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Mi casa es un piso de 130 metros cuadrados situado en Sarrià-Sant Gervasi, en Barcelona. Una vivienda con una distribución clásica —tres habitaciones y dos baños— que se encontraba prácticamente en su estado original y que necesitó una reforma integral para adaptarse a cómo quería vivirla hoy. Desde el principio tuve claro que no quería borrar su esencia, sino reinterpretarla. En la entrada, por ejemplo, decidí conservar el parquet original, que estaba muy deteriorado, y pintarlo con una pintura especial para suelos de Chemiflor, una firma con la que trabajo habitualmente y en la que confío mucho. Ese gesto marcó el inicio del proyecto: recuperar en lugar de sustituir.
El recibidor se convirtió en uno de los espacios más personales de la casa. Lo revestí por completo con una combinación de papel pintado, un arrimadero verde y un mural con motivo de bosque, buscando un efecto envolvente y alegre. Incluso la puerta de entrada está integrada en el conjunto, de manera que, una vez dentro del distribuidor, casi desaparece y no sabes exactamente dónde está la salida. Me interesaba crear esa sensación de pausa, de transición, nada más entrar. Otro cambio importante fue la eliminación de un cristal traslúcido que separaba el distribuidor del salón y que restaba mucha luz. Al retirarlo, la entrada se abrió visualmente y ganó claridad. También anulé una puerta que daba a la cocina y, en su lugar, coloqué una chimenea decorativa procedente de otra casa que tuve anteriormente, acompañada de un espejo.
Entrando en el salón, el espacio se organiza en dos ambientes claramente diferenciados. El primero es una zona de biblioteca y trabajo, presidida por una gran librería de madera antigua, recuperada de otra vivienda y pintada en un nuevo tono. Se trata de una pieza con cajones, casi de aire farmacéutico, que aporta carácter y un punto de historia al conjunto. En este mismo espacio se sitúa una mesa antigua de grandes dimensiones —unos dos metros veinte— que fue decapada por completo. Sobre ella conviven libros, una bola del mundo antigua y distintos objetos personales. Es una mesa pensada para el día a día, que utilizo como escritorio, pero que también se transforma en una gran mesa de comedor cuando hay invitados. La iluminación la pone una lámpara de cristal antigua, también recuperada, que dialoga con la chimenea original de la casa, perfectamente funcional y uno de los grandes valores del salón. El suelo, al igual que en la entrada, mantiene el parquet original pintado con una pintura de dos componentes, reforzando la continuidad visual entre los espacios. Desde esta zona se accede a la terraza, concebida como una prolongación natural del salón. Allí conviven un olivo, un limonero y distintas plantas, acompañados por dos sillas antiguas de mimbre, creando un rincón sereno y muy vivido.
El segundo ambiente del salón está concebido como una gran zona de estar, pensada para el descanso y la convivencia. Para este espacio utilicé una cama antigua de mi madre, de cuando era pequeña, sobre la que mandé hacer un colchón a medida de estilo antiguo. Convertida en sofá, se ha transformado en una de las piezas más especiales de la casa, cargada de memoria y con una presencia muy envolvente. Una alfombra de gran formato delimita visualmente el espacio y aporta calidez, mientras que todas las ventanas se vistieron con estores de cañita pintados en blanco, que tamizan la luz natural sin restarle protagonismo. Me interesaba una luz suave, filtrada, que acompañara el ambiente sin endurecerlo.
Las mesas auxiliares son piezas encontradas en un mercadillo en Francia: mesas redondas que pinté en negro y a las que adapté unas bandejas superiores, personalizándolas para su nuevo uso. Junto a ellas aparece una silla giratoria de los años setenta, tapizada íntegramente en cuero, que aporta un contraste más rotundo y contemporáneo. Completa el conjunto una butaca de Zara Home forrada en borreguito blanco, que suma textura y un punto de confort muy apetecible. Frente a esta zona de estar se sitúa una chaise longue antigua, también recuperada, acompañada por una lámpara más moderna en negro. La iluminación general se resuelve con dos lámparas colgantes de cristal, heredadas, evitando así multiplicar los puntos de luz.
