Entrar en una tienda de antigüedades puede ser una experiencia tan estimulante como intimidante. Entre vitrinas, pátinas y muebles con siglos de historia, no siempre es fácil distinguir qué merece realmente la pena y qué es solo decorado sin alma. Para aprender a mirar —que es, en el fondo, la clave— hablamos con Casa Josephine, el tándem formado por Pablo López e Íñigo Aragón, interioristas madrileños con una mirada cultivada entre la Historia del Arte, el Mediterráneo y el buen diseño del siglo XX.

Desde su espacio en El Rastro, convertido ya en parada obligatoria para profesionales y coleccionistas, y a través de su showroom y tienda online, han construido un universo reconocible: interiores serenos, eclécticos y profundamente culturales, donde conviven referencias a De Chirico o el surrealismo con piezas anónimas llenas de carácter. Su experiencia —como historiadores del arte, como interioristas, como anticuarios y como lo que se les ponga por delante— les permite analizar el mercado con distancia y criterio. Estas son sus claves para reconocer una buena pieza… incluso antes de saber por qué lo es.

El criterio se percibe nada más entrar

Antes de fijarse en un mueble concreto, Casa Josephine sabe si un espacio lleno de piezas merece la pena: “El buen criterio se detecta de un primer vistazo”. No es una cuestión de precio ni de espectacularidad, sino de coherencia visual y sensibilidad.

Una buena tienda de antigüedades se reconoce por una selección pensada, donde las piezas no se repiten sin sentido y donde aparece algo inesperado: un detalle técnico especial, una forma poco habitual, un gesto casi moderno en un objeto antiguo. “Suele haber algo distinto de lo habitual”, explican, “ya sea cierto virtuosismo técnico o un toque de diseño”. Ese primer impacto habla del ojo de quien selecciona. Cuando hay criterio, incluso una mezcla ecléctica resulta armónica.

tienda de casa josephine en el rastro de madrid
Asier Rua

El error más común: buscar seguridad

Quien compra su primera antigüedad suele hacerlo desde el respeto (a veces excesivo) al objeto. Según Pablo e Íñigo, uno de los aprendizajes fundamentales es distinguir qué piezas son comunes y cuáles realmente escasas. Algo que, sorprendentemente, se adquiere rápido con la práctica. “El error más habitual es comprar piezas que responden exactamente a las características genéricas de su época”, explican. Es decir, muebles que encajan perfectamente en lo que esperamos de ellos: demasiado previsibles, demasiado reconocibles.

Esa búsqueda de familiaridad da tranquilidad, pero pocas alegrías a largo plazo. “También es un error tomar las antigüedades demasiado en serio”, añaden. Son objetos que han pasado de mano en mano durante generaciones y que solo siguen vivos si somos capaces de mirarlos con ojos nuevos, sin solemnidad.

Antigüedades que hoy están infravaloradas

Como ocurre en el arte, el mercado de las antigüedades vive de ciclos. Hay piezas que hoy apenas despiertan interés y que, sin embargo, poseen un enorme valor histórico y estético.

Casa Josephine señala dos grandes grupos. Por un lado, las artes decorativas de pequeño formato, como joyas u objetos ornamentales, con gran interés artístico pero un gusto complejo de integrar en interiores contemporáneos. Por otro, las piezas de gran tamaño —armarios monumentales, mesas de comedor antiguas— que en muchos casos se venden por debajo incluso de su valor material.

“No tienen salida comercial”, explican, “pero eso no significa que no sean extraordinarias”. El problema no es la pieza, sino los espacios actuales.

casa josephine
Pablo Zamora

Lo más buscado: diseño del siglo XX

Si hablamos de tendencias, el mercado es claro: el diseño del siglo XX, especialmente de los años 70 y 80, vive un momento de auténtico protagonismo. Muebles y objetos de esa época conectan con la sensibilidad contemporánea por su funcionalidad, sus líneas rotundas y su capacidad de convivir con interiores actuales sin caer en la nostalgia cursi. Para Casa Josephine, estas piezas funcionan como un puente perfecto entre pasado y presente.

Restaurar sí, pero con moderación

Uno de los temas más delicados en el mundo de las antigüedades es la restauración. ¿Cuándo mejora una pieza y cuándo la destruye? “Para un uso doméstico o decorativo, las piezas no necesitan una restauración profunda mientras puedan usarse”, señalan Pablo e Íñigo. Es decir, la funcionalidad es suficiente.

El problema aparece cuando se persigue la perfección. “Un exceso de restauración puede matar el aspecto vivo de una pieza”, advierten. Las marcas del tiempo —una pátina irregular, un desgaste natural, una pequeña imperfección— no son defectos: son parte esencial de su belleza. Restaurar no debería significar borrar la historia, sino acompañarla.

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Pablo Zamora

Comprar con intuición… y cultura visual

La mirada entrenada de Casa Josephine no surge por casualidad. Se conocieron hace más de veinte años estudiando Historia del Arte y, poco después, se convirtieron en pareja personal y profesional. Su salto al mundo de las antigüedades se produjo tras restaurar una vieja casona familiar en un pueblo de La Rioja. Aquella experiencia —y las piezas que empezaron a comprar en el sur de Francia y en Italia— terminó marcando el inicio de todo.

Hoy, su consejo principal es claro: formar nuestra mirada. Visitar museos, ferias, anticuarios, mirar mucho y comprar menos. Entender que una buena pieza no siempre nos llama a gritos, a veces simplemente susurra. Reconocer una pieza valiosa del pasado no consiste solo en saber de fechas o estilos, sino en percibir si ese objeto todavía tiene algo que decir.