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Pocos proyectos de arquitectura tienen el privilegio de nacer con una historia de cuatro siglos a sus espaldas. Este es uno de ellos. El molino que durante generaciones perteneció al Castillo del Empordà –conjunto histórico y protegido en el Alt Empordà– llevaba años en ruinas cuando la familia que lo adquirió vio en él la posibilidad de habitar un lugar con memoria. La rehabilitación, a cargo del estudio CMV Architects, comenzó en 2020.
La estructura original del molino del siglo XVII –muros de piedra, forjados, cimientos– se consolidó con el máximo cuidado para devolverle su volumetría sin falsificarla. A eso se sumó la construcción de un volumen nuevo que se levanta exactamente sobre la huella del antiguo estanque. El nuevo cuerpo crece donde el agua estuvo, en un entorno protegido que imponía condiciones estrictas y que el proyecto tomó como punto de partida. CMV Architects buscaba que el anexo se percibiera como algo que siempre había estado allí.
La familia, que en un principio buscaba una segunda residencia, terminó concibiendo el proyecto como su vivienda principal. Una decisión que surgió, en parte, del contexto postpandemia y del deseo de encontrar un lugar más conectado con la naturaleza y con el territorio.
Desde el principio, pidieron espacios amplios, una distribución sin compartimentaciones forzadas y una relación constante con el exterior. La casa debía funcionar igual de bien para dos personas que para toda la familia, algo que condicionó directamente cómo se articularon los dos volúmenes.
El nuevo anexo funciona como un loft en el campo, con cocina, salón y dormitorio principal en un único espacio continuo. El resto de estancias –habitaciones adicionales, baños, zonas de servicio– se distribuyen en la antigua ruina rehabilitada, conectadas al anexo pero con capacidad para funcionar de forma independiente. Cuando la casa la ocupa solo la pareja, el loft es suficiente. Cuando llega el resto de la familia, el molino original entra en juego, maximizando su funcionalidad.
El interiorismo es minimalista, con influencia nórdica, dotando a los muros de piedra del siglo XVII del máximo protagonismo. Otra clave del diseño es la conexión interior-exterior, tanto en zonas comunes como privadas, a través de ventanales y puertas correderas que favorecen la ventilación y permiten hacer vida en sintonía con la naturaleza.
Respecto a los materiales, el suelo de hormigón continuo in situ convive con revestimientos de cal antigua, madera de roble y porcelánico de acabado rústico. Junto a ellos, piedra del Empordà, cerámica de La Bisbal y madera local.
En la nueva construcción, un porche con pérgola de bambú actúa como transición entre la casa y el jardín. Bajo las guirnaldas de luces se disponen un comedor exterior y una zona de chill out, un espacio que invita a quedarse fuera tanto en verano como en las noches más templadas. Frente a él, la piscina, con tumbonas a su alrededor, permite darse un baño mientras se contempla el paisaje arbolado.



