Desde el salón se accede directamente a la cocina, y quise marcar esa transición con una puerta de vaivén, de las clásicas de restaurante, un guiño funcional y muy desenfadado. En este espacio decidí unificar completamente el pavimento: sustituí el suelo original por lamas de madera en toda la cocina, pintadas con la misma pintura de dos componentes utilizada en el resto de la casa, para reforzar la continuidad visual. La cocina contaba con un pequeño pasillo de techo muy bajo que conectaba con la entrada. Opté por cerrarlo y, al hacerlo, conseguí el espacio justo para encajar un mueble de estanterías abiertas cuyas medidas parecían hechas a propósito. Coloqué espejo en toda la trasera y lo destiné a vajilla y piezas especiales, reservando la parte inferior para cestas de almacenaje. Una de las paredes se revistió por completo con un mural francés de aire antiguo, aplicado de forma continua, incluyendo la puerta, para que el conjunto se leyera como un único plano decorativo.
En el frente opuesto, como no quería una nevera convencional que dominara visualmente el espacio, planteé una zona más informal y divertida para desayunos y pequeños electrodomésticos. Aproveché unas antiguas barras cromadas con estantes de cristal y diseñé una solución a medida con nevera y congelador de cajones, pintados para integrarse en el conjunto. Al incorporar un sobre continuo, gané además una superficie de trabajo sin renunciar al espacio. Las puertas de la cocina se pintaron en verde y se actualizaron los tiradores, manteniendo el sobre en blanco para equilibrar el conjunto. En una de las zonas añadí lamas verticales de madera con dos estantes y una campana integrada. Algunas cajas laterales resuelven de forma discreta la necesidad de ocultar tuberías existentes junto a la zona de cocción. Como remate, incorporé una pequeña mesa de mimbre que ya tenía, a la que mandé lacar el sobre con una laca brillante de automóvil. La acompañan unas sillas muy especiales, procedentes de un barco ballenero y regalo de una clienta, que tapicé en cuero, aportando carácter y una historia más al espacio.
Seguidamente se accede a la habitación principal, un espacio que originalmente presentaba una solución algo extraña, con un tramo de pared y una puerta poco clara. Decidí ampliar la apertura y sustituirla por dos puertas antiguas a las que incorporé espejo y molduras, buscando un gesto decorativo con personalidad. Al cerrarse, vistas desde el salón, aportan un aire ligeramente parisino; al abrirse por completo, generan una conexión total entre ambos espacios. La idea para este dormitorio era crear una sensación de loft. Al vivir sola, me apetecía que desde la habitación hubiera una visión amplia del salón, eliminando compartimentaciones innecesarias y favoreciendo la continuidad visual.
La necesidad de almacenaje se resolvió de una manera muy personal. Recuperé dos puertas antiguas procedentes de viviendas del Eixample y, junto al carpintero, las adapté como armarios, con un acabado pintado y ligeramente envejecido. Entre ambas puertas se diseñó un cabecero a medida con una tapa superior abatible, que funciona como espacio de almacenaje para libros y otros objetos. Sobre él coloqué un espejo procedente de otra casa, que aporta luz y amplitud al conjunto.
La iluminación de la cama se planteó de forma muy cuidada y funcional. Una luz superior ilumina el espacio de arriba hacia abajo, creando una luz general suave, mientras que dos apliques de brazo articulado a ambos lados de la cama resultan perfectos para la lectura. En el techo se incorporó un ventilador de madera junto con dos focos adicionales, todos ellos regulables, lo que permite adaptar la intensidad y el ambiente según el momento del día. Las cortinas de lino ribeteadas en negro, junto con las pajitas también en negro, aportan un punto gráfico sutil y elegante. El espacio se completa con una televisión colocada sobre un caballete de pintor antiguo, que permite moverla según el uso, y una pequeña silla auxiliar para apoyar objetos.
Junto a la habitación principal se abre otro espacio de grandes dimensiones que decidí integrar como una zona híbrida entre vestidor y baño, concebida de forma abierta y muy personal. Allí encontré un armario antiguo cuyas medidas encajaban perfectamente; lo adapté incorporando cortinas de cuadrito en los cristales y encargué al carpintero un altillo superior a medida, aprovechando al máximo la altura y respetando la pieza original. En este mismo espacio recuperé un mueble antiguo de otra casa que anteriormente utilizaba como bar y que aquí transformé en tocador. Sobre él dispuse perfumes, recuerdos y fotografías personales, con iluminación integrada y un espejo posterior que refuerza la sensación de profundidad y de rincón íntimo.
