paredes, se optó por una tarima de roble de gran formato que recorre toda la vivienda, otorgando una base orgánica y sólida. Esta calidez se refuerza con el uso de fibras naturales, como el lino de las cortinas que tamiza la luz y los detalles en ratán. Sobre este lienzo neutro y monocromático, surgen pinceladas de carácter en madera natural y verde oliva. Estos tonos, aplicados en textiles como los cojines y en las piezas del mobiliario, no solo rompen la uniformidad de forma elegante, sino que favorecen la conexión con la naturaleza y la tranquilidad que desprende todo el proyecto.
El tratamiento de la iluminación también fue crucial. Se diseñó un esquema basado en distintas capas de luz que permite transformar la vivienda según la hora del día: desde una iluminación indirecta y envolvente que abraza los momentos de relax, hasta puntos de luz funcionales que destacan texturas y materiales. "El objetivo era ofrecer una flexibilidad absoluta, capaz de adaptarse a cada necesidad".
























