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Esta casa es una prueba más de la irresistible atracción que ejerce Madrid para quienes buscan calidad de vida. Apasionados por la arquitectura clásica madrileña, en particular, y por la cultura española, en general, una pareja residente en Miami, con hijos adolescentes, quiso comprar en esta ciudad una segunda residencia, a modo de pied-à-terre en Europa para, desde aquí, disfrutar de sus viajes por España y Europa, y también descansar, desconectar y saborear un ritmo y un estilo de vida muy diferentes al de su lugar de residencia habitual. Buscaron piso en el barrio de Justicia, atraídos por su tranquilidad, sus elegantes calles arboladas, centenarias plazas y sus señoriales edificios.
Tras visitar una docena de inmuebles, encontraron un piso de 220 metros cuadrados en un edificio construido en los años 20 del siglo pasado. Con ventanas orientadas al este y al oeste y techos altos, ofrecía un gran potencial, a pesar de que su distribución era disfuncional y muy compartimentada, reflejo de un uso y una forma de vida ya desfasados. Por ejemplo, la cocina estaba al fondo del todo y separada del comedor por un larguísimo pasillo.
Para esta aventura madrileña, contaban con un gran aliado, el diseñador de interiores Raúl Martins, a quien encargaron una reforma integral y el provecto de interiorismo. Los propietarios querían un ambiente open space para las actividades diurnas, es decir, que salón, comedor y cocina compartieran un mismo espacio, facilitando la convivencia. Así, por ejemplo, mientras ellos cocinan, pueden charlar con sus hijos que juegan o ven la televisión en el salón.
Otra de sus demandas era que su dormitorio dispusiera de una zona de vestidor y de un cuarto de baño con dos lavabos y dos duchas. Y apostaban por una decoración sofisticada pero nada pretenciosa. El decorador acometió una reforma total, cambiando la distribución de arriba abajo, derribando tabiques, abriendo espacios y, por supuesto, rescatando y poniendo en valor la arquitectura clásica de la vivienda, a la vez que la adaptaba a la vida de una familia del siglo XXI.
Para ello, puso en práctica lo que mejor sabe hacer: componer ambientes eclécticos, sofisticados y eficaces. Y lo hizo en esta magnífica caja clásica –techos a 3 metros de altura, carpinterías antiguas, balcones, etc.– que acoge ahora a elementos modernos, muebles de estilo actual diseñados a medida por su estudio, obras de arte contemporáneo alineadas con el mood sereno de la casa y también piezas de mobiliario vintage que son iconos del diseño del siglo XX.
Se eligió una paleta de blancos rotos, beis y crudos que aporta calma y cede protagonismo a las ricas texturas y a un binomio presente en toda la casa: la madera de roble y el travertino. De roble es el suelo, los muebles de la cocina y varias mesas. El proyecto destila coherencia y obsesión por el detalle. Y un ejemplo es el laborioso tratamiento que se hizo a la madera de roble de la cocina hasta conseguir el tono justo que querían los propietarios. Estos y el decorador rastrearon piezas y lámparas idóneas, en ciudades como Madrid, Londres y París. En resumen, un nido puesto al día en un piso y un barrio históricos que promete momentos muy felices.


