Una de las ventanas, que daba a un patio poco atractivo, se resolvió mediante molduras y espejos, convirtiendo un punto débil en un recurso decorativo. Bajo esa ventana quise colocar una bañera antigua, que pinté de negro y acompañé con una grifería de estilo retro y una planta, aportando contraste y un punto de frescura al conjunto.
Para la zona de lavabo recuperé un escritorio antiguo que había pertenecido a la habitación de mi hija. Lo pinté en negro y lo adapté con un espejo tríptico antiguo como telón de fondo. Sobre el mueble coloqué una pica blanca en uno de los lados y, en el otro, un tramo de mármol destinado a apoyar los objetos de uso diario, reorganizando los cajones interiores para almacenaje. Tras esta zona, una cortina suspendida de una barra delimita el área más privada, donde se sitúan la ducha y el inodoro. La cortina, presidida por una fotografía mía antigua en blanco y negro, aporta un gesto íntimo y casi escenográfico, manteniendo la idea de un baño completamente abierto, a excepción del váter, que queda discretamente oculto.
Desde la zona de la entrada, la casa se organiza de forma muy intuitiva. Hacia la derecha se accede a los espacios principales ya descritos, mientras que, a la izquierda y avanzando recto, junto a la chimenea, una puerta conduce a las estancias más interiores de la vivienda. En este recorrido se llega a la zona de televisión, un espacio que originalmente contaba con un gran arco parcialmente oculto por un tabique. Decidí eliminar ese tramo para recuperar la amplitud original y poder crear un auténtico salón al fondo, pensado casi como una pequeña sala de cine doméstica. En este espacio incorporé un arrimadero pintado en verde y, frente al sofá, una gran televisión integrada de forma natural en el conjunto. Para las paredes diseñé un papel pintado a medida que me recordaba a los antiguos sacos de harina. Lo desarrollé junto a Pipa Papel, una firma especializada en papeles personalizados, que consiguió exactamente el diseño que buscaba, incluyendo una raya verde que dialoga con el arrimadero y refuerza la coherencia cromática del espacio.
La zona se completa con una lámpara francesa muy especial, encontrada online, junto con algunos puntos de luz en el techo, pensados para crear una iluminación envolvente y cómoda. Dado que las ventanas daban a patios poco atractivos, opté por colocar espejos en todos los huecos, multiplicando la luz y evitando vistas no deseadas. El ambiente es relajado y muy funcional, con pufs redondos, una alfombra generosa para estar cómoda y un baúl antiguo que aporta carácter y sirve como espacio de almacenaje. Desde este salón se accede a varias estancias: el office o despacho, la zona de lavadora y secadora, un pequeño baño y la habitación–vestidor de invitados. En todas las puertas incorporé rótulos en inglés indicando el uso de cada espacio, un pequeño guiño con sentido del humor que refuerza el carácter desenfadado de la casa.
Quise reservar también un pequeño despacho en casa, un espacio práctico pero muy personal. Para ello recuperé un armario antiguo al que añadí nuevas piezas y detalles, y que decidí intervenir pintando números, simplemente porque me divertía y aportaban un punto gráfico desenfadado. El espacio se completa con unos estantes muy finos, casi ligeros, pensados para colocar fotografías de mi familia. Me gusta tenerlas todas juntas en el despacho, es una forma de sentirlas cerca mientras trabajo. Junto a ellos, incorporé un mueble antiguo encontrado en un rastrillo, que pinté en gris, y una mesa redonda inglesa que ya tenía y que resulta especialmente práctica por su ligereza y facilidad para moverla por la casa según las necesidades.
La iluminación es una de las piezas más especiales del despacho: una lámpara de diseño propio, realizada en gasa y suspendida del techo, que aporta un punto etéreo y muy personal al conjunto. Como herramienta de trabajo, añadí también un panel de corcho donde coloco ideas, referencias y pequeños objetos decorativos que me inspiran. En los armarios guardo muestras y materiales que utilizo habitualmente, de modo que el despacho funciona no solo como un lugar de trabajo, sino también como un pequeño archivo creativo dentro de la casa.
