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A nivel formal, esta construcción es un volumen cúbico que parece flotar. Así lo concibió el arquitecto Octavio Mestre, quien buscaba el refugio soñado para sus vacaciones familiares. Del terreno en pendiente surgió la necesidad de crear una serie de bancales, de suelos horizontales sobre los que van asentándose las plantas de la casa, todas con salida al exterior. Las partes inferiores se han forrado con acero corten oxidado para enmascararlas en el terreno y leer la casa como ese único cubo blanco que se asoma al paisaje entre los pinos. En la planta baja, en vez de las zonas comunes se encuentran las habitaciones. Como explica Mestre, "el hecho de invertir el orden usual permite que desde el salón se vea por encima de la valla que delimita la parcela, ganando así en perspectiva, y, por su parte, los dormitorios tienen más privacidad en el bajo".
La planta primera, en la que se encuentran el salón, el comedor y la cocina, tiene una doble altura de 4,50 m. La zona de estar funciona "como una caja de luz", en palabras del arquitecto: mientras que la parte frontal se abre con una gran cristalera, a los lados se recortan ventanas de diversos tipos para disfrutar de las vistas a tres bandas.
En el salón sorprenden unos troncos adosados a la pared. Pertenecieron a algunos de los árboles que se talaron para hacer la vivienda y se cortaron longitudinalmente para crear un original bosque interior.
La zona de estar se independiza mediante el módulo-librería, en madera de arce, que forma parte del bloque central de las escaleras.
La madera de arce que soporta la estructura del altillo superior también da forma al mobiliario de la cocina, de la firma Santos.
En el interior se ha buscado la sencillez de conceptos como esencia, no solo en la distribución sino también, por ejemplo, en la elección de una mínima paleta de materiales, entre los que predomina la madera de arce. Da forma a elementos como el cuerpo que compone la librería-escalera, el mobiliario de la cocina, el suelo o el altillo con el que se gana espacio y donde se ha instalado una zona de estudio. Este se ha pavimentado con arce natural sueco, salvo en la zona de la cocina-comedor, donde el solado de cuarcita oxidada de la terraza contigua se prolonga en el interior con una clara voluntad de conexión in & out. Como toque final para este escenario sobrio y de concepto limpio, la decoradora Anaí Ibarra, de The Vintagelab, introdujo pinceladas de color intenso en los complementos y los textiles, que revitalizan la atmósfera fresca y confortable de la casa.
La cama es un diseño del arquitecto, quien también ideó como mesilla una sencilla balda volada. Como contrapunto a la claridad de la madera de arce que manda en el espacio, el vivo rojo del plaid y las oscuras vetas del mueble aparador oriental.
Para integrar el cuarto de baño se ha construido un volumen en madera de arce que garantiza la intimidad. Un cristal en la parte superior permite que pase la luz natural al interior.
La construcción se levanta sobre un terreno irregular que se estructuró en bancales para tener acceso al exterior desde cada planta.
Realización: Beatriz Aparicio.


























