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La amplitud de los espacios, sus cuatro orientaciones –que hacen que sea todo exterior y permiten disfrutar de la evolución de la luz según el momento del día–, la inexistencia de largos pasillos, y el estar rodeados de verde en pleno centro de Madrid, fueron las claves para los propietarios de este piso. La interiorista María Domínguez, del estudio Dodark, se enfrentó al reto de reformar las instalaciones y actualizar los acabados, modificando la distribución en la zona de noche. En los espacios principales, la intervención fue más sutil: se abrieron grandes ventanales y se crearon nuevos huecos en el salón hacia las terrazas laterales, multiplicando la conexión con el exterior.
El planteamiento partía de la funcionalidad y de las necesidades reales de la familia: potenciar la luz natural y evitar compartimentaciones que fragmentaran el espacio.
La casa como galería de arte y anticuario
Por los diferentes espacios de la casa conviven obras de artistas como Badri Lomsiadnize –cuyo imponente cuadro de la catedral de Milán preside el hall de entrada–, Antonio Murado, Menchu Gal, Luis Feito o Agustín Hernández. Las esculturas de Javier Arbizu, Clara Carvajal y Fernando Mikelarena, este último principal colaborador de Eduardo Chillida, comparten escena con consolas del siglo XVIII en el salón y dos grandes trumeaux en el comedor. A este repertorio se suman las piezas de mobiliario diseñadas por el estudio, como las mesas y sillas del comedor, del despacho y del salón. "La neutralidad de los acabados era imprescindible para dar mayor protagonismo a las piezas de arte y antigüedades de los propietarios", explica María Domínguez.
Los materiales recuperan lo auténtico
La entrada luce un pavimento de piedra Campaspero. En el resto de la vivienda, María Domínguez decidió mantener la tarima original de madera Dahoma de Nigeria, multiplicando la calidez.
Toda la carpintería de madera se realizó a medida y se lacó in situ. Los huecos de paso se elevaron hasta el techo, ganando verticalidad. En muchos casos se optó por puertas correderas, y en la zona de día se diseñaron algunas con cristal en una original forma circular.
Para compartimentar sin aislar, se crearon puertas de hierro y cristal. En el despacho, donde se buscaba mayor privacidad, se intercaló una celosía de chapa. También se diseñaron piezas como cubrerradiadores y estanterías de chapa, adaptadas a las necesidades de cada estancia.
La iluminación general de la vivienda combina candilejas empotradas en los techos para luz indirecta, focos puntuales y apliques de pared de Oliva Iluminación. Tampoco faltan piezas icónicas del diseño como las lámparas Toio de Flos, la Tolomeo y la Tizio de Artemide.
En la cocina, tanto las paredes como el mobiliario son blancos, con puertas lisas sin tiradores que se combinan con acero y encimeras de Compac. La distribución incluye una península central que separa la zona de cocción de la zona de office. Como notas de color, las sillas y la lámpara de techo. En las paredes, el arte también tiene su lugar: una fotografía de Ana Dolz y un pastel de la Galería Leandro Navarro.
Los cuartos de baño se acabaron en gres porcelánico con piedras naturales: mármol blanco Macael en la encimera y lavabo del baño principal, y piedra de Sierra Elvira en el lavabo del aseo.




























