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El punto de partida para renovar esta casa de 250 metros cuadrados fue mantener la esencia de una vivienda histórica sin renunciar a la modernidad. Y eso fue lo que hizo el estudio Martínez Elorza Arquitectura Interior en este proyecto ubicado en un edificio catalogado de Soria, con fachada protegida, que había llegado en muy mal estado a manos de sus nuevos propietarios.
La reforma, total y compleja, exigió redistribuir los espacios de una casa dividida por muros de carga, lo que suponía un condicionante estructural considerable. “Los pasos en forma de arco nos parecieron muy atractivos y singulares. Por eso optamos por resaltarlos con embocaduras y usar el tono antracita para acentuar las puertas y contrastar con un punto de modernidad”, explican desde el estudio. La arquitectura existente se respetó hasta el punto de convertirse en parte esencial del proyecto, dándole carácter a cada estancia.
El nuevo diseño parte de la premisa de reinterpretar el clasicismo desde una óptica actual, sin borrar la esencia original de la vivienda. Para ello, se trabajó en una paleta sofisticada que combina molduras ornamentales con carpinterías de líneas contundentes y elementos contemporáneos que aportan frescura. “La propuesta que le hicimos al propietario en cuanto a estética era una fusión de estilos respetando la esencia clásica que tenía la casa. De ahí el clásico renovado con el que se ha diseñado”, señalan.
El resultado es una vivienda elegante y funcional, pensada para una familia con niñas pequeñas que necesitaba tanto espacios amplios para la vida en común como rincones bien definidos y adaptados a cada miembro. La planta baja acoge una sucesión fluida de estancias: salón, comedor, cocina y sala de estar se enlazan de manera natural, favoreciendo la conexión visual gracias al uso estratégico de puertas de vidrio y marcos de madera lacada en antracita. El hall de entrada, con suelo de marquetería, anticipa la atención al detalle que reina en toda la casa.
Los suelos son otro de los grandes protagonistas del proyecto. En las zonas comunes se optó por una tarima en espiga con faja perimetral, rematada con un junquillo en madera de wengué que aporta ritmo visual y un sutil contraste. Esta combinación de materiales nobles y acabados contemporáneos se replica también en los baños, donde los revestimientos juegan con texturas y colores, y en la cocina, donde el mármol y los tonos azulados conviven con detalles más cálidos como la madera y el hierro.
Los techos, muchas veces olvidados en las reformas, adquieren aquí un peso escénico notable. “Todas las molduras son nuevas, ya que se encontraban en mal estado. Se ha diseñado cada uno de los techos para que fueran también protagonistas de la vivienda”, detallan los arquitectos. En efecto, los frisos, cenefas y rosetones decoran pero también ayudan a delimitar áreas, aportar jerarquía y reforzar la atmósfera refinada del conjunto.
La zona de noche se distribuye en tres dormitorios y una sala de juegos infantil, cada uno con su propia identidad. El dormitorio principal se concibió como un espacio elegante y atemporal, con una paleta serena y mobiliario de líneas limpias. En cambio, los dormitorios de las niñas se diseñaron a medida, atendiendo tanto a sus gustos como a sus necesidades prácticas. “Una de ellas cuenta con una litera con cama individual y otra doble; el otro dormitorio tiene una cama elevada con un escritorio bajo ella. El cuarto de las niñas más pequeñas debía ser en tonos rosados, así como el baño, color que preferían ellas”, cuentan desde el estudio. Así es como el contraste entre los elementos originales restaurados y las intervenciones actuales genera una vivienda única, donde lo clásico y lo contemporáneo conviven sin estridencias.































