Viajar a Asturias siempre es buena idea. Pero seguro que cuando piensas en escaparte a la tierrina, tu mente va directa a los típicos destinos: Gijón, Oviedo, Llanes, Ribadesella, Lastres… Incluso Puerto de Vega, que últimamente se ha puesto de moda gracias a la serie de Netflix, Última noche en Tremor. Todos ellos son bonitos y dignos de visitar al menos una vez en la vida, pero, para qué engañarnos, están bastante masificados, y lo digo con conocimiento de causa, que para algo soy de Gijón.

Ahora bien, ¿y si te dijera que hay rincones menos transitados que aún conservan intacta la magia del pasado? Uno de ellos es San Esteban de Pravia. Esta villa marinera, ubicada en el concejo de Muros de Nalón y a tiro de piedra del aeropuerto, tiene una historia que pocos conocen a día de hoy. El que fuera el primer puerto carbonero de España en el siglo XX, era un imán para artistas de renombre, como Joaquín Sorolla o Rubén Darío, quienes iban a inspirarse con su singular belleza.

Este último siempre se alojaba en el mismo sitio: la pensión Brillante. Inaugurada en 1905, era frecuentada por turistas que visitaban la zona y todo tipo de personalidades. Tal y como decía un texto de la época: ''Suele acudir al Brillante, toda la gente elegante, y que sabe distinguir''. Sin embargo, el destino es caprichoso, y hacia los años sesenta, cuando la crisis se adueñó de la villa y el negocio del puerto se vino abajo, el edificio quedó, irremediablemente, abandonado.

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Gran Hotel Brillante

Años después, un enamorado de la zona, de nombre Fernando Artime, se propuso volver a convertir San Esteban de Pravia en un destino turístico de primer nivel, y para ello, adquirió la antigua pensión y la convirtió en el Gran Hotel Boutique Brillante, que abrió sus puertas en 2021 tras una exhaustiva rehabilitación. Desde la mismísima fachada hasta zonas como el vestíbulo, el restaurante, la escalera y las habitaciones, mantienen la elegancia modernista de antaño. De hecho, la barra de bar de estilo art déco, y algunas columnas, son originales. Asimismo, los suelos de mármol blanco y negro se inspiran fielmente en los que había antiguamente en la pensión.

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Gran Hotel Brillante

Al entrar en el nuevo hotel, es fácil imaginar el glorioso pasado de la pensión, donde unos muebles de anticuario (algunos, del Rastro de Madrid), se encargan de vestir con elegancia la zona del vestíbulo.

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Gran Hotel Brillante
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A mano izquierda, la vista se pierde en el horizonte del restaurante, un espacio que respira un lujo exquisito, donde la imponente barra de mármol negro invita a tomar asiento y disfrutar de una copa de champán mientras, afuera, aguardan el río Nalón y las antiguas grúas carboneras. Aunque, quien dice champán, dice uno (o varios) de los suculentos platos de su carta. ¿Quizá una ensalada de manzana, nueces, quesos asturianos y su aliño de miel y mostaza?, ¿o mejor unas carrilleras de ibérico?, ¿y por qué no ambos? Pero habrá que dejar hueco para el desayuno buffet de la mañana siguiente y sus bizcochos caseros, frixuelos, tostadas, mermeladas, tortillas, showcooking de revueltos al gusto, embutidos y quesos, zumo natural de naranjas recién exprimidas... ¿Sigo?

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A través del ascensor o, mejor aún, de las escaleras de madera con barandilla de forja, se accede a las habitaciones y residencias privadas. Estas últimas cuentan con todas las comodidades de un hogar, como una cocina de estilo afrancesado perfectamente equipada, una mesa a modo de office, una confortable zona de estar, cama y baño completo. Detalles como los apliques y griferías de latón, los tapizados en terciopelo de algunos cabeceros y piezas del mobiliario, las fabulosas lámparas, los revestimientos de mármol y las molduras en paredes y armarios, continúan esa estética vintage y sofisticada que protagoniza cada rincón del hotel. A ello hay que sumar el charme especial de las habitaciones abuhardilladas, que bien podrían formar parte de un edificio parisino.

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Los nombres de las residencias privadas rinden homenaje a distintos puntos de la Senda de los Miradores –como El Garruncho o Aguilar–, una ruta sin igual que permite contemplar la costa asturiana desde lugares verdaderamente privilegiados.

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Aunque, sin lugar a dudas, la habitación más especial de todo el hotel es la que lleva el nombre de Rubén Darío. Se sabe que el poeta se alojaba en esta estancia de la antigua pensión, dotada de una amplia galería con vistas al puerto. Los incondicionales de sus obras, y cualquier amante de la escritura, encontrarán en esta suite un precioso escritorio desde el que poder leer, teletrabajar, o simplemente, fantasear con el lugar.

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Con semejante alojamiento, entorno e historia a sus espaldas, estoy segura de que San Esteban de Pravia ha pasado al primer puesto en tu lista de destinos pendientes para las vacaciones. Cómo no hacerlo.

Más información en Gran Hotel Brillante.