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El barrio de La Guindalera guarda ese carácter tranquilo y algo olvidado del Madrid residencial que se construyó a mediados del siglo pasado. En uno de sus edificios, un piso de 160 metros cuadrados acumulaba décadas de compartimentación: un pasillo largo que gobernaba la planta, una cocina aislada al fondo y estancias que daban la espalda a la luz. Studio Madera, fundado por Jorge Núñez Ortiz y Eileen Ng, recibió el encargo de transformarlo para una pareja con una idea clara sobre cómo querían vivir. Recibir, cocinar, escuchar música y descansar, pero sin que cada una de esas actividades quedara encerrada en su propio rincón.
La primera decisión fue estructural. "Distribuimos los espacios privativos en los laterales del piso, dejando un gran espacio central para la zona social", explican desde el estudio. Con eso, la luz de los ventanales de la fachada principal dejó de quedarse en las primeras habitaciones y empezó a penetrar hasta el interior. La planta, antes fragmentada, se abrió.
Pero antes de plantear qué entraría en ese espacio central, los interioristas tuvieron que resolver otro deseo de los propietarios: incorporar un jardín interior. "Aunque la vivienda dispone de una terraza exterior de un tamaño considerable, también era importante poder crear un espacio a modo de jardín o patio interior, ya que los propietarios son amantes de las plantas", declaran. Aficionados a las plantas, querían algo más que una terraza exterior, y el estudio encontró la manera de colocar ese espacio verde en un punto desde el que se pudiera ver desde cualquier lugar de la zona social.
La zona social –cocina, comedor y salón– ocupa ahora el centro de la planta y recibe la mayor concentración de luz natural. La cocina, que Jorge y Eileen describen como "el punto neurálgico de la vivienda, y a su vez la zona más interactiva", se organiza en torno a una isla central. Junto a ella, un banco con mesa redonda completa el espacio, funcionando también como zona de trabajo cuando hace falta. Desde esa esquina se encuadran las mejores vistas al exterior y entran los primeros rayos de sol de la mañana.
Entre el salón y el comedor, una viga de hormigón visto marca el límite sin necesitar una pared. Ese detalle estructural dictó parte de la paleta: baldosas de Ceppo di Gre –una piedra natural de tono gris azulado–, panelados oscuros y arcilla natural en las paredes, un material que, además de su textura y presencia, ayuda a regular la humedad y la temperatura en un piso con calefacción central. La madera de roble en suelos y paredes trabaja en sentido contrario, agregando calidez a una base de materiales más sobrios.
La zona de trabajo no se cerró con tabique, pero tampoco quedó expuesta del todo. Una cortina de color crudo de Vescom –con propiedades acústicas– permite integrarla en el conjunto o separarla según el momento. Ese mismo elemento sirve para modular el comedor, haciéndolo más recogido cuando la ocasión lo pide.
El acceso a la zona privada se resuelve con una puerta enrasada en el panelado de roble del comedor, prácticamente invisible. Al cruzarla se entra al vestidor, que actúa como pieza de transición: a un lado, el cuarto de baño –con bañera exenta y ducha, pensado como un espacio de cierto carácter spa–; al otro, el dormitorio, separable del vestidor mediante puertas correderas de vidrio estriado que, cuando se cierran, dejan pasar la luz sin sacrificar la intimidad. El dormitorio de invitados y un baño secundario completan el programa.

