También hay un baño secundario que quise plantear de una forma divertida y muy gráfica. Para lasparedes elegí un papel pintado con motivos de inspiración oriental en blanco y verde, y lo combiné con un arrimadero realizado con un papel texturizado en blanco, aportando equilibrio y ligereza al conjunto. El suelo se renovó por completo, sustituyéndolo por lamas de madera pintadas en verde, reforzando la continuidad cromática y el carácter singular del espacio. Para el lavabo busqué una pica antigua de aire retro, acompañada de un espejo del mismo estilo, de modo que todo el conjunto dialoga con el papel pintado y mantiene una estética coherente. En la zona de la ducha opté por una solución más neutra: baldosas tipo metro hasta una determinada altura y, a partir de aproximadamente un metro, una mampara que aporta ligereza visual. Todas las griferías siguen una línea retro, reforzando la personalidad del baño y conectándolo con el lenguaje general de la casa.
Por último se accede a la última habitación de la casa, concebida principalmente como vestidor, aunque con un uso flexible que permite transformarla en habitación de invitados cuando es necesario. Aunque en el dormitorio principal ya existen armarios para el día a día, necesitaba un espacio amplio destinado exclusivamente al almacenaje de ropa.La solución fue sencilla y muy funcional: instalé barras fijadas directamente a la pared y las oculté con cortinas de lino rematadas con una franja de otro lino, aportando textura y ligereza al conjunto. En el centro de la habitación coloqué un mueble con estantes abiertos para ropa doblada y, a ambos lados, más barras suspendidas mediante cable tensor, que permiten albergar una gran cantidad de prendas sin sobrecargar visualmente el espacio.
La estancia se completa con una cama nido que, al desplegarse, se convierte en una cama doble, pensada para recibir cómodamente a invitados. Junto a ella recuperé mi tocador antiguo de otra casa, acompañado de un espejo antiguo y una lámpara también heredada, con un delicado motivo de ramas verdes. Una mesita de noche de mimbre aporta un toque ligero y natural. Este espacio resume bien el espíritu de la vivienda: práctico, versátil y muy vivido, capaz de adaptarse a las distintas necesidades del momento, ya sea como vestidor principal o como habitación de invitados cuando alguno de mis hijos viene a quedarse.
Muy personal
¿Dónde encuentras la inspiración?
La inspiración me llega principalmente al observar los espacios: su arquitectura, sus proporciones, la luz y lo que cada lugar pide. También es fundamental entender dónde está la casa; no es lo mismo una vivienda de montaña que una de playa, el entorno siempre marca el proyecto.
¿Un material al que siempre vuelves?
Siempre vuelvo a los materiales que invitan al tacto. Los linos de buena calidad, el algodón lavado, las franelas, los terciopelos… todo aquello que resulta gustoso al contacto me parece imprescindible.
Colores fetiche que aparecen una y otra vez en tu trabajo.
El verde es mi gran refugio: me calma y me acompaña siempre, en todas sus tonalidades. También recurro mucho a los tonos terrosos y al camel subido, a los azules y a los grises, aunque no a todos los grises. El violeta me gusta en pequeños toques. El marrón es el que más me cuesta, aunque hay un tono marrón tabaco que me encanta. El rojo aparece solo en pequeños gestos.
Una pieza que nunca falta en tus proyectos, aunque sea de forma discreta.
Los baúles antiguos. Tengo verdadera debilidad por ellos.
¿En qué estancia disfrutas más trabajando en un proyecto?
Disfruto especialmente trabajando en pisos muy mini, cuanto más mini mejor. También disfruto mucho diseñando cocinas.
Un error común en interiorismo que intentas evitar.
Las casas en las que todo parece comprado en una misma tienda. Me horrorizan los interiores excesivamente homogéneos, sin mezcla ni capas, que no transmiten nada, no tienen alma y en los que nada te sorprende.
Define tu estilo en una frase.
Un estilo vivido, cálido y ecléctico, donde la mezcla, los materiales con tacto y la luz bien pensada crean espacios con carácter y alma.
¿Concepto abierto, sí o no?
Me suelen gustar los espacios abiertos, pero siempre que también puedan cerrarse. Me interesa la visión y la conexión entre estancias, pero necesito poder jugar con los límites.
¿Recurres a materiales o soluciones ecológicas?
Sí, de una forma muy natural. Para mí la sostenibilidad pasa, sobre todo, por reutilizar y recuperar piezas antiguas, darles una nueva vida y aprovechar al máximo lo que ya existe.




























































